Olavarría

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Graciela Cousinet

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He ido a muchos recitales de rock, he escuchado bandas locales y varias de las más famosas del mundo. He estado en sótanos con cincuenta personas y estadios con varios miles.

En esas ocasiones he vivido alguna de las experiencias colectivas más intensas y embriagadoras de mi vida.

He escrito un libro sobre el rock en Mendoza, Extramuros, que fue mi homenaje y reconocimiento a un movimiento poderosamente contracultural y revulsivo.

Fui fan de los Redondos casi desde sus inicios.

Los vi en Racing cuando todavía se difundían sus recitales de boca en boca y comprar las entradas era algo así como la búsqueda del tesoro.

Digo esto para que se entienda que no escribo desde la vereda de enfrente.

Y empiezo: no se necesitan 300000 personas para que un recital de rock sea un éxito. Exactamente todo lo contrario. ¿Cuántos de los asistentes en esa multitud pudieron tener una aproximación al Indio y a la banda y cuántos debieron conformarse con una pantalla de mala definición y un sonido mediocre?

Que el rock y las drogas, incluido el alcohol, van de la mano es cierto. Estos recursos potencian la percepción y el goce. Pero cuál es el límite a partir del cual ya no se entiende ni se disfruta nada? Sin duda mucho menos de lo que la mayoría tomó.

Que dentro de un recital se está más seguro que afuera con policías que usan arbitrariamente su poder, también es cierto. Adentro somos todos conmilitones de una causa difusa pero simbólicamente potente que nos permite compartir fraternalmente. Pero ¿hasta dónde funciona esta regla no escrita cuando la multitud se desborda por falta de precauciones?

¿Está el Indio tratando de lograr algún récord Guinnes de masividad apocalíptica? Nada más alejado a mi entender del espíritu del rock del que él viene: barrial, intimo, de pub.

¿Por qué los argentinos somos tal proclives a irnos a extremos casi incompatibles con la convivencia? Desde "Aguante el indio a pesar de cualquier cosa" a "Hasta cuándo vamos a tolerar a esos negros de mierda".

No tenemos límites, vivimos en un eterno River Boca desaforado en todos los ámbitos de la vida. Desconocemos la medida que hace a las cosas intensas, emocionantes, transformadoras.

Me alegro de haber escuchado a los Redondos cuando despreciaban el poder, cuando obviaban a los grandes medios, cuando no eran invitados por gobernadores ni intendentes de partidos conservadores. Cuando eran verdaderamente rockeros.