MendoTran: el cambio necesario que tomó al Gobierno de vacaciones

Nadie duda de la necesidad de cambiar y mejorar el sistema de transporte. Pero probablemente subestimaron el impacto. En un Gobierno "corto" en cantidad de funcionarios, pocos le pusieron el pecho. Un sistema modelado técnicamente al que aún le falta calle. 

Pablo Icardi

MendoTran: el cambio necesario que tomó al Gobierno de vacaciones

MendoTran: el cambio necesario que tomó al Gobierno de vacaciones

El chofer frena con temor. Unas 200 personas se abalanzan y superponen sus voces. El calor de la calle Godoy Cruz en hora pico, en vísperas de un día festivo como Reyes, complica más el panorama para el conductor. Todos preguntan, pero alcanza a responder muy poco. Es inabarcable. “Somos vacas”, le dice un pasajero indignado. Otros son menos metafóricos. Las paradas están atestadas de gente y pasan pocos micros. Por uso y costumbre muchos fueron a su parada habitual, pero “su” colectivo ya no pasa y nadie les informó. Mientras, un grupo de taxistas cosecha: improvisan una parada y recogen a pasajeros indignados. Si todo salía perfecto, la implementación del MendoTran, el principal desafío de la gestión actual, iba a ser complicada. Pero al “trauma” imposible de evitar por el cambio se le sumaron problemas por propia impericia.

Probablemente hayan subestimado el impacto del tema. Lo habíamos dicho antes: el transporte público tiene reacción epidérmica en la gente porque es un servicio público de impacto inmediato. Los tarifazos del gas y la luz merecen quejas más “intra hogar”. El transporte público las lleva a la calle. Por eso la exigencia para la habilidad política del Gobierno era mayor. La implementación careció de estrategia y dejó librado a la habilidad de los usuarios y choferes. Curiosamente en el momento en que se ejecutaba la principal medida de gobierno, gran parte del gabinete se tomó vacaciones. Natario Mema quedó solo y expuesto. La mayoría respondió más al pedido de tomarse vacaciones antes del 20 de enero pensando en el calendario electoral, que hacerle frente y ponerle el pecho a la decisión más difícil de Cornejo.

Los problemas de implementación del sistema generaron una crisis a la que el Gobierno está poco acostumbrado. Hasta ahora todos los cambios habían transcurrido sin mayores tensiones o con tensiones manejables. Ahora no son grupos corporativos los que reaccionan (como podían ser los docentes con el ítem aula, los abogados y jueces con los cambios en la justicia, etc.) sino el heterogéneo grupo de usuarios del transporte. Pero no hay que confundirse: el cambio en el sistema de transporte era necesario si es que alguna vez se apuesta dejar el piloto automático y, sobre todo, pensar en una provincia “vivible” por los próximos años en materia ambiental. Esa tranquilidad con que atravesó Cornejo su gobierno le adormeció, probablemente, la sensibilidad a las críticas. Así como algunos opositores intentan usar como anabólico artificial el problema para capitalizarlo políticamente, algunos oficialistas sobreactúan reacciones ante los cuestionamientos. Ninguna de las dos actitudes suma.

El último cambio en el servicio de transporte había sido en 2005, en un contexto distinto. Allí las urgencias eran mayores porque había una mora mayor en la mejora de la calidad del servicio. De hecho Julio Cobos había tomado como uno de los ejes de su campaña el sistema de transporte. La licitación estaba vencida y para “mejorar” alcanzaba con cambiar las unidades. El Gobierno refrescó las unidades, sin cambiar los recorridos. Sí cambió la forma de financiar el sistema y el riesgo pasó al Estado. Las empresas solo debían cumplir los recorridos. El otro cambio fue la implementación de la RedBus. Muchos de los protagonistas de ese cambio hoy son funcionarios. Uno de ellos es el propio Alfredo Cornejo, que era ministro de Gobierno de Cobos y, entre otras cosas, fue uno de los negociadores de las leyes que se necesitaron aprobar para implementar el sistema, como la 7200. Otro fue Sergio Marinelli, que también participó de la actual licitación antes de cruzarse a Irrigación. 

A Cornejo le tocó, ahora como Gobernador, otra vez analizar un cambio en el transporte. Con otro panorama, terminó asumiendo un desafío mayor que, en realidad, heredó en gran parte de su antecesor Francisco Pérez. Porque tampoco es verdad lo que dicen algunos dirigentes oficialistas.

La licitación del transporte fue “modelada” por los dos gobiernos y con muchos recursos, en dólares, aportados por organismos internacionales. De hecho parte de la base de la licitación fue tomada de lo que había hecho el gobierno de Pérez y que Cornejo pidió suspender. Probablemente a las sugerencias de la consultora española  que diagramó el sistema, que cobró más de 13 millones de pesos por el trabajo, le haya faltado tacto popular para ejecutarlo. O más tecnología: los recursos que brindan el “big data” y la inteligencia artificial podrían simular el impacto sobre los 400 mil usuarios diarios del sistema.

Uno de los actores ausentes del debate son las empresas. De manera bastante inteligente, AUTAM, la cámara que nuclea a los empresarios, contrataron a un relacionista público con experiencia política en el peronismo  (Raúl Mercau) y sin responsabilidad ejecutiva para ser la “cara” del sector. Las empresas ponen poco en riesgo. Tanto desde lo económico, como desde lo práctico. Por un año tienen ingresos garantizados. La principal carencia del sistema, que es la información, es responsabilidad de ellos. Ahora tienen un tiempo perentorio para cumplir. El contrato es por 10 años y hasta enero del 2020 no tendrán cambio en su forma de facturar. El "año testigo" será 2019. Luego deberán sumarle eficiencia a su funcionamiento para cobrar. Al menos esa es la promesa. 

El Mendotran que hoy conocemos seguramente no será el definitivo; ni mucho menos. Al ajuste de los recorridos, que es lógico que ocurra, vendrán mejoras en la información y en las unidades. Aunque, claro, con un retardo mayor al ideal. El gobierno esquivó una política de "shock" en calidad del servicio y eligió el gradualismo. 

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