Machismo: una forma de ser... una forma de hacer

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Fernando Vera Vázquez

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Machismo: una forma de ser... una forma de hacer

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Machismo: una forma de ser... una forma de hacer

 Alguna vez en el tiempo nació, en creación y bajo una suerte de obra del Dr. Frankestein, un monstruo cultural llamado machismo

Si, el mismo que hoy es la condición sine-quanon de los femicidios que el mundo experimenta y que conlleva el sentimiento más reprochable por la humanidad, traduciéndose en el desprecio hacia la mujer, aquel ser (persona) que fue y es madre, esposa, novia, compañera, hija, nieta, y que la conducta culturalizada universal hizo sucumbir en su valor a los pies de los llamados amos del mundo y del Universo: los hombres, entes poderosos, que emanan como aquellos dioses del Olimpo, y que con su poder protegen fuerzas amenazantes e invasoras, so pretexto de que la condición de ser hombre es sinónimo de pujanza, potencia y seguridad; teorías culturalmente aceptadas por los siglos de los siglos amén. Si, el mundo de los hombres donde ardua y cotidianamente se practicó la falocracia indiscriminada, considerando que la mujer era y es un cuasi ser débil y de magra inteligencia como para sobre llevar adelante una cruzada, dirimiendo que sólo los hombres, machos por naturaleza propia, son los únicos seres universalmente capaces, los preparados y por ende las mujeres, las mujeres, las hembras por supuesto a su merced, haciendo honor al verborrágico dicho: "Detrás de un gran hombre descansa una gran mujer", que dicho sea de paso expresión muy infortunada, pero a su vez muy citada por algunos sabios, hombres y/o mujeres que comparten y avalan la desigualdad de género.

Fuimos educados, nosotros los hombres contemporáneos, con esa idea que provino de la Edad Media, con el aserto de que el único individuo con derechos absolutos eran los hombres, y eso es lo que mamamos años tras años y seguimos por ahí consumiendo diariamente hoy en día, esos famosos estereotipos culturales, de hombre fuerte y mujer débil, sexo fuerte y el sexo débil, potenciando de esta forma la fría concepción de: el machismo, que a veces se manifiesta silenciosamente pero no deja de ser letal al fin.

Lo triste de la creación de éste Frankenstein, es la consecuencia que lleva a pensar y a creer que el hombre es superior a la mujer, lo advertimos a menudo y hasta en forma muy bizarra, donde el rol de la mujer continúa siendo el de la inferioridad, hasta el punto de que tanto el ordenamiento jurídico normativo argentino, las costumbres sociales desde lo moral y la ética, y hasta en lo religiosos, se sigue pronunciando la divergencia al respecto, incentivando la brecha existente y potenciando la desigualdad de trato en el género.

Pero sí hay que considerar que hoy estamos cambiando y evolucionando como sociedad madura pero desde el ámbito intrínsico, quizás socorridos en cierta medida por el acceso a mayor información. Es decir actualmente conocemos y analizamos más los casos lesivos socialmente y nos sensibilizamos considerablemente por éstos hechos que se vislumbran como un cáncer ya común, y por ende podemos afirmar que algunos hombres, muchos de éstos, pueden entender, comprender e interpretar el flagelo del femicidio pero desde la carne, desde el alma, de las tantas mujeres que padecieron y padecen de éste castigo cultural, emanado en cierto punto desde nuestra educación básica.

Hoy conocemos socialmente el problema, lo internalizamos en nuestro ser, y como buenos hombres de bien considerando a la igualdad de género en cuanto al derecho, por ser iguales desde lo igual, podemos garantizar que al menos luchamos para que otros y otras puedan visualizar el estigma social emanado de la cultura y que trajo como consecuencia la muerte de mujeres indiscriminadamente por el solo hecho de considerar al monstruo cultural como algo normal y lógico, justificando la dura realidad que les tocó vivir en esa ruleta de la mala fortuna.

La sociedad mundial reaccionó por los femicidios, una definición contemporánea de homicidios contra las mujeres, en situación de violencia de género, y en consecuencia se convocaron marchas en muchos países para apoyar el derecho a la vida de las mujeres, a una vida digna por su condición y que definieron y embanderaron con el adagio de: Ni una menos. Mujeres y hombres autoconvocados a marchar en pos de los derechos de las mujeres en repudio de actos de violencia de género, esos actos realizados por el monstruo, por el machismo. Una forma de ser y de hacer. Una forma de menoscabar. Una forma de violar derechos fundamentales. Una forma indignante de matar.