Los que escupen sangre

Aun no siéndolo uno puede situarse en una visión global y ser uno solo: el expulsado de la tribu.
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MARCELO PADILLA

Los que escupen sangre

Los que escupen sangre

Y también se puede pensar y escribir desde el punto de vista del que está afuera. Del refugiado, del enfermo mental, del violador, del asesino, del ladrón de profesión, del deforme, del suicida, del que no le interesa trabajar y es un vividor serial de señoras mayores.

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Aun no siéndolo uno puede situarse en una visión global de todos ellos y ser uno solo: el expulsado de la tribu. Entonces si uno adopta tal mirada, que va de la mano del resentimiento hostil a esta sociedad obtusa, chata y uniforme, raza degenerada y degenerativa, biológicamente nazi y servil, que acusa y se acusa con culpa, encuentra además un nirvana en los supermercados y shoppings; puede entender al que se inmola como hombre-bomba a lo Víctor Hugo Cúneo en un plaza mayor.

La gestualidad contemporánea, hecha plaga, que despliega estandartes por todo lo que le falta de confort para contribuir al sentido del consumo-placebo, debiera implosionar y dejar que el hongo del aire más hediondo se extienda por sus bronquios y seamos de una vez todos, mutilados sociales; y que gobierne el más débil de los débiles y nos represente.

Esta debilidad fundacional haría de todos una gran civilización de vencidos divididos en grupos: quienes tienen un brazo, aquellos que no ven, los sin piernas, los que escupen sangre, y así. Una deshumanidad perdida en su laberinto forjado con  piedras, como una cárcel altísima pero sin techo para que el veneno de las estrellas malditas pueda derramarse por las noches de estallidos, se forme un gran dique laberíntico y floten balsas con embalsamados como acto de fe, como signo de un tiempo errático y blasfemo.