Las fiestas son tan solo un puñado de excusas

¿Quién dijo que tenemos que celebrar la Navidad y el Año Nuevo "cómo Dios manda"?
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Muriel Del Barco

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Esta semana, en vísperas por el Día de la Virgen, he oído a amigos y conocidos afirmar que "odian" las fiestas. De hecho confiesan que no se sienten con espíritu navideño y que no ven la hora de "huir" de esta ciudad. 

No voy a ser hipócrita: yo también he sentido lo mismo. Pero me pregunto, ¿por qué? ¿Qué es lo que nos hace sentirnos así?

Lo cierto es que el fin de año nos agarra con la guardia baja. Estamos cansados, sobrepasados de actividades, eventos sociales y compromisos, gastos, tareas pendientes.... ¡Innumerable cosas que nos agotan! Y en vez de festejar que se termina un año y comienza el otro, nos quejamos.

El problema del "espíritu navideño" es que es una de las tantas imposiciones culturales de nuestra sociedad. No es más que la celebración del nacimiento de Jesús. Pero, no hay prueba de que Jesús haya nacido en esa fecha. Al parecer, los líderes de la Iglesia eligieron una fecha que coincidiera con la época de las celebraciones paganas del solsticio de invierno. 

La Biblia no revela la fecha en que nació Jesús, ni dice que debamos celebrar ese acontecimiento. Una reconocida obra de consulta señala: "La celebración de la Navidad no es un mandato divino, ni tiene su origen en el Nuevo Testamento"

Repasar la historia de la Navidad deja claro que dicha celebración hunde sus raíces en ritos paganos. La Biblia muestra que si adoramos a Dios de un modo que él no aprueba, en realidad lo ofendemos.

Y ni hablar de Año Nuevo. Se terminó un año y por ende "es obligación hacer un balance. Chequear que hayamos cambiado el auto, ahorrado para las vacaciones, ascendido en nuestro trabajo..." ¡Uff, me agoté!

Estamos hablando de exigencias. Días que nos demandan un dineral para poder celebrar, hacer regalos, salir de vacaciones, juntarnos con familia que no vemos en todo el año y contarles "lo bien que estamos", aunque nos sintamos terrible.

El Día de la Virgen, la Navidad y el Año Nuevo son solo fechas que podemos atravesarlas de cualquier manera. Es válido no celebrarlas. Es válido no hacer regalos y es válido sentirnos mal por no estar a las altura de las exigencias. 

Pero la esencia de la la vida es otra, independiente de la fecha en la que estemos.

Personalmente me tomo las fiestas para hacer una pausa, pero me niego a los cumplidos.

Si sos de los que se pusieron metas y fueron por ellas, es genial que puedas hacer tu balance, pero si tu año no fue perfecto, no pasa nada. El mundo no termina es solo un año y quizás el próximo sea mejor. ¡A la basura las imposiciones y exigencias culturales que agotan las pocas energías que nos quedan a esta altura del año!   

La Noche Buena puede ser una buena excusa para reunirte con los tuyos y recordarles con un presente, un beso o un abrazo lo mucho que los querés. El Año Nuevo puede ser otra buena excusa para tomar vino hasta el amanecer.  ¡No hace falta más!

Si en definitiva, lo único que queda grabado en nuestros sentidos es ese abrazo envolvente de la Nona durante la última Noche Buena, las carcajadas de tus hijos cuando ven llegar a Papa Noel, las lagrimas de esa amiga que no tuvo un buen año y se desarmó en vos con un abrazo, los excesivos brindis que nos mantienen despiertos hasta las 5 de la mañana, las cenas multitudinarias,  almorzar las sobras y todas esas pequeñeces que hacen de nuestras fiestas algo simple, más simple de lo que creíamos. 

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