La palabra, devaluada

En 35 años la democracia solidificó los mecanismos institucionales, pero se alejó de los objetivos centrales: que todos vivan mejor. La palabra es la principal herramienta de construcción, pero en este período se devaluó por mal uso. El análisis de tres especialistas y un caso de "contradiscurso" que funcionó. 

Pablo Icardi

La palabra, devaluada

La palabra, devaluada

La democracia argentina cumplirá 35 años el próximo 10 de diciembre. En la escala histórica mundial es un proceso joven. Pero en Argentina lo vivimos con tono nostálgico. Tiene una edad de rock, pero está musicalizada con un tango de angustia. La foto de Alfonsín es cada vez más preciada y eso no es necesariamente algo negativo, pero sí marca la dificultad para llegar a uno de los objetivos reales del sistema democrático y que el propio ex presidente puso en una frase que hoy sería trendin topic en Twitter: que con la democracia se coma, se cure y se eduque.

Se hizo en Mendoza el congreso argentino de analistas políticos y los principales politólogos del país tuvieron la una de las misiones más difíciles que se puede plantear a un intelectual. Es decir, tratar de entender a la Argentina. El último panel estuvo destinado justamente a los 35 años de democracia. Al recuerdo, al análisis y al futuro. Fue el politólogo Luis Tonelli, que estudió en la Universidad del Salvador, en Oxford y da clases en la UBA, quien mencionó quizá una de las claves sobre por qué la democracia Argentina parece endeble, a pesar de las garantías institucionales que hay. Esa clave es la devaluación de la palabra.

Pues es real. Si la democracia es la posibilidad de diálogo, disenso; la palabra es la herramienta para construir. Pero de la misma manera mientras que en la dictadura la palabra estaba prohibida, en la joven democracia argentina la palabra está devaluada. Hay ejemplos burdos de mentiras, pero más profundo es la construcción de discursos engañosos y nuestras propias creencias sobre ellos. En ese contexto, cada campaña electoral se transforma en un acto de ilusionismo.

El kirchnerismo construyó un relato en base a datos errados y una mística fuera de contexto. Hubo palabras mentirosas, pero también una reacción epidérmica para creer todo. Mauricio Macri también buscó ese mismo camino con el cambio, la estética Pro y los discursos buena onda. Y sus torpezas discursivas toparon rápidamente con la realidad. Desde la frase célebre que con él la inflación no sería un problema, hasta temas más profundos como la búsqueda de “unir a los argentinos” pero potenciar la grieta para ganar elecciones. Todo un acto de ilusionismo discursivo.

En Mendoza hubo un caso particular. Alfredo Cornejo ganó las elecciones con un “hiperrealismo” que le dio un margen de maniobra mucho mayor que a cualquier otro dirigente. No se trataba solamente de un “sinceramiento”, sino de una estrategia política contraria a la habitual, pero que funcionó. Cornejo potenció las dificultades de la realidad (contó con 6 meses extra de tiempo para hacerlo). Si se toma distancia de la coyuntura puede ser un caso de estudio: es el Gobernador que llegó al poder sin prometer nada y con frases como “orden administrativo” como gancho. Insólito.

El proyecto de país

Las deudas que tiene la democracia, o mejor dicho, todo lo que los argentinos no supimos resolver en estos 35 años fue otra de las claves del debate. José Octavio Bordón fue el primer gobernador que tenía formación en ciencias sociales y formó junto a su esposa Mónica González un tándem intelectual que cambió varios paradigmas en la política nacional. Incluso, luego fue el primer dirigente que buscó romper el bipartidismo y buscar consensos transversales, cuando en 1995 enfrentó a Menem.


Bordón mantiene vigencia en la política, aunque no “electoral” como aclara. El viernes explicó lo que fue el tránsito hacia la democracia, pero sobre todo por qué la democracia está incompleta. Para él la institucionalidad del sistema ha demostrado ser sólida. Y ejemplos sobran, pues en todas las crisis vividas la salida ha sido siempre la que indican la Constitución y las leyes. Pero la enorme desigualdad social es la gran deuda que tiene la democracia argentina, aunque no la única. “Lo que se ve con nostalgia y es una nostalgia a lo que yo sí creo que hay que volver es que en el ’83 había una voluntad de país, un proyecto por el que se trabajaba”, resumió Bordón.

En ese sentido detalló un esquema que puede ser relevante. En la construcción banal de los discursos se confunden las “ocurrencias” con las ideas; y las políticas de Estado con las “sensaciones comunes”. Bordón mencionó tres dimensiones de la democracia y en resumen hubo una frase clave: la búsqueda de consensos implica que para que haya acuerdo nadie va a salir el 100% satisfecho.

En el análisis quedó claro que con la chapa de bronce que diga democracia no alcanza. Que 35 años después más del 30% de los argentinos viva en la pobreza y un gran grupo en la marginación absoluta es un dato contundente (aunque ese proceso de deterioro social haya comenzado mucho antes de 1983). Y las crisis continuas no ayudan. “En 1995 todos sabían lo que pasaba con Menem y la corrupción. Incluso lo que había pasado con los atentados. Sin embargo, la gente votaba con el bolsillo, por temor a que no siga el 1 a 1”, graficaba el periodista Román Lejtman en un ejemplo que resume los problemas de valores que tiene esa misma joven y nostálgica democracia argentina.

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