La mochila de emergencia sigue vacía, esperando que reaccionemos

Vivir en una zona sísmica, donde los terremotos dejan su huella en lo humano y lo material, parece no ser suficiente para tomar conciencia. Cuando el desastre es ajeno, el miedo nos recuerda lo indolentes que somos.
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Rubén Valle

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La mochila de emergencia sigue vacía, esperando que reaccionemos

Está en el ADN de todos los mendocinos. El mínimo movimiento de la cama, una silla, la lámpara del comedor, nos remite indefectiblemente al fantasma de los temblores. Esos que de tan frecuentes por ahí ya ni siquiera registramos. Ni hablar cuando un terremoto pega duro y deja su sello en vidas y hogares, como los memorables de 1861 (el mayor registrado hasta el momento en la provincia, que destruyó la ciudad y mató a la mitad de la población), 1944 (con epicentro en San Juan), 1977 y 1985.

Cada uno de esos hitos supuso un antes y un después, tanto en lo humano como en lo material. Pese a todo lo que se avanzó con los códigos de edificación y la obligatoriedad de realizar simulacros de sismos en los distintos niveles educativos, sólo cuando vemos las tremendas imágenes de desastres naturales en la cercana Chile y las de ayer en México nos acordamos de que estamos sentados arriba del hormiguero. Por un rato, nomás. 

Charlas informales en la redacción, en encuentros familiares y en el barrio en el que vivo me confirmaron lo que sabemos pero no queremos admitir abiertamente: casi nadie tiene preparado el kit de emergencia. Y lo peor es la creencia generalizada en que "más o menos" (sic) sabemos dónde tenemos alguna de las cosas que se necesitarían para una situación extrema. En lo que no reparamos es la obviedad de que en casos así no tendremos tiempo de echarle mano a lo esencial (botiquín de primeros auxilios, artículos de higiene, alimentos no perecederos, agua, abrigo, linterna, pilas, silbato, radio portátil, fotocopia de documentos, encendedor, mantas, etcétera).

Los mismos que reconocemos la pereza -más bien irresponsabilidad- para prepararnos como corresponde, solemos destacar con elogios la conciencia sísmica de los chilenos. Cómo ellos sí están preparados (aunque en un terremoto eso no sea garantía de inmunidad) y ante cualquier simulacro o temblor de cierta magnitud salen ordenadamente a las calles sin alimentar el pánico ni complicar una posible evacuación masiva.

Al menos en el sector educativo hay un plan que prevé que la DGE y Defensa Civil realicen en todas las escuelas de la provincia ejercicios de simulacro de evacuación cada tres meses. También en el sector público cada tanto lo ponen en práctica, pero por la general en un clima de "estudiantina", sin reparar en la importancia de estar "siempre listos" como los boy scouts. 

Por lógica, las claves de la protección y la autoevacuación son aplicables al ámbito laboral privado, pero tampoco cunde la conciencia preventiva.

Hace unos días, una especialista mendocina en Prevención, Planificación y Manejo de Áreas propensas a desastres, Gloria Bratschi, reflexionaba en su muro de Facebook acerca de lo que podemos aportar en la sensible tarea de comunicar situaciones de riesgo: "Los comunicadores sociales tenemos un rol fundamental en la Gestión de la reducción de riesgos de desastres. Con estrategias de comunicación, bien diseñadas e implementadas, se promueve la comprensión de las amenazas o peligros de origen natural, socio-natural y antrópicos -tecnológicos...También es importante que tengamos la oportunidad de conocer más los aspectos esenciales de la campaña global de la ONU Desarrollando ciudades resilientes".

Se podría concluir en que así como tenemos que estar preparados en nuestra propia casa, también lo deberíamos estar los periodistas para interpretar y comunicar correctamente esas situaciones extremas con que la indomable naturaleza nos recuerda cuán vulnerables somos.