Opinión Víctimas y victimarios

Hay vida (no reconocida) fuera de los expedientes

Cuando una persona que en su momento fue abusada, torturada o golpeada no lo denunció, pero ahora quiere darlo a conocer, todos reaccionan en su contra. Absuelven al victimario y condenan a la víctima.
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Gabriel Conte

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Hay vida (no reconocida) fuera de los expedientes

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Hay vida (no reconocida) fuera de los expedientes

Hay vida (no reconocida) fuera de los expedientes

 Las víctimas de abusos y delitos que no pasaron por un expediente, no son "personas" para el sistema, se trate de la Justicia o de cualquier otro engranaje de la sociedad, incluida la prensa. "Si no hizo la denuncia, a usted no le pasó nada", es la frase que simplifica un absurdo que es ley, y que es cumplido y recitado -como pocas normas- a rajatablas por todos. No se considera el derecho a no denunciar por miedo a las represalias, y hasta se las transforma en victimarios de sus propios victimarios, quedando estos últimos prácticamente absueltos por decisión colectiva de toda acusación que se le pueda formular. Todo, porque la víctima, en su momento, se sintió vulnerable, amenazada, insegura y no presentó la denuncia correspondiente, y a pesar de que haya sido golpeada, violada o torturada.

Es posible estemos viviendo en una especie de "bucle" de la historia, en donde las tonteras que hacemos como sociedad se repiten tanto que terminamos por verlas y reconocerlas, cuando antes no lográbamos percibirlo. En el caso del accionar judicial, puede ser una oportunidad, además, para darse cuenta de que en lugar de buscar la verdad de los hechos, como creen que están haciendo, se está dando crédito a mentiras, tornándolas una realidad virtual en virtud de contar cada una con su correspondiente expediente y ser, así, parte de la maquinaria de litigación.

En Mendoza, en función de una falta de criterio rector reinante desde hace muchos tiempo, están yendo a prisión decenas de personas por el solo hecho de haber sido denunciadas de violencia de género, por ejemplo. Muchas de esas causas iniciadas con el Código Penal en la mano por fiscales terminan siendo anuladas a la hora de llegar a la instancia judicial correspondiente. Los detenidos recuperan su libertad (a veces sin el empleo que tenían y ahora, como víctimas ellos también), la causa queda en fojas cero y todos hacen como si la Justicia estuviera atiborrada de trabajo, secándose el sudor de la frente. Se trata -como vemos- no más que de una fantasía: no están administrando justicia ni están siendo justos. Es un simulacro en el que se entretienen con lo que concuerdan en calificar como "verdad": la realización de una denuncia. ¿Y los que no denuncian por todo lo dicho al principio? ¿Esa verdad y esa justicia quién se encarga de buscarla, cómo y dónde se consigue?

Es por ello quienes se sienten animados a contar lo que les pasó alguna vez frente a la posibilidad de que el que abusó, golpeó o torturó lo siga haciendo, se animan, recurren a una nueva forma de justicia por mano propia: las redes sociales y la prensa. Resultaría al menos apresurado tildar esta reacción como errónea si no se tiene en cuenta, en el fiel de la balanza con la que criticaremos esa actitud, todo lo que esa persona sufrió y todo lo que pudo hacer sufrir el victimario a otros desde que quedó impune por no estar inventariado en la selva de expedientes del Poder Judicial.

Frente a esto, los abogados -a quienes recurrimos a consultar desde la prensa como si se tratara de "expertos en todo"- no se han adaptado ni encuentran respuesta; no se hallan fuera de lo que recibieron como instrucción en las escuelas de Derecho. Responden, lógicamente, con lo que saben hacer y les da de comer: "Si no hay denuncia, no hay delito", una verdad asumida por el sistema, pero una mentira objetiva, porque la persona sí pudo haber sido víctima y el engranaje estatal (e inclusive el social) no le dio la confianza, el respaldo ni las garantías para que su triste verdad se volviera una "verdad de expediente" para el lenguaje judicial.

Así está pasando con los abusos de sacerdotes, que en muchos países se remontan a 50 años atrás, con el agravante de que la dominación no solo era física, sino también mental. A tal punto ejercieron su poder, que no exclusivamente en ámbitos religiosos pueden someter a torturas en la Tierra en vida, sino que las prometen -en caso de delatar a los victimarios- en el Cielo, después de muertos.

Y así con todos los casos, "mayores" o "menores", según el estándar que se les antoje darles a los opinólogos. Pasó con un ministro del que ahora todos dicen que "se sabia", pero que justo quienes lo llevaron al lugar no conocían sus antecedentes ni nadie lo dijo a tiempo. Cuando aparecen, ahora, personas que se animan a contar lo que les pasó, saltan todos en su contra, revictimizándola. "De eso no se habla", parece ser el mandato social, que acuerda que solo se puede hablar de lo que se acuerda con abogados de por medio, como si todo en la vida se tratara de llenar expedientes.

La vida de las personas es bastante más compleja que eso. Hay vida fuera de los litigios judiciales; una vida paralela, una dimensión bastante más real a la que se vive bajo el imperio del Código Penal y algo hay que hacer para no negar esa dimensión y darle cabida en la sociedad. 

Tan solo, para poder vivir el tranco que nos toca tranquilos, sin que alguien que tenga media cuota de poder más se abuse de quien carece de él.