El miedo y el sueño americano

El analista internacional Mariano Saravia analiza de qué modo funcionan políticamente el temor en los Estados Unidos.
Avatar del

Mariano Saravia

1/5
El miedo y el sueño americano

El miedo y el sueño americano

El miedo y el sueño americano

El miedo y el sueño americano

El miedo y el sueño americano

El miedo y el sueño americano

El miedo y el sueño americano

El miedo y el sueño americano

El miedo y el sueño americano

El miedo y el sueño americano

El miedo es un proyecto político y ese proyecto se metió definitivamente en la campaña electoral de Estados Unidos, que el próximo martes 4 de noviembre renovará la mitad de su Congreso. ¿Miedo a qué? Miedo a todo. Y sobre todo cuando un gobierno está bajo en popularidad, suele apelar a este inestimable y siempre dispuesto aliado: el miedo. Es lo que le pasa en este momento al Premio Nóbel de la Paz Barak Obama, el mismo que invadió y bombardeó a 6 países en seis años de gobierno. El mismo que prometió cerrar Guantánamo pero sigue permitiendo las peores e inimaginables violaciones a los Derechos Humanos en ese enclave colonial que mantiene el Imperio en plena isla de Cuba. El mismo que prometió una reforma sanitaria pero no pudo o no quiso, o no supo lograr, mientras aquí la gente que no tiene dinero sigue muriendo como moscas. El mismo que prometió varias veces (y ahora una vez más) una reforma migratoria para empezar a considerar como seres humanos a 11 millones de personas que por ahora siguen siendo sólo una subcategoría de “indocumentados”. El mismo que sacó a su país de la crisis financiera entregándoles billones de dólares a los bancos (los mismos responsables de la crisis) y generando cada vez más pobreza en la ciudadanía. El mismo que acaba de embarcar a Estados Unidos en una nueva guerra en Medio Oriente, para destruir el mismo monstruo que él creó antes: el grupo yihadista Estado Islámico. El mismo que ha vendido su alma al verdadero poder en Estados Unidos, llamado complejo tecnológico-militar-industrial.

Pero todas esas incoherencias ni siquiera son cuestionadas por sus adversarios republicanos, ya que ellos lo haría peor todavía. El problema es que está pasando por su peor momento y nunca tuvo una popularidad tan baja. Entonces aparecen las recetas de siempre: una guerra para levantar los ánimos nacionalistas, sobre todo en el país del Destino Manifiesto, aquel que ideó John Sullivan allá por 1840 y decía que el destino de Estados Unidos, dado por la Providencia, era gobernar por sobre todas las otras naciones de América y por extensión de la Tierra.

El otro gran bombero para apagar cualquier incendio el inefable miedo. ¿Miedo a qué?, le pregunta Obama a sus estrategas de marketing político. “A cualquier cosa”, le responden. Y ahí va la lista que se encargan de reproducir los grandes medios: miedo al Estado Islámico, miedo a la amenaza de Rusia, miedo al ébola, miedo, miedo, miedo.

Todos estos miedos tapan los verdaderos miedos que siente un estadounidense medio: el miedo a perder el trabajo, miedo a enfermarse sin tener la prepaga, miedo a no llegar a fin de mes, miedo a perder la casa, miedo a quedar en la calle por no pagar el alquiler. Esos son miedos mucho más concretos y reales que el Estado Islámico y sus puestas en escena cinematográficas o “el nuevo zar” Vladimir Putin que se come los niños crudos en la lejana Siberia.

Los miedos reales en Estados Unidos provienen de situaciones reales, como por ejemplo que la pobreza no ha dejado de aumentar desde el 2008 y ya alcanza a uno de cada seis estadounidenses, según la Oficina de Censos de Estados Unidos. Que según la ONG Coalition for the homless (Coalición para los sin techo), las personas que no tienen donde dormir son 800 mil en todo el país y sólo en la ciudad de Nueva York llegan a 100 mil. Cada noche, en la gran manzana, entre el glamour de Brodway y los millones de Wall Street, duermen en la calla al menos 16 mil niños y 8 mil ancianos. Y todos estos números se agigantan si se tienen en cuenta los no censados. El 90 por ciento de los sin techo, por supuesto, son afroamericanos o latinos. Porque el racismo y el clasismo van siempre de la mano.

Un ejemplo concreto que baja a tierra tantos números y estadísticas. Salgo de ver un partido de básquet de la NBA en Milwaukee y lo único que encuentro abierto es un local de comida chatarra. Pierdo el invicto de dos meses sin caer en esta basura, no sólo por la comida sino por el símbolo de lo que representa. Pero bueno, resignado, pido una hamburguesa. Hay un solo empleado, de baja estatura y pinta de latinoamericano. Le hablo en español y me contesta atento. Se llama Ambrosio González, es de Oaxaca, México, y hace cinco años que está aquí. Luego de un rato me cuenta que trabaja 10 horas por día, seis días por semana, absolutamente en negro. Un régimen de semiesclavitud. Y a cambio de eso gana 1.500 dólares al mes, de los cuales 800 dólares se le van en pagar el departamento de un ambiente que habita con su compañera. “Ni pensamos en tener hijos, ¿cómo haríamos?”, me dice con cara de que no sabe qué va a hacer ni cuál será su futuro. Mientras tanto, no hay que pensar, hay que agachar la cabeza y seguir. No es un caso excepcional, es la regla. En general el alquiler se lleva entre el 30 y el 40 por ciento del sueldo de una persona, a veces más como el caso de Ambrosio González.

Según un informe reciente del The New York Post, en Manhattan no dejan de aumentar los “hombres topo”, así llamados porque cuando caen las sombras surgen de la nada y habitan los túneles de los trenes. Y estas situaciones empiezan a tornarse dramáticas a medida que este otoño va virando lentamente a invierno, y aquí el invierno es crudo de verdad.


En todo el país, han surgido más de 60 villas miseria con más de 100 mil personas. Son llamadas las “Obamavilles”, porque el que sufre el frío y el hambre tiene en claro cuál es su principal miedo y quién es el responsable. El nombre remite a las “Hoovervilles”, que existieron en la década del ’30 en alusión a Herbert Hoover, el presidente del crack de Wall Street.

Como contrapartida, esta semana apareció en la Revista Forbes, el récord de precio de venta de un departamento. Está ubicado en la propia Nueva York, la de los 16 mil niños y 8 mil ancianos en la calle. El departamento sale a la venta por la módica suma de 130 millones de dólares, aunque eso sí, todavía no está construido. Es el sueño americano.

Los medios nos seguirán vendiendo que la libertad es lo más importante, porque todos los ciudadanos de este gran país tienen la libertad de llegar a ser los felices poseedores del departamento de 130 millones. Mientras tanto, miles y miles seguirán viviendo la “pesadilla americana” en las Obamavilles. Pero gracias a los medios, el miedo los hará creer que no hay nada mejor que este sistema. Y se sabe, no hay nada mejor que mezclar pesadillas con sueños, porque mientras tanto, las grandes mayorías siguen en ese estado de letargo que les impide tomar conciencia de sí y para sí.


Mariano Saravia.