El kirchnerismo de ayer y de hoy: verdades y contraverdades

Entre la nostalgia y el futuro. ¿Cuál es el desafío que tenemos los jóvenes de cara al nuevo escenario político?
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José Melis

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El kirchnerismo de ayer y de hoy: verdades y contraverdades(TELAM)

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Es verdad que después de una larga década de opulencia y despilfarro para unos pocos y de miseria extrema para muchos, apareció desde Santa Cruz un tipo que decidió hacer una campaña hablando de redistribución social, entre otras cosas. Me emocioné. Y eso que no podíamos decir que fuera un hombre completamente ajeno a ese círculo tan minoritario como cuestionable. Pero le creímos de todos modos. No tanto por él ni -posteriormente- por ella, si no porque los mariscales del noventismo nunca más podían arrasar con nosotros.

Es verdad que él enfrentó fervorosamente a Menem en las convulsionadas elecciones de 2003. También es verdad que lo apoyó en 1989 y lo volvió a apoyar en 1995. Incluso hasta se dio el lujo de decir que había sido el mejor presidente de la historia argentina... Después de Perón, claro.

Es verdad que él asumió la presidencia de un país al borde del incendio. También es verdad que había sido Duhalde quién pagó el costo político de aquel cambio de modelo económico.

Es verdad que entre 1989 y 1990, cuando ya creíamos que la dictadura era parte de la historia, el mismo presidente petisito y patilludo que vengo denostando a lo largo de esta nota, se atrevió a indultar a los genocidas de la última dictadura militar. Es verdad que fue él quien hizo bajar los cuadros de Videla y Bignone en la ESMA. Pero también es verdad que, años después, fue ella la que nombró a un torturador como jefe del ejército.

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Es verdad que él fue el presidente que más contribuyó en pos del esclarecimiento del atentado a la AMIA. También es verdad que ella negoció la impunidad de los acusados, mediante el tratado de paz y entendimiento con Irán.

Es verdad que él construyó una de las cortes más prestigiosas de nuestra historia, superando por fin una larga cadena de amiguismos y de títeres serviles al poder central en nuestra máxima institución judicial. También es verdad que ella hizo sancionar una ley -con una arbitrariedad no menor- destinada a garantizar la impunidad judicial, llamada ampulosamente "Democratización de la Justicia".

Es verdad que él desafió osadamente a George Bush en plena cumbre de Mar del Plata y fue clave para desterrar al ALCA, en defensa de los intereses comerciales de América Latina.

Es verdad que él y ella desafiaron a los grandes medios de comunicación, que hasta ese entonces eran intocables. Fueron ellos quienes promovieron y fomentaron un debate más que necesario, poniendo en el centro de la escena temas que antes la política -consciente o inconscientemente- ignoraba. Pero, paradójicamente, vimos como se utilizaban abusivamente los medios del estado para denostar a quiénes, según ellos, eran enemigos.

Es verdad que ella impulsó una ley de matrimonio igualitario que le otorgó derechos elementales a un sector de la sociedad que carecía completamente de los mismos. Es verdad que por esta razón se enfrentó con los sectores más ortodoxos y conservadores de nuestro país.

Es verdad que él y ella se enfrentaron con la iglesia, la sociedad rural, el periodismo, los militares y los holdauts, entre tantos otros. Aunque también es verdad que la mayoría de esas disputas demandaron un alto costo económico y una pavorosa división social.

Es verdad que creció esa población joven, de la que yo me siento parte, que cree que la política puede ser un instrumento para transformar realidades y que la participación no solo es un derecho sino un deber con y para la comunidad. Aunque -nobleza obliga- también hubiese sido preferible evitar que hayan proliferado ciertas estructuras de pensamiento sectarias, que conducen al resultado lógico de una violencia en muchas ocasiones dramática.

También es verdad que él y ella fueron los símbolos de una época donde buscábamos recuperar la confianza en un sistema político que nos había conducido al caos y a la desesperación.

Mientras propios y extraños gritaban eufóricos, desairados, saliéndose de la vaina: "Que se vayan todos"; él y ella lograron reconstruir -para bien o para mal- al menos una parte de ese entusiasmo que parecía perdido.

Verdad que, pese a todas las contraverdades, más nos conviene conservar.

(*) José Melis es estudiante de Derecho. Escritor.