¿Cepo?

Un economista del Frente Renovador da su impresión sobre la medida que encerró esa loca pasión verde de los argentinos.
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Marco Lavagna

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¿Cepo?

¿Cepo?

¿Cepo?

¿Cepo?

El cepo que sufrimos es una medida parche implementada para no afrontar los verdaderos problemas de la economía. Sufrimos los costos de una medida que actúa sobre las consecuencias y no sobre las causas reales. La implementación del cepo cambiario fue la primera respuesta del gobierno a la perdida de reservas acentuada, la perdida de pilares productivos, pilares que nos habían permitido salir de la crisis del 2001/2002, a la negación de la inflación, entre otros.

Por todo lo antes nombrado, el “cepo” es una herramienta precaria, ineficiente y dependiente de restricciones cada vez mayores. Todo lo realizado en este sentido no sirvió, los problemas de fondo persisten e incluso se agravaron; hoy nos tenemos una economía de aguda incertidumbre donde se siguen fugando capitales y las presiones sobre el tipo de cambio son cada vez mayores. Para peor, el intervencionismo actual restringe cada vez más el libre acceso a los insumos básicos requeridos por el aparato productivo argentino.

Las consecuencias de las medidas tomadas, de las estrategias realizadas, están a la vista de todos con una economía estancada, sin inversión, inflación elevada y destrucción del puesto de trabajo.

Estamos a tiempo de corregir el problema en el mediano plazo, tomando las decisiones correctas para afrontar las problemáticas económicas que ven los argentinos día a día. ¿Pero cómo? Es necesario volver a tener la confianza y la certidumbre como eje central, necesitamos reconocer y atacar directamente la inflación, raíz de todos los desequilibrios, trazar los lineamientos económicos con consistencia y sustentabilidad que busquen recuperar la solvencia fiscal, una política monetaria prudente, un equilibrio externo y un mercado interno como motor del crecimiento. De esta manera, la recomposición de reservas y la desactivación de las expectativas de devaluación serán resultado (y no el objetivo primario) de políticas coherentes.

Necesitamos que el Estado deje de ser el obstaculizador del desarrollo. Básicamente volver a una economía donde había alto crecimiento y baja inflación sin leyes de abastecimiento. El rol del Estado debe concentrarse en la articulación de políticas económicas, dictado de leyes y marcos sectoriales que generen inversiones e influjo de capitales en sectores como energía, comunicaciones, construcción, sector agropecuarios e industriales, turismo, minería, etc.

También es necesario fomentar el potencial exportador de nuestro país, clave para encarar la agenda del desarrollo y evitar la excesiva dependencia del crédito externo, al que sólo accederemos a tasas razonables y sustentables siempre y cuando normalicemos nuestra situación financiera, por caso encontrando una solución con ese 7% de los tenedores de títulos que no ingresaron al canje. El acceso a los mercados, a su vez, no debería ser utilizado para seguir posponiendo problemas sino para soluciones, principalmente para realizar las grandes obras de infraestructura que faltan y así ampliar nuestra frontera de producción.

Todo lo antes mencionado hará posible que la Argentina pueda recomponer rápidamente sus reservas internacionales en el marco de una economía previsible, con inversión y con un Mercado Único y Libre de Cambios.