Cañones, sufragistas y el derecho a voto de la mujer

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Pablo Simón

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Cañones, sufragistas y el derecho a voto de la mujer(www.socialhizo.com)

Cañones, sufragistas y el derecho a voto de la mujer | www.socialhizo.com

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Este año se cumple el centenario de la ley que permitió el sufragio femenino en el Reino Unido. Un sufragio restringido, eso sí, a las mujeres mayores de 30 años. Hasta 1928 no sería igual que el de los hombres. Hablamos de un tiempo en el que las mujeres eran consideradas personas subordinadas, incapaces de formarse un criterio político independiente y alguien cuyo lugar natural era quedarse en casa a cargo de las tareas domésticas. Este no era un argumento exclusivamente conservador (véase el Rera Novarum de León XIII) sino que muchos partidos de izquierda compartían esta apreciación y mostraban en público su temor a que las mujeres optasen mayoritariamente por fuerzas de derechas si se les dejaba votar.

Sin embargo, Reino Unido distaba de ser el primer país en aprobar el sufragio verdaderamente universal. El primer país en dar ese paso fue Nueva Zelanda en 1893, seguido rápidamente de Australia en 1902. Cinco años después, en 1907, se aprobó el sufragio femenino en Finlandia y rápidamente se expandió a Noruega y Dinamarca. Suecia lo haría al terminar la I Guerra Mundial. Mientras, en los EEUU tan sólo tenían derecho de voto las mujeres en los estados de Wyoming, Utah, Idaho, Colorado y Washington. La aprobación de la enmienda constitucional para extender este derecho al conjunto del país habría de esperar hasta 1920.

La República de Weimar, Austria, Países Bajos y Bélgica lo incluyeron desde 1919. La experiencia de la II República en España lo hizo estar en vigor para las elecciones de 1933. Aunque entre los más tardíos estuvieron Francia, Italia y Grecia, que no extenderían el derecho de voto a las mujeres hasta después de la II Guerra Mundial, Suiza se lleva la palma: las mujeres no votarían hasta 1971. En América Latina casi todas las mujeres pudieron votar desde los años 30 aunque Argentina y México sólo tras la II Guerra Mundial. Hoy prácticamente todos los países que hacen elecciones, incluso siendo autoritarios, permiten el voto de las mujeres. El sufragio de las mujeres está permitido en 187 de 193 países del mundo así que, afortunadamente, ya nadie asume que pueda ser restringido por razones de género.

Algunos determinantes del sufragio femenino

Las razones detrás de que algunos países extendieran el sufragio antes que otros son variadas. En los estudios que se centran en la comparativa entre los estados de EEUUen general se aprecia que allí donde la presencia católica era más fuerte y había un fuerte componente industrial el sufragio se estableció de manera más tardía. Además, lo curioso es que si la ratio hombre-mujer estaba sesgada a favor de los primeros, es decir, si las mujeres eran pocas, el sufragio tendió a establecerse antes. En parte para atraer colonas, pero también porque al no ser muy numerosas dejarles votar no tendría un efecto importante en el resultado electoral.

En la comparativa entre países, el sufragio se estableció de modo más tardío donde la presencia de la Iglesia Católica era más fuerte y había leyes del divorcio - que solían implicar mayor inestabilidad marital y una posición económica más vulnerable para ellas. Por el contrario, el PIB per cápita tiende a correlacionar con su implantación. Adicionalmente, la extensión del sufragio en general y del femenino en particular se asociaba a momentos de descontento e inestabilidad política. En general el camino que siguieron tanto obreros como mujeres fue abrirse paso en las instituciones y luego, desde allí, presionar para conseguir mediante la expansión del sufragio sus fines económicos y sociales.

Ahora bien, la evidencia más reciente señala que el papel más decisivo de todos en la expansión del sufragio femenino lo tienen las guerras interestatales. Los conflictos son justamente momentos disruptivos del orden social y están en la génesis de muchas instituciones económicas y políticas (mismamente, el Estado de Bienestar moderno o los sistemas fiscales progresivos). Incluso se ha dicho en muchas ocasiones que "la guerra crea Estado". Por lo tanto, tiene cierto sentido pensar que las sufragistas pudieron encontrar una ventana de oportunidad perfecta en el contexto de la I Guerra Mundial para espolear sus demandas con éxito. Indaguemos por un momento en los mecanismos por los que lo lograron aprovechando para revisar algo de contexto de principios del siglo XX y cómo pudieron cambiar con éxito el espíritu de su tiempo.

El zeitgeist femenino

Intentar limitar el predominio de las mujeres para que no pudieran cambiar el resultado de unas elecciones era un razonamiento común en las discusiones de la época. Si se revisa el debate de la ley que estableció el sufragio femenino en 1918 en Reino Unido, la decisión de establecerlo sólo a partir de los 30 años es explícita en esto: "fijar una minoría segura de mujeres y que no pudieran rivalizar con los hombres en número". Si se releen los debates , el propio ex primer ministro Herbert Asquith señaló dicha intencionalidad y cómo discriminar a las mujeres por edad le parecía más justo que hacerlo por clase u ocupación.

Si nos quedásemos con este argumento, la guerra debería jugar en contra de las sufragistas. Dado que miles de hombres mueren en el frente durante la I Guerra Mundial, tendría sentido que ellos quisieran detener la expansión del sufragio todo lo posible para no exponerse a "las imprevisibles implicaciones de dar el voto a la mujer (sic)". Sin embargo, esto distó mucho de ser así. Tres elementos jugaron a su favor y recalibraron el debate.

En primer lugar, la I Guerra Mundial reforzó el argumento de que las mujeres se habían ganado el derecho de voto. Cuando se impulsó la enmienda 19 en EEUU, que requería la aprobación de todos los estados y que fijaba que no se podría restringir el sufragio por razón de sexo, Woodrow Wilson dio un discurso en el Senado el 30 de noviembre de 1918, dos años antes de su ratificación definitiva. El presidente americano se había opuesto en un principio, pero durante su mandato cambió de parecer y la impulsó activamente. La síntesis de su alocución era que, ante el esfuerzo de las mujeres durante la guerra, ellas se habían ganado el derecho a voto. No fue por tanto un argumento basado en su dignidad o derechos de ciudadanía, sino en que su contribución como fuerza laboral de reserva era digna de recompensa.

Un segundo elemento clave es cómo las propias organizaciones sufragistas actuaron para generar un sentimiento de cohesión nacional que les ayudara a conseguir un clima de opinión favorable a sus demandas. Salvo unas pocas asociaciones pacifistas, durante la I Guerra Mundial la mayoría de las sufragistas apoyaron a sus países, sin duda con un cálculo del retorno político que supondría para su causa. En Reino Unido, por poner un ejemplo, las sufragistas sufrieron una metamorfosis. La Unión Nacional de Asociaciones Sufragistas (NUWSS) se reconvirtió en el Movimiento de Servicio de la Mujer Activa, haciendo campañas de reclutamiento para la guerra. Mientras que la Unión Política y Social de las Mujeres (WSPU), que recurría a protestas frecuentes y desobediencia civil, tomó la decisión de no actuar.

Muchos de estos grupos pasaron a apoyar a los voluntarios y captación de reclutas y en octubre de 1915 el diario activista The Suffragette se renombró como The Britannia, por "El Rey, el país y la libertad". En paralelo, sufragistas encarceladas fueron liberadas por iniciativa del gobierno mientras que muchos políticos cambiaron de opinión. Como llegó a decir Lord Balfour "Lo que creo que ha pasado es que la Guerra ha dado una buena excusa a un gran número de personas excelentes, que han estado mucho tiempo en el lado equivocado, a cambiar de parecer". La ley de 1918 fue aprobada 7 a 1 a favor.

Finalmente, y no menor, es indudable que existe un efecto difusión en la expansión del sufragio femenino entre los diferentes países. Como se ha visto antes, tras Nueva Zelanda viene Australia; de Noruega se expande rápido por los países escandinavos. La generación de ese espíritu en favor del sufragio femenino no deja de hacer que las activistas y el movimiento viajen e intercambien ideas, que los gobiernos pierdan el miedo a abrir sus electorados y que, en suma, se vaya estableciendo de manera más firme el consenso de que hay que asegurarse de que ellas puedan votar también. Por lo tanto, el esfuerzo bélico ayudó de manera decisiva a abrir esa ventana de oportunidad en la que las activistas y las mujeres, contribuyentes al esfuerzo bélico de sus países, supieron aprovechar.

La extensión del sufragio femenino tuvo claras implicaciones en las preferencias políticas de los países. Su implantación supuso un incremento del gasto público y de los ingresos, así como una tendencia a mayor aprobación de leyes sobre derechos. Dada su mayor preferencia, además, por bienes públicos, el sufragio femenino se asocia con una expansión del gasto en servicios sociales. Incluso algunos autores han señalado que la entrada de las mujeres en la arena pública ha traído consigo también en que se aprueben legislaciones laborales más garantistas. Esto tiene sentido si se piensa que hay un cuerpo creciente en la literatura prueba como la presencia de mujeres en instituciones altera su funcionamiento en cosas como las modalidades de deliberación, la aprobación de derechos reproductivos y de maternidad o la orientación de las instituciones hacia la discriminación. No son cosas menores.

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Una especulación

Creo que es complicado negar que el feminismo ha ganado muchísimo espacio en la esfera pública los últimos años, algo netamente positivo. Mérito de muchas activistas y personas concienciadas que llevan años peleando por ello, pero quizá también de factores estructurales que no se deberían desaprovechar.

Si la Gran Recesión ha sido una suerte de shock en nuestras sociedades (infinitas veces menor a una guerra), no hay duda de que se abre la ventana de oportunidad para replantarse cosas. Además, este efecto puede tener un componente de género si los ajustes del gasto han recaído en mayor medida sobre ellas (si recortan sanidad, educación o dependencia, son las primeras en pagarlo con su doble jornada). Por lo tanto, hay motivos para que se movilicen con más fuerza desde la base. En paralelo, poco a poco, se ha formado una red de creadores/as de opinión más concienciados con la dimensión de género, sobre todo a medida ellas han ido ocupando (aun tímidamente) más posiciones de poder. Pero, además, la mayor conexión del mundo hace que hoy escándalos del otro lado del Atlántico puedan llegar fácilmente y no tarden en generar analogías en otros países. Se genera una suerte de ola de movilización que al menos desde España no se recuerda en tiempo.

Por lo tanto, más allá de la interesante pregunta de indagar bien los determinantes de esta importante movilización feminista, quizá con el tiempo a muchas de las demandas del 8M le terminarán pasando como al sufragio femenino cuando lo miramos con ojos de nuestro tiempo. Que miraremos atrás dentro de 100 años y nos resultará increíble que a las mujeres les pasaran las cosas que hoy vemos a diario. 

(*) Pablo Simón es politólogo de vocación y formación. Doctor en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra, ha sido investigador postdoctoral en la Universidad Libre de Bruselas. Su principal área de especialización son los sistemas electorales, tanto en sus causas como sus consecuencias, pero también está interesado en los sistemas de partidos, política comparada, la participación política de los jóvenes y dinámicas de competición electoral. Actualmente es profesor visitante en la Universidad Carlos III de Madrid, donde combina su trabajo con actividades divulgativas fuera de la academia. Sus columnas están en Politikon.es