Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños

¿En qué momento aprendió a sonreír, erguirse sobre sus extremidades y cantar canciones de Spinetta? ¿Cuándo a abrazarme, como lo hizo, cuando todo se derrumbó?
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Ulises Naranjo

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Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños

Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños

Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños(Gentileza Luciana Rojas.)

Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños | Gentileza Luciana Rojas.

Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños

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Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños(Ulises Naranjo.)

Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños | Ulises Naranjo.

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Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños(Ulises Naranjo.)

Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños | Ulises Naranjo.

Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños

Canción de amor a un niño dormido, en su cumpleaños

Se ríe el niño dormido. Quizás se sienta gorrión esta vez. Jugueteando inquieto en los jardines de un lugar que jamás despierto encontrará”.
Luis Alberto Spinetta.


Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”.
Silvio Rodríguez.



Miro a mi hijo dormir.

Me siento, sigiloso, a su lado, como un ladrón con sentimientos, y dejo que el ritmo acompasado de su respiración se transforme en el propio de mi universo conocido. Miro su forma desfachatada de entregarse al sueño y su precioso cuerpo posado sobre el colchón. Lo miro relajado como un césar o como esos leones a la siesta en el Cerro de la Gloria, satisfechos de sí mismos o de sus abandonos. Lo miro soñar, como en la primera fila de una ceremonia celeste o como si estuviera la borde del mar. Lo miro como si se tratara del avant-premiere de la parición de una galaxia o el viraje del gusano a mariposa o el escándalo de una fogata, bueno, ya imaginan ustedes, amigos, cómo es el asunto, cuando miro a Eliseo dormir.

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Digo que miro a mi hijo dormir y hoy, que cumple diez años, caigo en la cuenta de que, de una maravilla a otra, de un estupor a otro, todo ha pasado demasiado rápido. De aquellas lágrimas de inaudito amor que vertí, con el milagro de su nacimiento, esa perfecta forma del estallido, hasta esta vigilia nocturna al pie de su cama, todo –a pesar de todo– ha sido tan jubiloso como veloz.

Estaba diciendo que siempre me ha gustado ver dormir y también ver comer a mi hijo. Es como si esos cotidianos procesos me ofrecieran una garantía de veracidad ante mi pavura y mis asombros renovados. Es probable, de hecho, que la confianza del sueño y la eficacia de la nutrición me afiancen como padre, ante la incondicionalidad del amor a que mi niño que somete; o, tal vez, sencillamente, se trate de mi origen humilde y sus prerrogativas de bendiciones de techo y plato de comida, ante el tamaño del cielo y la indolencia de la raza.

Vuelvo a mi hijo: respira, sonríe leve, chasquea la lengua y se da vuelta hasta darme la espalda. ¿Cómo es que ocurrió todo? ¿En qué momento abrió los ojos, aprendió a conocernos, a sonreír y comer papilla y trabar significante y significado y erguirse sobre sus extremidades y sumar y restar manzanas y jugar al fútbol y nadar como perrito y andar en bicicleta y cantar conmigo canciones de Spinetta como la “Cantata de los puentes amarillos”, “Figuración” o “Todos estos años de gente” y tener sus propios conceptos del prójimo, las modas, el futuro y el dolor?

¿En qué momento aprendió mi niño a abrazarme y a dejarme llorar sobre su pecho, como supo hacerlo, cuando todo se derrumbó?

Tanto ha sucedido y, sin embargo, casi nada recuerdo de estos años y sé por qué: es la habitual rendición de la memoria ante la contundencia del presente, que todo lo florece y en el mismo acto lo devora, que todo lo transforma y nutre, que todo lo vuelve, al fin, olvido.

Recordar es empezar a envejecer y envejecer es empezar a recordar. Y recordar es empezar a morir.

Por cierto, sentado en el labio de su cama, como el poeta ciego al borde de la clepsidra silenciosa, concluyo en que algo singular, propio de una infausta paradoja, constituye nuestros recuerdos: los sucesos funestos se recuerdan mejor que los gozosos. Esto es: las cosas feas son más y mejor recordadas que las lindas. La mayor espectacularidad de los sucesos es patrimonio extendido de la tragedia. No digo que los acontecimientos hermosos no sean recordables, digo que son menos recordables.

Digo que no debiera ser posible que se diluyan de mis manos aquellos primeros apretones de náufrago de mi bebé, aquellos primeros besos con baba, sus olores a leche bebida y caca derramada, sus miradas candorosas, sus primeras sílabas azogadas, sus dientes como ventanas, sus llantos como banderas y todo aquel carnaval de deslumbramientos que atravesamos juntos.

Sin embargo, aun sabiendo que todo aquello late en algún rincón negligente de mi pecho, siento que el tiempo transcurrió y que no estuve demasiado atento, que no supe dar con la forma de detener aquellos instantes, del mismo modo que ahora intento en vano detener este momento.

Por eso, bajo esta noche inmensa, a los pies de un dios de infinitas espaldas y respiración poderosa, es que casi a nada viene a mi mente respecto de su primera infancia de amamantamientos y brazos tendidos y que casi nada recordaré mañana de este momento de infinita paz que me acontece.

Amo a este niño que miro y no me mira. Cuido sus sueños como un samurái de caoba. Trabajo por su comida  y su sueño como una abeja la miel de su reina. Bebo al pie de sus fascinaciones. Desaprendo lo aprendido. Dejo a un costado mis rutinas de los excesos. Agradezco. Me vuelvo mejor persona o al menos una persona más sana. Y prometo a sus espaldas hacer todo lo posible para llegar a viejo y ser digno de su amor.

Feliz cumpleaños, le susurro en la mejilla. Y me voy a dormir, como si me fuese a morir.




( A Eliseo, a diez años de su nacimiento.
A Luis Alberto Spinetta, a dos años de su partida
).




Ulises Naranjo.