Cambiemos y el riesgo de la "tercera decepción"

Cambiemos es el tercer gobierno que llega al poder como una coalición. La Alianza de De La Rúa se derrumbó, la Concertación de los kirchner terminó siendo un monopolio del poder. La alianza del Pro puede generar otra decepción al no comprender que la política no es matemática y mucho menos pura publicidad. 

Pablo Icardi

Cambiemos y el riesgo de la "tercera decepción"

Cambiemos y el riesgo de la "tercera decepción"

La Alianza de De La Rúa. La Concertación del kirchnerismo y el Cambiemos de Macri. Tres coaliciones democráticas y el riesgo de tres decepciones.

El gobierno de Cambiemos asumió el poder con un lastre invisible del que posiblemente no se hayan dado cuenta algunos de sus principales dirigentes. Es el tercer gobierno que amaga a ser de coalición, por formar parte de una alianza de fuerzas políticas (no contamos acá la fusión del PJ con la UCDE en los ’90). Las experiencias anteriores fracasaron porque nunca fueron una coalición sólida y terminaron en fracasos.

El Gobierno de la Alianza fue una lánguida agonía. Comenzó a diluirse con la renuncia del vicepresidente Carlos Chacho Álvarez, el abandono y hasta los golpes internos del radicalismo y el PJ (encabezados por Alfonsín y Duhalde), que fueron potenciados por la incapacidad del presidente De La Rúa.

La Concertación lanzada por Néstor Kirchner no fue más que un intento tramposo de simular un gobierno de coalición que, en los hechos, concentró poder, diluyó al resto de los partidos y dio protagonismo a sectores marginales de la política usados como fuerza de choque.

Cambiemos surgió como una alianza poco sólida. Al Pro, el partido vecinal que construyó poder de manera vertiginosa, se le sumó un radicalismo que llegó devaluado, como una federación de partidos provinciales más que como una fuerza nacional. La versión amarilla de los gobiernos  de coalición “argento” tiene otra impronta que le exige mayor pericia a quienes conducen políticamente a esa fuerza. Macri es el primer presidente que llega al poder en un balotaje. Esa instancia electoral, que se repetirá en el futuro inmediato, no otorga cheques en blanco. Los votante de Cambiemos dieron confianza, pero no fanatismo.

Ya en el poder, la tensión dentro de Cambiemos se potenció entre la logia amarilla encabezada por Marcos Peña y los aliados del peronismo y la UCR que le aportan la cuota política a esa coalición. Esa interna les hace perder de vista una máxima: la política no es matemática y en una alianza no cuentan la cantidad de votos, sino el valor agregado cualitativo que aporta cada uno.

El amague de salida de Emilio Monzó del Gobierno es una pésima señal interna para el oficialismo. No por el caudal electoral que pueda tener ese dirigente (casi desconocido para la órbita externa a Buenos Aires). El dirigente de origen peronista es uno de los que mantiene mejor vínculo con el resto de los aliados de Macri, como el gobernador de Mendoza y presidente de la UCR Alfredo Cornejo. En el entorno del Gobernador aseguran que es uno de los dirigentes que puede ayudar a sostener y ampliar Cambiemos. Más cuando la distancia entre Macri y Marcos Peña con el resto se extiende. En el radicalismo muestran señales de hartazgo por falta de pericia política. 

Todas las encuestas pre electorales marcan un alerta, más allá de la ponderación de candidatos. Gran parte de los principales dirigentes políticos tienen un alto porcentaje de rechazo. Una bronca general. El efecto rebote entre la esperanza generada y la decepción.

Ese hastío no distingue caras. El caso extremo lo vivimos los argentinos en octubre del 2001, cuando ganó  el voto bronca; el año en que los ciudadanos no eligieron a ningún candidato. En Mendoza ese año entre votos en blanco y anulados superaron el 20%.

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