"Agradecé que no te pasó nada", la frustración instalada

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Mariana Cavagnaro

"Agradecé que no te pasó nada", la frustración instalada

"Agradecé que no te pasó nada", la frustración instalada

Rejas, alarmas, perros, alambres de púa que decoran nuestras viviendas, cámaras, luces con sensores, alertas comunitarias y así, la lista puede ser más extensa. Son palabras que nos acostumbramos a usar y conceptos con los que convivimos en los últimos 15 años, por lo menos.

En Mendoza -y posiblemente en muchos otros lugares- sabemos que ninguna medida precautoria suele ser suficiente para evitar un delito, que ya no existen "zonas" ni "horarios" para delinquir, que los delincuentes se manejan con total impunidad mientras los ciudadanos honestos y trabajadores tenemos que resignarnos a "salvar nuestras vidas", que los ladrones en la mayoría de las oportunidades se escapan, y que cuando la policía logra atrapalarlos, el sistema judicial tiene varias excusas para que no queden detenidos.

Entonces, el circuito comienza otra vez: un nuevo delito, una nueva detención temporaria y una nueva excusa legal para quedar libre. Tal vez, algún especialista en temas penales puede enumerar las formas de defender a un delincuente.

Lo cierto es que quienes tienen como "trabajo" cometer delitos están ciertamente protegidos, saben cómo moverse, conocen bien las zonas, manejan los límites para no quedar pegados si los atrapan y quienes los defienden se excusan en un sistema que los perjudica. Entre los policías que recorren las calles, que aún logran ingresar a zonas denominadas "rojas", comentan que los delincuentes "no son pobres, ni tienen hambre, lo que tienen es una impunidad para moverse y no quieren trabajar".

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A raíz de un hecho policial que me tocó vivir personalmente, pude conversar durante varias horas con un grupo de policías. Me explicaron cómo funcionan las familias de delincuentes, formadas por dos o tres generaciones cuyos integrantes comenten delitos, viven de eso, saben cómo protegerse y cuando uno cae preso, saben cómo sacarlo, a quién llamar o con quién negociar. Estos policías se sienten frustrados, tan frustrados como todos.

Es que sigue siendo muy común que nos roben, nos asalten, nos amenacen con armas, ingresen a nuestras viviendas, se lleven nuestras pertenencias, los ladrones se escapen o los atrapen, que la víctima tenga la oportunidad de reconocer al delincuente pero no lo haga por miedo, sabiendo que no tiene ninguna garantía que la familia del ladrón vuelva por algo peor.

En fin: los ciudadanos trabajadores tenemos miedo, miedo de hablar, de denunciar, de reconocer, de instigar, de darnos cuenta que existe todo un sistema que no funciona, que nos expone, que no mejora, que lo único que logra es que podamos conformarnos entre nuestros seres queridos con un simple "agradecé que no te pasó nada".

Mariana Cavagnaro