opinión

El privilegio de leer (y el crimen de no hacerlo)

El privilegio de leer (y el crimen de no hacerlo)

 El mundo actual tiene 780 millones de analfabetos totales.

La cifra global no mejora desde 1990, aunque por vía de excepción, hay países que han mejorado notablemente su tasa de alfabetización-

Alrededor de 250 millones de niños no son capaces de descifrar una sola frase, aun cuando la mitad de esos menores han pasado cuatro años en la escuela.

La educación de escasa calidad está dejando un legado de analfabetismo más grave de lo que se pensaba: uno de cada cuatro jóvenes, es decir, 175 millones de adolescentes, es incapaz de leer una frase sencilla.

Menos de diez países en el orbe tienen 100% de alfabetos.

Argentina tiene una alta tasa de alfabetismo: 98.1%, solo superada por Uruguay en América Latina.

Visto en cifras el tema, pareciera que en nuestro país y en Mendoza, las cosas funcionan adecuadamente. Sin embargo., la DGE. Acaba de disponer un breve período diario de lectura obligatoria, lo que obviamente indica preocupación por ciertas deficiencias observadas.

Saber leer no implica tener el hábito de hacerlo, y, mucho menos por desgracia, ser capaz de interpretar lo leído.

Para poder leer, hace falta por supuesto tener la capacidad intelectual necesaria y además tener alcance a los distintos materiales de lectura, en definitiva, tener acceso a la educación.

En julio de 1884, bajo la presidencia de Julio A. Roca, se promulgó la ley 1420, que establece la obligatoriedad y la gratuidad de la enseñanza primaria en todo el territorio de la República, y con la cual, supuestamente se lograría la tan mentada accesibilidad generalizada. Debo reconocer que ha sido exitosa, aun cuando hay lugares de este extenso país donde no resulta fácil, y hasta, a veces es imposible llegar a una escuela.

Pero el tema que me preocupa hoy, es el de por qué se hace necesario ese breve, y, a mi juicio insuficiente, período de lectura diaria.

La respuesta es obvia: una cantidad altamente significativa de niños y adolescentes "alfabetos", no tiene el HÁBITO de la lectura, a pesar de disponer de todos los medios para hacerlo, y esto sí que es grave, mucho más que los pobres niños que no tienen ninguna posibilidad de alfabetizarse.

No pretendo analizar las causas de tamaño desatino, solo diré que lo peor es tercerizar las responsabilidades entre padres y educadores, como si la escuela no fuese la continuidad del "aula magna" que es la casa.

Entre paréntesis, y como aclaratoria del título de este artículo, expreso "Y el crimen de no hacerlo". Sí, bien digo, CRIMEN, que según la Real Academia significa "acción indebida o reprensible", y me refiero específicamente a la no lectura de libros, independientemente del soporte utilizado en su escritura.

Así como se ha dispuesto con buen tino unos minutos de lectura diaria, debería ser obligatoria la enseñanza de la historia de la escritura, que obviamente requiere una superficie para registrar los signos según el período evolutivo de que se trate.

La antigüedad del homo sapiens se estima en alrededor de 1.5 MILLONES de años, sin embargo, hace menos de 8000 años que escribe, y mil de que lo hace sobre papel en el hemisferio occidental y tal como lo conocemos hoy.

Escriture y lectura, inseparable binomio, surgieron como respuesta a ineludibles necesidades del hombre en sociedad, que no discutiremos hoy.

Los educandos deben tener nociones claras de cuánto esfuerzo y tiempo demandó a la humanidad el disponer del libro como vector del conocimiento.

La historia de la humanidad, puede jalonarse por los logros alcanzados en el transcurso de su presencia en la Tierra, pero también por la historia de la sistemática DESTRUCCIÓN, de los libros y de sus albergues las BIBLIOTECAS.

La palabra libro, etimológicamente significa cara interna de la corteza de los árboles, uno de los primeros soportes que se usaron para escribir; por otra parte la raíz biblio (biblia, biblioteca etc.) proviene de Biblos, antigua ciudad puerto del Líbano desde donde salían los barcos portando papiros para su escritura en Europa.

Los primeros libros fueron tablillas de arcilla, con escritura cuneiforme, aparecieron en Sumer, hoy Irak alrededor de 5300 a.C.

La exploración del nivel IV del templo de la diosa Eanna en Uruk, reveló tablillas datadas entre 4100 y 3300 a.C, muchas de ellas quemadas, con características de intencionalidad, dado que no había restos compatibles con incendio en los terrenos vecinos.

Fueron al parecer los Acadios, quienes conquistaron a los Sumerios y destruyeron gran parte de su patrimonio edilicio y cultural, de ahí la quema de tablillas que atesoraban su acervo.

El rey asirio Asurbanipal, 668-627 a.C, creó la primera gran biblioteca de la antigüedad, situada en Nínive. además de ser él mismo alfabeto y amante de los libros; se cree que fue el primer monarca de la historia que supo leer y escribir.

Los Babilonios, cuando invadieron Asiria, destruyeron la biblioteca, y así sucesivamente.

Pero las bibliotecas resurgían como el Ave Fénix, de tal suerte que, entre el 1500 y el 300 a.C se pueden contabilizar alrededor de 233 bibliotecas distribuidas en 51 ciudades del Oriente Próximo.

En el transcurso de la historia se destacó con creces la "opus magna" de la bibliotecología antigua: la Biblioteca de Alejandría. Más allá de los mitos que la rodean, fue sin duda la que albergó la mayor cantidad de conocimientos de la humanidad. Lógicamente también fue destruida, aunque la causa cierta se discute hasta hoy: terremoto, inundaciones, o las tropas del emperador romano Caracalla.

A la destrucción de libros, vale decir de la cultura de los pueblos, debemos agregar la otra tragedia del conocimiento que es la PROHICIÓN de la lectura, e incluso de la tenencia de libros considerados heréticos, inmorales o simplemente disidentes con el pensamiento de la autoridad de turno.

Dentro de este horrendo capítulo de la prepotencia humana, destaca sin dudas, la actitud de la gran castradora de la cultura: LA IGLESIA CATÓLICA, con su aberrante ÍNDICE DE LIBROS PROHIBIDOS O INDEX LIBRORUM PROHIBITORUM, una lista de aquellas publicaciones que la Iglesia católica fue catalogando a lo largo de su Historia como perniciosas para la fe. En su primera parte, el Índice establecía las normas de la Iglesia con respecto a la censura de libros. Fue promulgado por primera vez por el papa Pío IV a petición del Concilio de Trento, el 24 de marzo de 1564, e impreso en Venecia por Paolo Manuzio. Conoció más de cuarenta ediciones a cargo de la Sagrada Congregación del Índice, que fue creada por Pío V en 1571. La última fue la de 1948.

En sus más de 400 años de existencia, el Índice incluyó a literatos como Rabelais, La Fontaine, Zola, Balzac o Víctor Hugo, pensadores como Descartes o Montesquieu y científicos como Copérnico. Éste entró en la lista a consecuencia del proceso de la Inquisición contra Galileo, por un decreto del 5 de marzo de 1616 que obligaba a expurgar los pasajes, incompatibles con la fe, que daban por seguro que la Tierra se mueve en torno al Sol (la teoría heliocéntrica, que Galileo desarrolló a partir de Copérnico). Sin embargo, autores ateos como Schopenhauer o Marx nunca figuraron en la lista, pues tales lecturas se prohibían en el acto.

Recién el 14 de junio de 1966, el Papa Paulo Sexto, derogó la prohibición.

Nuestro país no pudo permanecer ajeno a semejante desatino; recuerdo muy bien que, en ocasión de la Revolución de 1955, siendo yo cadete de segundo año en el Liceo Militar general Espejo, teníamos como libro obligatorio de lectura, la famosa obra "La Razón de mi Vida", supuestamente escrita por Eva Perón. La obligatoriedad de su lectura es un claro e indiscutible hecho de prepotencia política, con claras intenciones de adoctrinamiento, por cuanto carecía en absoluto de valor literario y, en realidad, era simplemente un manifiesto de la doctrina peronista. El efecto bumerang no tardó en llegar, bajo la forma de la dictadura militar que sustrajo y destruyó los ejemplares que cada uno de nosotros albergábamos en los pupitres, y que eran de nuestra pertenencia, por cuanto los padres debieron comprarlos, dado que a pesar de ser obligatorio, no era provisto por la institución educadora. Una vez más la ambivalencia valorativa llevaba a destruir lo que instantes antes fuera considerado de indudable beneficio, y el país retrocedía en vez de avanzar.

Durante el llamado "Proceso", 1976-1983, se destruyeron millones de ejemplares y se perdieron un número desconocido de vidas por el solo hecho de poseer libros considerados "subversivos".

Sin embargo, las bibliotecas resurgieron una y otra vez, tal como el Ave Fénix.

Por fortuna, en la Argentina actual tenemos acceso irrestricto a la información y a la lectura de cualquier libro. No se avizoran prohibiciones ni quemas, así sea para siempre.

Pero, precisamente este ámbito de libertad intelectual de que gozamos los argentinos, es lo que hace aún más criticable el hecho de no adquirir el hábito de la lectura.

La indiferencia ante libros al alcance de la mano, miles de ellos en forma gratuita, es mucho peor, se me ocurre, que la destrucción ex profeso. La destrucción enerva los ánimos y estimula su opuesto: la reconstrucción. La historia brevemente recordada en mis anteriores palabras, así lo demuestra. Es como los estragos que causan las inundaciones o los terremotos, la gente se rehace y vuelve a construir. En cambio la indiferencia es como la sequía, lenta e inexorable, la vida se va apagando hasta no quedar ni siquiera rastros de su pasado. Lo que fuera pujante vergel, va agostándose hasta quedar transformado en un páramo yermo. La desazón doblega los ánimos y permite incluso aceptar la muerte del sediento como cosa inevitable.

Los libros, como los animales domésticos, necesitan, estimo, del contacto con la mano del hombre, ser hojeados y hasta subrayados, para permanecer vivos y listos para encarar futuros lectores.

La lectura como hábito, no sólo beneficia al lector desde el punto de vista cultural o lúdico, sino que, indirectamente influye sobre el conjunto de la sociedad: se calcula que si todas las mujeres recibieran educación primaria, la mortalidad infantil podría reducirse una sexta parte y la mortandad materna en dos tercios, indica un informe de la UNESCO. En el África subsahariana y en el sur y el oeste de Asia, los matrimonios infantiles disminuirían en un 14 % si todas las niñas cumplieran la educación primaria y en un 64 % si pudieran completar el ciclo secundario.

Cuanto más lean los adolescentes, menos víctima serán de las atrocidades que visitan en internet y que incluso con llevan hasta riesgo de muerte, tal como ocurre con el "juego de la ballena". Aprenderán a interactuar en forma directa con el resto de sus coetáneos y estarán en mejores condiciones para hacerlo con los adultos mayores, en especial con aquellos, no pocos, que no dominan o que directamente ignoran el manejo de todo lo virtual.

El mundo moderno gira alrededor de lo virtual sí, pero la humanidad desarrolló tan espectacular tecnología, utilizando libros para estudiar.

Los países más tecnificados del mundo, son también los que poseen las mejores bibliotecas.

Mendoza cuenta con una respetable biblioteca pública, la biblioteca General San Martín, con cuya coordinadora tuve el honor de conversar hoy. Con alegría he podido comprobar que la gestión actual está empeñada en mejorarla, aumentar su patrimonio bibliográfico, y sobre todo en captar lectores, para ellos mis felicitaciones.

También hay buenas bibliotecas públicas en Godoy Cruz y en Luján. Las Heras está empeñada en tener lo propio, para los responsables, mi apoyo y mi estímulo.

Para finalizar, doy gracias a la vida que me ha permitido tener alcance a los libros, y me despido con una sentencia de Serafín Y Joaquín Álvarez Quintero:

Libro, amigo de los amigos, huésped de predilección, eres maestro, confidente y confesor; compañero en las vigilias, en la pereza aguijón; en la soledad recreo, y en los caminos mentor.



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18 de agosto de 2018 | 08:21
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