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A raíz de Marley y Mirko: la visión botánica de la niñez

Hace ya 11 años un grupo de autores del país, coordinado por Gabriel Conte, estudió los "usos" de niños y adolescentes: personas, no objetos.

A raíz de Marley y Mirko: la visión botánica de la niñez

Todavía hay personas que, cuando piensan en un niño y en las posibilidades de su desarrollo, comparan ese proceso con el de una planta. De hecho, sobreviven dichos populares que se repiten en todo tipo de reuniones y que, en referencia a inconductas o rebeldías de niños y jóvenes, hablan de la posibilidad de "enderezarlos" o de "ponerles una guía para que crezcan derechos".

Degradados por esa visión botánica hacia la niñez, la adolescencia y la juventud, niños, adolescentes y jóvenes fueron tratados como vegetales a lo largo de los años. Era cuestión de que apareciera el menor índice de peste para que resultaran erradicados de su tierra para ser puestos en cerradas macetas; transplantados a gusto de quien estaba interesado en un verlos como parte de un jardín ideal o dejados de lado, como se hace con la maleza.

Hoy sabemos, casi todos, que un niño o una niña son personas. Parece increíble que haya tenido que ser así, pero lo tuvo que decir una Convención internacional, lo asumió así la Constitución Nacional en la Argentina y Mendoza se anticipó al resto del país haciendo propio el concepto de niño y niña como "sujetos de derecho".

Además de todo esto último, hay una nueva ley nacional, la 26.061, que define el "interés superior del niño" y que avanza en la letra mucho más allá en la consideración de que, para las primeras etapas de la vida del ser humano, debe serle otorgado todo lo mejor que una sociedad pueda producir, considerándolo parte fundamental de ella, con derecho a opinar sobre su presente y futuro.

La costumbre es y ha sido la de pensar que, amontonando chicos en lugares fuera de su ámbito de nacimiento, se estaba garantizando un desarrollo diferente y hasta mejor que el que ofrecía su familia biológica o su contexto social.


Esta percepción todavía es fácil de justificar en conversaciones sociales, cumpleaños y cafés. Muchos piensan que a un chico que viene de una familia pobre se le hace un bien sacándolo de ese "cruel destino", entregándoselo a una familia pudiente. Como a una planta que se la saca de la maceta y se la pone en tierra fértil. Como a una planta, en definitiva. Pero ese niño o niña tiene una identidad que es borrada por decisión de otros.

Asimismo, cuando un chico es víctima de violencia en su ámbito familiar, la acción del estado se ha enfocado en tratar al chico y no a ese ámbito familiar de donde surge su situación de vulnerabilidad.

Es por ello que más allá de los comentarios, costumbres o vaivenes culturales de una sociedad, hoy tenemos como objetivo poner en valor la ley de protección Integral de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes que no implica "dejarlos hacer lo que quieran", como me comentó una señora en una reunión, sino sacarlos del esquema botánico de análisis y considerarlos pares dentro de la humanidad.

Llega la hora de abordar integralmente el problema desde su contexto familiar y social, sin castigar dos veces al niño que es víctima: cuando se produce la agresión y cuando se lo quita de su barrio, su familia, su contexto social con el pretexto de "salvarlo" y termina desfilando por tribunales, hogares y familias.

La adolescencia y la juventud, en boca de los adultos, en tanto, resultan un tema de diálogo áspero. Cuando el niño ya no "da lástima" empieza a "dar miedo", como estrategias de supervivencia en un mundo que muchos conocieron, desde la llegada a la vida, como hostil, agresivo, degradante y excluyente. Ese chico que empieza a tener conciencia de la violencia en la que ha estado inmerso durante su niñez es el mismo que a los adultos nos hace entrar en pánico no bien encuentra espacio para recriminar, por las buenas o por las malas, todo lo que ha sufrido en carne y mente propia.


Nuestra respuesta, tradicionalmente, ha sido negar su pasado, culparlos, limitarlos, castigarlos y encerrarlos, de resultar posible. La prepotencia como resultado de una oculta impotencia.

Juan Carlos Alarcón, un especialista argentino que desde hace 30 años trabaja con chicos abandonados en las calles de París, de visita en la Dinaadyf, nos comentó hace unos años que existe, desde su punto de vista, una condición económica de la esta etapa de la vida. "El adolescente pobre se hace adulto de golpe, tempranamente, tal vez a los 13. Se le exige todo: que de repente sea educados, trabaje, sustente a su familia, sea responsable, que no sea violento, que hable y vista bien y que resulte un ejemplo para la sociedad. Frustrado -ya que todo ello es imposible aun para el adulto más pintado- a los 17 muere, tratando de hacerse de los bienes que la sociedad le empuja a tener". "En cambio -nos contaba más o menos textualmente Alarcón- cuando ese adolescente está en una ´familia bien´ se le perdona, en función del tiempo que necesita para conseguir todo lo que se le exige al pobre para dejarlo ser parte de la sociedad, permanecer en condición de adolescente hasta los 30 o 35 años".

Alarcón advierte que nos sorprenderemos si, en lugar de poner una lupa tan grande en los jóvenes lo hiciéramos sobre los adultos. ¿Cuántos pueden cumplir hoy en día con el canon exigido a sus hijos y nietos?


Es interesante su perspectiva en momentos en que los niños y jóvenes pobres continúan siendo los sospechados de la delincuencia y la inseguridad. Resultaría obvio si a ese chico que a los 13 mató cruelmente lo miramos solamente en ese momento y tras ese hecho. Pero si antes hubiésemos tenido los mecanismos y la grandeza necesaria para ver al niño al que se le negaron cosas básicas y elementales para la humanidad y hasta, si se quiere, para una planta, como son agua, nutrientes y buen trato, tal vez hoy no estaríamos frente a un asesino.

Hay un desafío por delante y es el de construir sólidas políticas de estado en la materia y forjar un cambio cultural que nos permita a todos, a grandes y chicos, mirarnos a la cara como iguales y así identificarnos unos con otros.

- Este texto es la presentación del Libro "Proteger la vida nueva" que fue presentado en 2007, con múltiples partipantes: Ana Rosich, Jorge Gómez, Susana Muñoz, Eduardo Bustelo, Emilio García Méndez, Marita perceval, Laura Mussa, Emma Cunietti, Silvia Ruggeri, Alejandro Miguel, Carolina Agbo, Carina Garay Cuelli, Juan Casas, Diego Heras, Arturo Piracés y Ana Menconi.

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Claves: Mirko