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El tercer hombre

El tercer hombre

Hace tiempo que abandoné cualquier pretensión de poder explicar en tiempo real los escándalos que rodean la administración Trump. Simplemente, es imposible mantenerse al día de todas las polémicas que rodean al presidente y su equipo estos días, con historias que van desde el director de la agencia de protección al medio ambiente gastándose $41.000 en una cabina de teléfonos aislada acústicamente para su oficina (no, no es coña) a cosas más serias, como la extraordinariamente incompetente respuesta al huracán Maria en Puerto Rico (el apagón ahí sigue). Podría hacer una lista de 20 noticias, a cada cual más absurda, todas ellas suficientes como para acabar la carrera de una docena de políticos y funcionarios en un país normal. En Trumplandia, a esa lista le llaman "un martes tranquilo".

El escándalo de hoy, sin embargo, merece ser explicado, en parte porque es significativo de la relación de Trump con los medios, en parte porque es tan estúpido que no puedo evitar hablar de él. El tema tiene abogados, estrellas del porno, políticos y presentadores de Fox News. Qué puede salir mal.

Empecemos por el principio, Fox News. El domingo escribía por VP sobre la peculiar relación que tiene Trump con la cadena de noticias de los Murdoch, y sobre cómo un programa en particular, Fox and Friends, a menudo marca la agenda política del día para el presidente. Trump ve mucha televisión, especialmente Fox , y les hace mucho, mucho caso. Tanto, de hecho, que tiene por costumbre hacer cosas como poner al teléfono a Lou Dobbs, un presentador de Fox Business, en debates internos en la Casa Blanca. El nuevo asesor económico de Trump, Larry Kudlow, era presentador de CNBC. Huelga decir que ni Dobbs ni Kudlow se distinguen por ser pensadores económicos brillantes, pero ese es otro tema.

De todos los presentadores televisivos, sin embargo, el favorito de Trump es Sean Hannity. Es difícil describir a Sean Hannity en pocas palabras; es un poco como el Federico Jiménez Losantos de Estados Unidos, excepto que el tipo tiene un programa de radio de tres horas cada día, una hora de prime time en Fox News, escribe libros, monta conciertos de rock patrióticos de vez en cuando, tiene un sueldo estratosférico, y es mucho más tonto y más conservador.

Hannity siempre había sido la versión idiota de Rush Limbaugh, que por muy ultraconservador que sea, al menos es un tipo francamente inteligente. Por mucho que tuviera sus horas de radio y televisión, siempre estuvo a la sombra de otras personalidades radiofónicas más ocurrentes (Savage, Levin, Limbaugh, incluso Glenn Beck) en decir burradas y de otros presentadores de Fox con más estilo y clase (Bill O´Reilly, cuando no andaba acosando sexualmente a mujeres) en pontificar de forma respetable.

Esto cambió, sin embargo, el 2016, cuando en las primarias republicanas la inmensa mayoría de intelectuales conservadores reaccionaron con horror ante el ascenso de Trump. Hannity fue en dirección contraria, le apoyó desde el primer momento, y mantuvo su apoyo durante toda la campaña, incluso en el nadir de la candidatura con el video de Access Hollywood.

El apoyo de Hannity no era una sorpresa. Trump y Hannity son ambos de Nueva York, y culturamente hablan un idioma parecido, el viejo populismo antiélites de toda la vida de la gran ciudad. Los dos son relativos outsiders dentro de su mundillo (Trump empezó en Queens, cuando la élite del negocio inmobiliario es toda de Manhattan; Hannity creció en un suburbio de clase trabajadora de Long Island, lejos de los salones intelectuales de la ciudad), y tienen la costumbre de inventarse cosas. Cuando Trump se pasó meses y meses cuestionando el lugar de nacimiento de Obama el 2011-2012, Hannity fue su principal cómplice en los medios para mantener la polémica viva.

Trump es también la clase de político que se acuerda quién le ha sido leal, y Hannity nunca, nunca, nunca le ha dado la espalda. Eso hace que se fie de él hasta el punto de llamarle varias veces por semana para pedirle consejo, o incluso alabarlo publicamente en Twitter. Todo el mundo da por asumido que Hannity coordina sus mensajes con la Casa Blanca, y que cuando se inventa grandes teorías de la conspiración sobre cómo Hillary Clinton está detrás de la caza de brujas de Robert Muller, el presidente no se lo está tomando a broma.

Volvamos, entonces, al escándao.

Todo empezó el mes pasado, cuando Stormy Daniels, una estrella del porno, acusó al abogado de Donald Trump, Michael Cohen, de haber firmado un acuerdo que no era válido para mantenerla callada, y fue al juez a pedir que lo revocara. Gracias a una serie de maniobras legales francamente incompetentes por parte de Cohen, sabemos que el acuerdo era para ocultar un affaire entre Trump y Daniels hace unos años, y que Cohen le dio $130.000 dólares de su propio bolsillo para comprar su silencio.

El problema para Cohen es que uno no puede dar dinero a una actriz porno para ocultar información durante una campaña electoral así por las buenas. Dado que el silencio de Daniels es algo que favorecía a Trump, el pago puede considerarse una contribución a la campaña que debe ser declarada, algo que Cohen, obviamente, no hizo. Dado que además el tipo había jurado que el ahora presidente no sabía nada del pago y no le devolvió el dinero, el hombre poco menos que le ha dado al FBI todo lo que necesitan para darle una paliza legal de narices.

La semana pasada el FBI hizo precisamente eso: registraron las oficinas, apartamento, habitación de hotel y caja fuerte de Cohen, buscando información sobre los pagos a Stormy Daniels y al menos otra actriz porno que también dice que fue silenciada. Hannity, poco menos que el portavoz no oficial de Trump en la materia, se pasó toda la semana hablando sobre cómo el FBI estaba fuera de control, Robert Mueller se había pasado (aunque la investigación sobre Cohen no la lleva él, pero vamos) y cómo los registros suponen la vulneración de la confidencialidad en las comunicaciones entre un abogado y su cliente.

Según avanzó la semana las noticias empeoraron aún más para Cohen. Primero, se hizo público que otro cliente de Cohen era Elliott Broidy, un alto cargo del partido republicano. Broidy contrató a Cohen para que pagara $1.6 millones a una ex-modelo de Playboy que había dejado embarazada para silenciarla. Segundo, los medios se fijaron en el hecho que más que el abogado de Trump, Cohen es su "arreglador" (fixer), el tipo que se dedica a hacer que problemas legales y escándalos sexuales variados "desaparezcan". Tercero, y más grave, ahora sabemos que el FBI llevaba meses investigando a Cohen, incluso antes que Daniels apareciera, y que le habían intervenido las comunicaciones desde el año pasado. Es decir, el caso no era sobre una actriz porno; el FBI estaba rebuscando entre toda la basura de Trump que Cohen había limpiado, más la miriada de contactos más o menos escabrosos con oligarcas rusos, blanqueo de dinero, transacciones dudosas y demás que abundan en su historial.

La parte realmente divertida del escándalo, sin embargo, llegó el lunes. En un último intento desesperado de evitar que el FBI examine toda la documentación que le han confiscado, Cohen y Trump fueron al juez hoy para pedir que les permitan hacer una selección de los e-mails que no son confidenciales antes de dejarles al FBI, y eliminar materiales de los otros dos clientes que no son parte de esta investigación. La juez que lleva el caso, obviamente, le preguntó quiénes eran los otros clientes. El primero es Trump. El segundo es Elliot Broidy.

El tercero es Sean Hannity.

Esto es, francamente, esperpéntico. Por un lado, es poco menos que impresentable que Sean Hannity estuviera 18 horas en antena entre radio y televisión la semana pasada diciendo que era un escándalo que el FBI estuviera investigando al abogado personal de Trump, y que nunca mencionara ni una sóla vez que Michael Cohen era también su abogado. Por otro, todo el mundo sabe la clase de "abogado" que es Cohen, así que mi intuición es que ahora mismo todos los periodistas de los tabloides de Nueva York están buscando como posesos con qué actriz porno se acostó Sean Hannity. El hecho que Cohen, alguien que ha sido poco menos que el guardaespaldas semi-legal de Trump durante más de una década y que anda metido en todos los escándalos del presidente (incluyendo un papel no aclarado en el tema ruso), estuviera trabajando también para su periodista de cabecera suena francamente fatal.

Queda el último tema, algo que en cualquier otra administración me parecería absurdo, pero que en la era Trump Dios sabe si es cierto o no. Desde hace meses se rumorea que Sean Hannity era una de las vías de comunicación con de la campaña de Trump con Julian Assange (es decir, con los servicios de inteligencia rusos; Assange trabaja para ellos) y que lleva tiempo siendo investigado. Diría que es una idea absurda, pero el nombre de Hannity tiene la mala costumbre de aparecer al lado de gente a la que el FBI está investigando, y Cohen siempre ha sonado como uno de los contactos más probables con los rusos dentro del equipo de Trump.

Lo más probable, todo sea dicho, es que a Cohen le acaben trincando por fraude de donaciones electorales, es decir, por burro, y no gran cosa más. Pero el hecho que Sean Hannity esté allí, en esa lista, da mucho que pensar. 

(*) Roger Senserrich es politólogo, por mucho que insista en hablar un poco de todo. Dejando de lado una extraña obsesión con los ferrocarriles, su principal interés es la interacción entre sistemas políticos y economía, y cómo las instituciones favorecen o obstaculizan la elaboración de buenas políticas públicas. Actualmente vive en New Haven, Connecticut, trabajando como coordinador de programas y lobista ocasional en CAHS, una ONG centrada en temas de pobreza. Sus columnas son publicadas aquí: hacé clic para leer más.

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