opinión

Último primer día: escuchemos a los jóvenes

El comienzo de un nuevo ciclo lectivo y las prácticas adolescentes como una oportunidad para pensar el rol de padres, de docentes y del Estado.

Último primer día: escuchemos a los jóvenes

El comienzo de las clases nos pone, entre otras cosas de cara a una práctica reciente que va ganando adeptos en el país, a la velocidad de la "viralización 2.0"

Esta nueva movida juvenil de pasar la noche anterior al inicio de las clases en un lugar que los habilite al descontrol, despierta comentarios de todos los gustos y colores. Aquí se proponen algunas consideraciones que resultan de entender ésta y otras prácticas similares de los adolescentes como un síntoma de una trama compleja y multicausal.

1ra consideración: Los adolescentes bordean el límite. Esto es más o menos siempre igual y los que saben, explican que es de esperar que así sea. Es propio de quienes han dejado atrás la infancia, rebelarse ante lo establecido, probar el límite, transgredirlo con una cuota de omnipotencia propia de la edad. De este modo abren como un paréntesis en los márgenes de lo ordinario, un paréntesis de descontrol que se opone a las reglas del día a día. Unos márgenes que buscan el modo de ser cada vez más anchos.

2da consideración: Los adultos marcan el límite. O no. En la búsqueda "natural" de los adolescentes por transgredir, es de esperar la presencia de un adulto que marque la cancha. Alguien contra quien rebelarse, depositario de enojos, rabietas y menosprecios; pero a la vez autor de coordenadas. Quizá como nunca en su función paterna al establecer límites, el adulto es fuente de contención y pacificador de las angustias propias del crecimiento.

El primer gran drama resulta de la ausencia de ese adulto. O bien porque literalmente "no está". O bien porque está, pero no juega su rol. Al contrario se hacen aliados de quienes se rebelan, incluso compiten con los adolescentes. Se visten como ellos, se portan como ellos. Son sus "amigos". "Son chicos, si no se divierten ahora ¿cuándo lo van a hacer...?"

Lo que puede parecer un padre o una madre "con onda", termina siendo frecuentemente un drama de angustia y soledad. El joven crece sin coordenadas, no tiene contra quién rebelarse. Mira a sus adultos para aprender, pero encuentra adultos que lo miran a él/ella, como añorando su propia juventud.

3ra consideración: La escuela. Un joven en quinto año frecuentemente llega (si es que llega) a esa etapa de su educación formal con un hondo sentido de decepción por lo vivido en las aulas y por lo que le queda dentro de esas cuatro paredes hasta egresar. Habituados a mirar el reloj -al igual que algunos de sus profesores- esperando salir de esa nube gris y sin sentido; suelen escapar por las pantallas de sus teléfonos, o lisa y llanamente escapar. "¿Y todo esto que tengo que estudiar para qué sirve?" espetan a sus docentes. Una pregunta que -finalmente- es necesario escuchar en serio.

Si lo que los alumnos tienen que escuchar y escuchar, para memorizar, reproducir y luego olvidar; no tiene sentido, entonces buscan alternativas de sentido. Si el sentido no lo habilita la escuela, lo ofrece el mercado y lo consumen los jóvenes. Un sentido inmediato, intenso, efímero y tremendamente rentable para algunos mercaderes del campo juvenil.

Cuando por el contrario las experiencias del aula ubican al adolescente como protagonista de su aprendizaje, y se los desafía con metas altas y exigentes, con reglas claras y firmes. Cuando se integra el cuerpo y se lo pone en acción con otros para solucionar problemas reales, cercanos y significativos, entonces el blanco y negro de las aulas se llena de colores, se derriban los muros y no hay necesidad (ni tiempo) de buscar fuera lo que está dentro de la escuela.

La escuela está desafiada a reinventarse. Directivos y docentes lo pueden hacer. Aunque no solos.

4ta consideración: La política educativa. La educación requiere ser objeto de un pacto social profundo y trascendente a los colores partidarios de turno. Una auténtica política de estado sostenida en la convicción de que en la educación está la llave para el desarrollo y la justicia social en serio (no es la economía... no es solo la política... ¡es la política educativa!)

Los países que así lo han entendido, saben -¿nosotros lo sabemos?- que el nivel de la educación de un alumno tiene como principal factor de incidencia, la calidad del profesor que está en el aula. Saber esto deriva en la lógica pretensión de que los docentes gocen del profesionalismo y el prestigio social requeridos. Ser docente es en aquellos países un honor. Acceden a este honor quienes más se destacan, los más capaces. Son reconocidos social y económicamente. Saben que sin docentes felices y emocionados por enseñar, no habrá niños o jóvenes felices y emocionados por aprender. Estamos lejos. Tristemente lejos.

Escuchemos a los jóvenes y ocupemos los adultos nuestro lugar. Hagámoslo por ellos. 

Opiniones (1)
25 de mayo de 2018 | 08:32
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25 de mayo de 2018 | 08:32
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  1. Sin el apoyo del estado, la educación no puede mejorar.. el gobierno actual como el anterior ningunean a los docentes, con pujas salariales que dan lástima. Ojala por el bien de todos, esto cambie pronto. slds
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