opinión

Volver a la escuela

El subsecretario de Educación, Gustavo Capone, se enfoca en la importancia histórica de concurrir a clases.

Volver a la escuela

Mendoza, la bien plantada (Benito Marianeti)

El año cultural mendocino empieza en vendimia. La vendimia activa nuestra provincia en todas sus dimensiones. Hay una temperatura especial. Mendoza se presenta más amplia. Se hace global, mientras paralelamente se iluminan nuestros departamentos desafiando la idea de poder interpretar y repensar la idea del mundo como un lugar singular. Lo político, lo productivo, lo pasional, lo plural, lo federal, se mezclan. "Juntos los encuentra el sol, empapados ‘de vino', y en alcohol, ‘coronando' una muchacha"; podríamos exageradamente decir, alterando la icónica letra de Serrat en su inmortal "Fiesta".

Pero en tiempos de vendimia también empiezan las clases. La conjugación de vendimia y educación, es insoslayable en Mendoza. Empieza la cosecha y los pibes vuelven a la escuela.

Volver a clase

Parece repetido. Los ciclos productivos de todas las labores culturales y económicas vendimiales también lo son. Pero hay una constante: las puertas abiertas llamando al inicio de clase y, simultáneamente, recurrentemente, una convocatoria al paro docente.

Apelando a mi memoria, pero con la responsabilidad de ocupar un espacio de definiciones en el actual gobierno escolar, humildemente creo, que el debate es necesario y que los reclamos docentes son superadores cuando abarcan desde lo pedagógico a lo salarial. Pero también, es justo decir lo que creo: siempre con los chicos y las chicas en las aulas.

Debate y reclamo que no solo debe estar centralizándolo en la justa defensa de los intereses y derechos particulares, pero que deben además contemplar sustancialmente los intereses generales, donde debe priorizarse la necesidad de que nuestros estudiantes estén cada año más días en la escuela y que nuestros padres tengan la certeza de que sus hijos serán educados con la histórica calidad que la escuela pública argentina brindó por generaciones. Ese debate todavía sigue ausente, y parece esquivo por quienes conducen nuestro gremio docente.

La escuela nunca debe parar

Quisiera apelar también al oficio que ocupó mucho tiempo de mi vida paralelamente al de ser docente: el oficio de historiar. Lo he manifestado muchas veces. Reitero en este texto muchas cosas que repetí y escribí en varias ocasiones. Es un buen ejemplo de cómo y por qué Mendoza creció. El oficio del historiador nos permite poner en valor conmemoraciones y recuerdos del pasado apoyándonos en notas de la coyuntura que tienen un fuerte impacto presente.

El ejemplo gira en torno a un hecho trágico mendocino, pero aleccionador. Es el recuerdo del terremoto del 20 de marzo de 1861 en Mendoza. Dicho hecho es un buen pretexto que nos posibilitará destacar un costado histórico, no muy difundido, de la tragedia: la relevancia que históricamente ha tenido la educación en Mendoza y la importancia del maestro y la necesidad de concurrir a la escuela.

El ejemplo que citaré ocurrió también en un marzo mendocino. Fue en 1861.

Ante un terremoto, la educación

Es así, Mendoza quedó desbastada. Paralizada. Sumergida en un caos. Y aunque los temblores habían castigado históricamente la región, aquella "ciudad de barro" que tenía 300 años desde la llegada del español (2 de marzo de 1561), quedó hecha una gran montaña de adobes en solo unos segundos. Había que empezar de nuevo; y si bien los terremotos eran moneda corriente en nuestra provincia, a lo largo de tres siglos, nunca se había hecho absolutamente nada concreto para evitar la tragedia.

Después del terremoto de 1861, Mendoza debió ser reconstruida en su totalidad. Para peor, la catástrofe encontró a la provincia envuelta en medio de una profunda crisis institucional que vivía el país. Eran los tiempos convulsionado de puja entre la Confederación y Buenos Aires zanjados en la Batalla Pavón durante setiembre de 1861 con el triunfo de Mitre.

El terremoto mendocino, aquel último día del verano de 1861, destruyó y devastó la capital provincial, causando la muerte de 4.247 personas y cerca de 1.000 heridos, entre una población estimada de 11.500 vecinos. Con estas cifras y daños, se lo consideró al terremoto mendocino como una de las catástrofes más desastrosas de ese siglo en todo el mundo, y sin dudas la mayor hecatombe natural del país durante el siglo XIX. Mendoza fue arrasada, y a la desorientación política e institucional se sumaron incendios (que se prolongaron por casi una semana en forma ininterrumpida) epidemias, vandalismo y saqueos.

Las escuelas de pie

Había que establecer prioridades y optimizar los recursos. ¿Por dónde empezar? A los diferentes proyectos sobre dónde llevar adelante el trazado del nuevo centro urbano, se sumó el latente y lógico problema político y sanitario. La antigua ciudad enclavada históricamente desde tiempos hispánicos entre el Tajamar y el Zanjón quedó enterrada para siempre.

El sector dirigencial quedó absolutamente diezmado por las muertes y renuncias, entre ellos un gran número de maestros. "Se perdió lo más culto e intelectual de la Provincia", según Agustín Alvarez, en notas de aquellos tiempos.

Las familias abandonaron la ciudad destruida en busca de lugares más seguros en el interior provincial y la desorientación fue notoria ante la catástrofe. Mientras tantos muchos huérfanos buscaban refugio en familias sustitutas.

El sistema educativo oficial no funcionó durante dos años. Es decir, durante los años 1861 y 1862, no se dictó instrucción pública oficial en casi toda la provincia. Las pocas escuelas que existían se cayeron, y las escasas que se mantuvieron en pie fueron utilizadas como circunstanciales hospedajes u hospitales de campaña. Pero nada de eso hizo que después de la lógica zozobra del primer momento, en forma espontánea, comenzaran las actividades de la mano de voluntarios en lugares seguros. Desde setiembre de 1861 hay registro de actividades educativas en plazas, casas de familias o abajo de algún árbol.

Un hecho institucional ayudó en la dura circunstancia. Mendoza había sancionado su nueva Constitución en noviembre de 1854 (es la primera de las "constituciones provinciales" del país, después de sanción de la Constitución Nacional de 1.853). Dicha constitución estableció algo novedoso sobre las autonomías municipales. En el "Capítulo Séptimo: Sobre el Poder Municipal / Administración Departamental", se pusieron las escuelas primarias en dependencia directa de los municipios provinciales y estableció que la administración de los fondos de la instrucción pública corriera por cuenta de cada municipalidad. La circunstancia hizo que algunas escuelas departamentales se mantuvieran abiertas al haber sido menos traumático el sismo en el interior provincial que en el centro capitalino.

Mientras tanto la administración central priorizó un plan de reordenamiento territorial provincial, para el cual, el desarrollo urbano contemplaba la aprobación de la creación de múltiples escuelas en la provincia y el direccionamiento de fondos recibidos prioritariamente a la educación.

Las escuelas estarían cerca de las plazas y contarían con un amplio patio como resguardo de la ciudadanía ante posibles futuros sismos, con grandes entradas y amplios sistemas de conservación de agua.

En paralelo, y superando distintos momentos políticos (muerte de Luis Molina, el gobernador que sucedió a Nazar), el nuevo gobernador Carlos González (1863 - 1865), recibió una partida de $11.500 de la Comisión Filantrópica de Buenos Aires que destinó a la construcción de 23 escuelas. También la provincia de Entre Ríos aportó $12.000, más aportes recibidos de otras provincias y de países como Chile y Perú.

Todo se sumaba al decreto del 19 de abril de 1864 que había dispuesto el surgimiento de las "Escuelas Fiscales". Por ende, las escuelas se multiplicarán, llegando a 1865 con la apertura de 34 nuevas escuelas oficiales y 6 particulares.

El Profesor Benjamín Lenoir, cuñado de Domingo Faustino Sarmiento, es nombrado por el Gobernador González al frente de dicho emprendimiento como "Inspector de las Escuelas Fiscales", llegando a contar el sistema educativo por ese año con 1.784 alumnos matriculados en las "oficiales" y 547 en las "particulares".

La importancia del tema educativo posterior al trauma del terremoto se siguió manifestando: el gobernador Nicolás Villanueva (1867 - 1870), para ejercer un mejor control y supervisión sobre los establecimientos educativos creó en 1867 el "Departamento General de Escuela"; y en 1872, su primo Arístides Villanueva, también gobernador, impulsó la "Superintendencia General de Escuelas", nombrando como primer secretario a Daniel Videla Correas.

También se constituyen las "Comisiones Escolares de Distrito", un antecedente directo de los actuales Consejos Municipales de Educación y de las delegaciones regionales de la DGE, conformados por dos miembros titulares y un suplente en cada departamento. Su amplia gama de actividades comprendía entre otras funciones, las de crear establecimientos nuevos: su edificación, ubicación y presupuestos. Además de contratar docentes, según fuera necesario en la medida que no violará cualquier norma "reñida con la moral y las buenas costumbres" ostentando prioritariamente el título de preceptor (maestro). Pero además debía estimular la creación de bibliotecas, asesorar al gobierno provincial sobre "mentes brillantes, que merecieran ser becados y acordar premios para alumnos y preceptores". Es bueno recordar que el primer decreto de la gestión de Arístides Villanueva fue visionario: becar a Agustín Álvarez para estudiar en la Facultad de Derecho de Buenos Aires.

Además, dictó la Ley Orgánica de Enseñanza Primaria, que contempló la obligatoriedad para los varones entre 7 y 12 años y para las niñas entre 6 y 13 años, antes aún que la vanguardista Ley N° 1420. También construyó un gran número de escuelas, estimuló jornadas de capacitación para docentes y mejoró ostensiblemente sus haberes. Pero lo realmente novedoso y revolucionario, fue la liberación del servicio militar para quienes desearán proseguir estudios superiores.

Un buen ejemplo

En fin, también una crisis es un buen motivo para revisar nuestra historia y encontrar ejemplos de la mano de la educación.

El 5 de marzo empiezan las clases en Mendoza. Es momento de vendimia. Ha comenzado un nuevo año en Mendoza. En tiempos que lo verdaderamente revolucionario es hacer bien lo sencillo, no debemos de dejar de pensar que lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es acompañarlos hasta la escuela. Por nuestra historia. Por el futuro de ellos. Los pibes siempre en la escuela.

Opiniones (1)
25 de mayo de 2018 | 08:31
2
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25 de mayo de 2018 | 08:31
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  1. Con todo respeto, siento necesidad de aclararle un punto...ya tanto en mi escuela, en la cual fui directora hasta hace un año exactamente, como en la mayoria de las escuelas rurales, vendimia e inicio de clases NO SON SINÓNIMOS,...los chicos comienzan las clases justamente cdo TERMINA LA VENDIMIA...van a cosechar con sus padres...y luego inician las clases, durante toda mi carrera docente fue asi y no debería serlo...o esto tb es parte de nuestra cultura vendimial??
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