opinión

Guayasamín en Mendoza

Guayasamín en Mendoza

El lunes se inauguró una muestra de Oswaldo Guayasamín en el espacio Le Parc. Para quienes se interesen por las artes plásticas, vaya esta opinión que ofrecí cuando expuso en el Fader en 1993.

Los cuadros, de grandes dimensiones, que presentó Oswaldo Guayasamín en el museo Fader en 1993 y la temática, más acá del "Guernica" de Picasso, nos traen a la memoria los nombres de Orozco, Siqueiros, Rivera, Portinari, Tamayo y de nuestro Antonio Berni. Todos ellos han puesto el acento en la figura humana como vehículo apropiado e insoslayable de la expresión.

La amplia muestra, más de un centenar de obras, causó un poderoso efecto catártico. Las imágenes dolidas, angustiadas, tensas, mirándonos desde su hieratismo perturbador, laceradas y lacerantes, no sólo mueven la piedad del menos compasivo, sino que incitan a ponerse de rodillas y pedir perdón. Pero, a poco de estar con ellas se toma conciencia de que, como dice Guayasamín, el enfrentamiento del hombre contra el hombre en el siglo XX es tan brutal como jamás ocurrió en la historia, y entonces la indignación sacude el alma y "La edad de la ira" cobra todo su patetismo.

Dentro del impacto psíquico, de la furia enajenante, de su deliberada exasperación, el expresionismo incuba en su fuego íntimo el correctivo ético de querer salvar al hombre colocándole enfrente un espejo que muestre el resultado de su proceder. Tiene carácter individual y está dirigido a la soledad de cada uno. Guayasamín lo abre, lo lleva al ámbito social y entronca su pintura en un expresionismo americano. La concepción gigantesca de la forma, la temática y el modo personal de abordar la figura privilegian los valores expresivos sin descuidar la plasticidad, cumpliendo con la máxima aspiración del artista: lograr la identificación de la gente, sumar un multitud de hermanos de congoja virtual.

Los cuadros de 1941 y 1942, "Las beatas", "Madre y niño", "Torso desnudo" y "Los niños muertos", están dentro del proceso de búsqueda del estilo que posteriormente le dará fama y será definitivo. Al comparar, puede verse que se ha producido un despojamiento y un encuentro con las sutilezas de la misma austeridad de recursos, solamente los estrictos para que el contenido tenga su mayor vigor, su más contundente peso, su más elocuente convicción.

Lo exige así la gravedad del tema: desarrollar virtualmente la conciencia crítica de América latina. Nada, entonces, de sensualidad colorística ni de brillos. Todo oropel sería una ofensa y por lo tanto impensable en esta epopeya singular del hombre y la mujer sencillos, de los oprimidos, de los torturados y los humillados.

Esa austeridad, en función específica de los valores expresivos, se distiende a veces y aparecen generosas texturas, como en "La montaña y la nube" (uno de los escasos paisajes); o fuertes cromatismos, como en los óleos "Cabezas".

Es admirable la utilización de las manos para comunicar emociones. En ese mural, como intérpretes de una danza de hondo dramatismo, aparecen manos y rostros recortados, en oposición a un fondo que vibra con el eco del padecimiento de los protagonistas, estableciendo un contraste entre el individuo, todo fibra sensitiva, y el vacío circundante.

Los rostros tienen un parecido estereotipado que se produce por la reiteración de los rasgos sumarios. De este modo, cada uno de los seres simboliza a uno solo, el sufriente universal. Guayasamín, que a pesar de la desesperación ante la flagrante injusticia tenía esperanzas, porque de lo contrario no hubiera pintado, le dio carnadura vital a ese sufriente, dejándolo atrapado en el lienzo como testimonio imperecedero de una época y de un ancha geografía.


Con similar sintaxis, rostros y manos del mural de mujeres que lloran, constituyen la unidad plástica que maravilla por la economía y la sencillez, y de su dolor contenido pareciera surgir la música de Juan Sebastián Bach, ambos artistas con creencias distintas pero con una misma religiosidad auténtica.

El arte pictórico, a través de su frondosa historia, es reminiscente y si Guayasamín tiene enormes deudas, que no las niega, como todos los artistas contemporáneos, su mérito estilístico es innegable. Manos sarmentosas, capaces de un lenguaje claro, directo y universal, que junto al rostro conforman lo más típicamente humano, a la par que dan su dramático mensaje, son un canto al trabajo y al hombre de trabajo, rústico y tierno, y se patentizan en primerísimo plano como lo que son: irreemplazables herramientas naturales.

En estas formas que descubre el pintor reconocemos, además, las manos de nuestras madres y nuestras abuelas, curtidas y moldeadas por los múltiples quehaceres cotidianos, y aquí es la ternura el sentimiento que nos embarga frente a las representaciones.

Las caras huesudas, magras, angulosas, de pómulos altos, que nos miran desde su estatismo que delata un intenso dinamismo interno, cifran el símbolo inequívoco de esa parte de la sociedad que se identifica con los que sufren y le dan sentido a la lucha por la solidaridad y la justicia.

En los "Homenajes a Nicaragua", negro y rojo se contrastan y en parte superponen a la figura. La fuerte síntesis formal, como en toda la obra, indica el talento artístico de Guayasamín, que puede expresar tanto con mínimos ingredientes. Una de las manos semeja un árbol en invierno, pero erguido; la otra -un árbol tumbado-, los hermanos muertos; y al medio el rostro de Nicaragua malherida pero no derrotada, esperando, esperando con una paciencia ancestral que inficiona la médula misma de los pueblos nativos de América.

Rostros, manos, cuerpos y flores; apenas un paisaje y alguno que otro caserío conforman lo más directamente explícito. La figura humana es apolínea y vibra desde una materia que hace de los grises y los ocres, amasados en múltiples matices, todo un arco de posibilidades cromáticas, al servicio de la compleja emotividad, esa rosa de los vientos que intensifica la vida, justificándola.

No hay folklorismos ni ingenuidades, sino universalismo de intención y de mensaje, mensaje contundente sostenido en un estilo que enarbola las banderas de la verdad poética y de la modernidad, soslayando la perspectiva y remitiéndose a una bidimensionalidad que apenas desmiente la masa cromática.

Opiniones (2)
20 de julio de 2018 | 09:45
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20 de julio de 2018 | 09:45
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  1. Cuanta palabrería al pedo ha escrito Andrés Cáceres. Creo que el común de la gente, es decir, el pueblo... no entiende un carajo. Dice Andres: "...Dentro del impacto psíquico, de la furia enajenante, de su deliberada exasperación, el expresionismo incuba en su fuego íntimo el correctivo ético de querer salvar al hombre colocándole enfrente un espejo que muestre el resultado de su proceder. Tiene carácter individual y está dirigido a la soledad de cada uno. Guayasamín lo abre, lo lleva al ámbito social y entronca su pintura en un expresionismo americano. La concepción gigantesca de la forma, la temática y el modo personal de abordar la figura privilegian los valores expresivos sin descuidar la plasticidad, cumpliendo con la máxima aspiración del artista: lograr la identificación de la gente, sumar un multitud de hermanos de congoja virtual".????? Esto no habla de la explotación del hombre x el hombre, hoy, ya en pleno siglo XXI. Tampoco en toda su palabrería, nombre o menciona, su "identidad política"; ni la suya ni la de Gayasamin. Por otro lado, con su nota, complaciendo el "psudoprogresismo" de una Secretaría de Cultura que se arroga la representatividad de la cultura popular. El "pueblo" que asistió a la apertura de la muestra, fue para sacarse la "foto" para subir al face, como estan en todos los medios visuales de Mendoza. Tampoco habla de uno de los íconos del arte plástico en Mendoza. GASTÓN ALFARO, quien fuera el primer y único gestor para la presentación de Guasayamin desde un contenido popular y social. Este tipo de opiniones y/o notas, se parecen mucho a los "panqueques"...
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  2. Muy bueno tu aporte,Andres Caceres!!
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