E. Gajardo

Diario de viaje: los 6 mil kilómetros de MDZ siguiendo a Francisco

El paso del Papa por Chile no fue multitudinario como en Perú, pero dejó una serie de señales que no dejaron indiferente al mundo. Aquí el detalle de mi recorrido tras Bergoglio y lo que vi en cada ciudad a su paso.

Para seguir cada detalle de la visita del papa Francisco a Chile recorrimos más de 6 mil kilómetros en tres días. A pesar de que la cantidad de fieles no fue la esperada, la gira papal marcó un antes y un después sobre varias situaciones que van más allá de las fronteras trasandinas. El diario de viaje del papa y del equipo de MDZ tiene cada paso, cada gesto y cada noticia.

Aunque para Federico Croce y para mí la actividad inició antes del lunes, la agenda comenzó a agitarse al inicio de esta semana con una ciudad de Santiago totalmente sitiada, cubierta de vallas que por momentos parecieron excesivas para la cantidad de personas que mostraban entusiasmo por la presencia del pontífice, pero que se justificaban tras los atentado a templos católicos pocas horas antes de la llegada del papa argentino.

Ese mismo día, el 15 de enero, a las 19 en la esquina de avenida Brasil y la avenida del Libertador Bernardo O'higgins, era donde más gente se reunía para ver pasar al líder de la Iglesia Católica. Ese punto fue elegido para que Francisco iniciara su recorrido por las calles de la capital trasandina. Allí llegó 20 minutos antes de su arribo el papamóvil, el mismo que iba a ser puesto justo en la esquina, pero que se movió luego 100 metros hacia adelante una vez que la seguridad vaticana notó que justo en el lugar que habían elegido se instalaron las pancartas con denuncias contra el obispo de Osorno, Juan Barros, acusado de encubrir abusos sexuales y que se convertiría en un protagonistas de cada jornada del Papa en Chile.

Fue ese mismo punto en el que noté que la cuestión de la relación con la seguridad iba a ser compleja luego de un altercado con un subteniente de Carabineros que, pasando a llevar el permiso que nos dio un capitán, nos sacó a los empujones de la zona en cuestión justo en el mismo segundo que el Papa inició su recorrido por las calles de Santiago. Ese viaje de poco más de 19 kilómetros fue el primer indicador de la falta de entusiamo por la visita que, por momentos, incluso pasó por la indiferencia. Escaso número de fieles se vio y muchos de los que reunieron a mirar el paso eran transeúntes que se encontraron con la circulación de la amplia comitiva.

Martes 16 de enero: la referencia a los abusos y los incidentes

Mientras el Papa descansaba en la Nunciatura Apostólica en la comuna de Providencia, a las 2 de la mañana se abrían las puertas del Parque O'Higgins en Santiago, lugar de la primera misa masiva en Chile. A la misma hora se habilitaban las líneas del Metro para acercar a los fieles. La prensa tenía como horario límite de ingreso las 7 de la mañana. 

Con Federico Croce iniciamos nuestro recorrido antes de las 6 en el Centro y en poco más de 10 minutos llegamos al entorno del recinto, donde nos encontramos con un megaoperativo de Seguridad y muchos fieles intentando entrar y tratando de descifrar el sector asignado en su entrada (uno de los puntos que complicó a muchos fieles que prefirieron ver al Papa por TV).

La mañana estaba fría y cuando ingresamos al parque había miles de personas que llevaban más de cinco horas de espera, cubiertas con mantas y buscando la forma de conseguir un café. El problema es que una vez adentro de los cercos o parcelas, no podían moverse por el recinto debido a las restricciones que ponía el operativo de seguridad. En mi recorrido no vi ningún vendedor de café (que era lo que más necesitaba el público), pero sí muchos carabineros que advertían que a las 8 en punto se cerraban los pasillos y cada persona tenía que estar en el sector que les asignaron. En nuestro caso, un corralito de prensa casi frente al escenario. Llegó la hora de cierre y nos comenzamos a acostumbrar a una situación. Nadie se mueve una hora antes y hasta una hora después de que el Papa saliera del lugar de las misas. Es decir, serían jornadas muy largas, especialmente para los fieles.

Ya encerrados vimos a través de pantallas gigantes como en La Moneda, junto a Michelle Bachelet, Francisco decía que sentía vergüenza por los casos de abusos sexuales realizados por sacerdotes y miembros de la iglesia. Aplausos tibios y muchas reacciones en el corralito de prensa. De entrada el Papa ponía en agenda ese tema sobre cualquier otro y se mezclaba con las denuncias contra un obispo trasandino. Luego, fue el momento de la llegada del Papa, de su recorrido por el Parque y de la misa.

En esa misa es que, gracias a la transmisión oficial, se puede ver que en la fila de obispos que subía al escenario estaba Juan Barros, el máximo representante de la Iglesia en la ciudad de Osorno (sur de Chile) y religioso cuestionado por supuesto encubrimiento hacia Fernando Karadima, un cura pedófilo condenado por el Vaticano y también por la justicia trasandina. El sacerdote condenado era amigo de Barros y algunos testigos lo nombraron en la causa en la que se condenó ese religioso. Desde ese momento se volvió una figura central de la gira papal, tanto así que poder hablar con él sería más importante que llegar incluso al mismo Papa.

Incidentes en el parque

La misa transcurría con normalidad hasta que en el tramo final recibo la información de incidentes en el exterior del parque. Aunque en ese momento no se sabía qué es lo que ocurría, había que salir a ver qué pasaba.

Minutos antes la delegación de prensa que sigue por el mundo al pontífice, los vaticanistas, habían abierto el corralito de prensa, razón por la cual sin mirar y caminando directo hacia el sector de la estación del Metro Parque o'Higgins comencé a caminar junto a Federico Croce y Roxana Badaloni. Seguimos a paso firme y cuando un carabinero intentaba mirarnos no hacíamos contacto visual y seguíamos sin preguntar si podíamos o no circular.

Una vez afuera un cordón de policías montados impedía cualquier intento de acceso a Avenida Matta por un paso bajo nivel a la salida del recinto. A lo lejos se veía un carro hidrante y formaciones de Fuerzas Especiales de Carabineros.

Después de un par de minutos logré pasar y sobre la avenida se encontraba un grupo menor, pero ruidoso, compuesto por distintos organismos que protestaban por la visita del Papa. Eran desde deudores habitacionales hasta jóvenes anarquistas. Después de poco más de una hora de enfrentamientos, con detenidos, el control volvió a las calles, pero se respiraba ese enfrentamiento social, tanto así que después la pelea del grupo no era ni siquiera contra Carabineros, sino que contra los fieles, con los que incluso llegaron a los golpes.

El tema que los llevaba a las violentas disputas era el mismo que el Papa ya había puesto en agenda. Los abusos sexuales contra menores y el grito de "pedófilos" hacía reaccionar a algunos fieles que salían de la misa y que no dudaron enfrentar a las personas que eran parte de la protesta.

Una tarde con poco brillo

Ese mismo día por la tarde el Papa fue a la cárcel de mujeres, donde nuevamente se habló de abusos, pero de los que sufren niños chilenos en los hogares del Servicio Nacional de Menores, muchos de ellos hijos de mujeres privadas de la libertad. Más tarde fue a la Catedral de Santiago para un encuentro con distintos estamentos católicos. Allí, nuevamente, se encontró con una Plaza de Armas casi vacía, con pocos fieles que escucharon como reconocía que en Chile era complicado vestir de cura y que producto de los casos de abusos muchos insultados en las calles o en el Metro.

Después de eso visitó a sus hermanos jesuitas brevemente, pero para mí era la hora de ir a tratar de reponer energías, porque lo que se venía el miércoles iba a ser intenso.

Miércoles 17 de enero: los mapuches, Barros y Grabois

La visita a Temuco era, antes de que hablara de abusos en la Moneda, la más esperada de la visita, porque se preveía un duro discurso por la problemática mapuche, tanto en Chile como en Argentina. Se esperaba incluso que fuera el lugar elegido para que, entre líneas, enviara un mensaje al país enmarcado en la misa con los pueblos originarios.

Ese día la jornada arrancó a las 2 de la mañana, cuando emprendí rumbo al aeropuerto de Santiago para tomar un vuelo en el que irían periodistas, curas y fieles para participar de la misa masiva en el aeródromo Maquehue. Había que estar a las 4 de la mañana para tomar el vuelo de Aerovías DAP, un charter que debía llegar antes de las 7 de la mañana a la capital de la Región de la Araucanía, porque como les comenté, había que llegar antes y volver después que el Papa. Jornadas muy largas.

Desde el aire era posible divisar toda la zona de conflicto en el sur trasandino, con amplios campos y bosques donde se esconden los grupos más radicalizados a los que se les acusa de ataques incendiarios contra camiones de empresas forestales e incluso de asesinatos.

Al aterrizar en el nuevo aeropuerto de esa región chilena nos encapsularon en micros de la empresa Turbus e iniciamos un largo recorrido que nos llevó desde la comuna de Freire a Temuco y luego a Padre Las Casas, lugar donde se encuentra el aeródromo que supo ser el principal aeropuerto de esa región hasta 2014. En el camino vimos muchos carabineros, un gran operativo, pero nada de gente en las calles. 

Nuevamente los fieles casi pasaron la noche en el lugar de la misa, sin mencionar que debían caminar 6 kilómetros para llegar porque no podían ingresar en vehículos.

Francisco en Temuco

Al momento de llegar al aeródromo, y para sorpresa de todos, en uno de los ómnibus encapsulados iba el cuestionado obispo Barros. Había subido al avión al final y tenía asiento en primera fila (la prensa iba al fondo). En cuanto se bajó del micro en el aeródromo de Maquehue fue consultado por el escándalo que generó su presencia en la misa del día anterior e incluso una colega, Mercedes Ninci, lo invitó a dejar la sotana.

Antes de que cerraran los pasillos, busqué argentinos y también a la gente de Barrios de Pie y otras agrupaciones que habían anunciado su presencia. Era -hasta antes del caso Barros- quizás el momento más esperado y que venía a confirmar la estrecha relación entre los movimientos antimacristas, sus líderes y el Papa.

Con el tiempo limitado no fue posible encontrarlos, pero en medio de la misa me pasan el dato que estaban a un costado del altar, pero en las primeras líneas. Me escapé del corralito y desde una plataforma ubicada al lado de la sala de prensa pude divisar las banderas celestes. La misión era ir hasta allá cuando terminara la misa.

Una vez finalizada la ceremonia y con el Papa criticando la violencia, pero reconociendo las injusticia contra los pueblos originarios, comencé el camino para encontrar a las organizaciones argentinas, pero en el camino me demoré tomando testimonios de mapuches. Cuando llegué ya no estaban los miembros de las agrupaciones. Mala suerte, dije. Sin embargo, en ese instante vi caminando frente al altar a Juan Grabois, el amigo del Papa, el mismo que organizó el viaje. Para no equivocarme me acerqué y grité su nombre, reaccionó y confirmé que era él. Aunque no tenía muchas ganas, me habló unos segundos, dijo que no vería a Bergoglio y no quiso hablar de las críticas porque no iba al país. 

Luego, y esperando a sus acompañantes que eran Mario Cafiero, Eduardo Valdés y Juan Namuncura, fue abordado por otros colegas. En horas de la tarde se sabría que sí se reunió en ese predio con el Papa, la duda es si lo hizo antes o después de hablar con MDZ.

Ya pasadas las 15, mientras el Papa terminaba de almorzar con representantes de pueblos originarios, los ómnibus encapsulados volvían al aeropuerto para retornar a Santiago, pero siempre después que se fuera Francisco. En ese instante, después del pre-embarque -y junto a la colega de Los Andes, Carla Romanello- vimos al cuestionado obispo Barros entrar a la sala. Amablemente nos acercamos y le pedimos hablar. Se excusó y argumentó que había pasado un muy mal momento con una colega nuestra.

Finalmente, arribamos a Santiago pasadas las 18 y allí me encontré con un problema anexo a la visita. Los micros de acercamiento al Centro de la capital trasandina no podían cumplir sus recorridos completos porque la Alameda, la principal avenida, estaba cortada hasta que el Papa saliera del templo de Maipú, donde se reunió con los jóvenes, y terminara su visita la Universidad Católica. Así, la avenida se liberó después de las 20 horas. El colapso era impresionante y un recorrido que en la madrugada me demoró 20 minutos, en ese momento demoró casi dos horas.

Jueves 18 de enero: una despedida polémica

Otra vez la jornada arrancaba a las 2 de la madrugada, el mismo recorrido y el mismo taxista para ir al aeropuerto de Santiago. En el camino me comentaba que en 1987 él salió a la calle para recibir a Juan Pablo II y recordó que cada lugar que recorría estaba repleto de personas.

Pocos minutos después de las 3 ya estaba en la sala de embarque esperando poder subir al avión, pero en esta ocasión todo el mundo estaba pendiente del momento en que apareciera el obispo Barros. Sin embargo, con todo el movimiento no fue posible y cuando subí al avión ya estaba sentado en la primera fila esperando partir hacia Iquique, el destino final del Papa en Chile para luego seguir rumbo a Perú.

Entre el movimiento por Santiago y el viaje a Temuco ya había recorrido más de dos mil kilómetros (950 en cada vuelo a Temuco y más de cien entre todos los movimientos por Santiago), pero aún faltaban dos horas de vuelo y 1.950 kilómetros por recorrer -por tramo- para ver si en el norte de Chile la situación era otra y el entusiasmo por la presencia del Papa aumentaba.

A las 7 de la mañana aterrizamos en el aeropuerto Diego Aracena. El paisaje era completamente distinto, era el otro extremo del país y pleno desierto de Atacama. Grandes dunas que caían al mar llamaban la atención de muchos colegas que por primera vez iban a esa zona. La apuesta era encontrar un árbol en el trayecto desde el aeropuerto al predio de la misma y el que lo lograra le pagaría $100. Llegaron de vuelta a Mendoza en mi bolsillo.

En cuanto salimos de la aeroestación, nuevamente Barros fue el centro de atención, pero en esta ocasión el obispo se detuvo a hablar. La razón era que pudo conversar con el Papa el día anterior y se había sentido respaldado en medio del escándalo. "Tuvo palabras de cariño y apoyo", dijo monseñor, pero evitó profundizar en el tema y nuevamente escapó de la prensa ayudado por otros curas y ante la acción de algunos organizadores que apuraron el micro en el que debía ir los sacerdotes y lo hizo salir antes que el de la prensa para evitar que siguieran las preguntas.

Casi 20 minutos después que ellos comenzamos el trayecto hacia el Campus Lobito, el lugar elegido para la misa que cerraría la visita. El aeropuerto está a 40 kilómetros de la ciudad y la misa se haría en la mitad de ese trayecto. De ahí que no extrañara que cuando arribamos nos encontramos con un predio preparado para 400 mil personas que no tenía más de 50 mil.

Varias parcelas vacías, incluso algunas con pantallas gigantes instaladas, eran reflejo de varias situaciones. La dificultad para llegar al lugar elegido, la polémica por los curas pedófilos en Chile y la molestia por el gasto que hizo el Estado.

Sería la ocasión para tomar un video del Papa desde más cerca y con menos gente, pero también sería la ocasión en que todos nos sorprenderíamos con una intervención no esperada del pontífice. Como era habitual una hora antes de la llegada de Francisco todo el mundo estaba en su lugar y nadie circulaba, excepto los organismos de seguridad. Mientras seguíamos el recorrido por las pantallas gigantes vimos como el Papa al llegar al predio se acercó a saludar a algunas personas que estaban fuera de todo el perímetro, justo antes de la zona de ingreso. Allí también había dos equipos de radio que le preguntaron por Barros y allí fue cuando lo defendió y dejó a todo un país mirando sin entender qué sucedía. "Cuando haya pruebas concretas contra el obispo Barros ahí veré", dijo Bergoglio y coronó al frase asegurando que las denuncias son "calumnias".

En la sala de prensa los vaticanistas recién llegaban y mientras se preparaban para despachar como fue el primer matrimonio celebrado por un Papa en vuelo, se encontraban de frente con la defensa férrea para el sacerdote que se robó al atención durante tres días.

La misa paso a un segundo plano y la gira quedaba aún más marcada por un caso que en principio ocupaba a una ciudad, luego a un país, pero que con las palabras del Papa se transformó en una cuestión mundial y una posición cuestionada del pontífice ante los abusos. Es que de inmediato en redes y en la misma sala de prensa no parecía muy coherente lo que dijo el martes en La Moneda y lo que manifestó en defensa de un cura acusado por personas que antes ya fueron acusados de mentirosos, pero que después tanto el Vaticano como la justicia chilena, terminaron dándoles la razón.

Pero aún faltaba otro episodio más, cuando Francisco bajaba del altar para iniciar su camino a la ciudad de Iquique, las cámaras de la transmisión oficial lo mostraron abrazando al obispo en cuestión y deteniéndose un momento para decirle algunas palabras.

La sensación era extraña y mientras esperábamos a las 15.30, hora marcada para volver al aeropuerto, la pregunta era qué repercusión tendrá en el mundo esta actitud del Papa, generando reacciones en todos los lugares donde hay casos de abusos por parte de sacerdotes, como en Mendoza, donde el caso Próvolo sigue su curso judicial.

A la hora indicada el ómnibus nos llevó en busca del vuelo, pero antes debíamos esperar la ceremonia de despedida oficial del Papa. Casi como algo anecdótico vimos como en soledad, sin fieles, Francisco hacía su trámite migratorio, subía al avión y volaba a Perú. En ese lugar, nos encontramos con la pareja que el pontífice casó en el vuelo de ida a Iquique y muy amablemente Carlos, el novio, habló para Mendoza a través de MDZ Radio.

El resto fue un vuelo en el que se comenzó a sentir el trajín de jornadas largas de recorrido tras Bergoglio. Sólo faltaban 1.950 kilómetros más, pero que serían coronados por las últimas declaraciones de Barros en el aeropuerto de Santiago, donde fortalecido por el apoyo del Papa, habló con la prensa e insistió en su inocencia. Como en las otras ocasiones, pero ahora con el apoyo directo de Francisco, dijo que recibió el cariño del jefe máximo de la Iglesia Católica para luego volver a escabullirse por unas escaleras y dejarnos con muchas preguntas sin respuesta.

Fueron más de seis mil kilómetros que no dejaron apoyo popular ni imágenes de profunda devoción, pero que sí dejaron abierta una polémica en Chile y mucha incertidumbre en las víctimas de abusos por parte de miembros de la fe católica. Lejos de mejorar, al parecer la visita de Francisco abrió una herida más grande en una sociedad que mostró que no basta con una visita, sino que ahora se exigen gestos y acciones concretas para poder volver a creer.

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23 de julio de 2018 | 00:04
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