opinión

El trumpetista de la Casa Blanca

El trumpetista de la Casa Blanca

Muchas personas se preguntan qué haría Donald J. Trump sin un servicio como el Twitter para canalizar sus aberraciones a las cuales, de no ser presidente de Estados Unidos, pocos, o quizás nadie, les darían seguimiento.

Lo importante para él no es lograr montones de seguidores, sino que los periodistas que él denigra lean y amplifiquen sus dichos, y que los medios impresos y digitales lo destaquen en titulares y portadas junto con la foto de algún último gesto suyo ensayado ante el espejo, aunque las afeen.

En el caso de Trump parece existir una relación directamente proporcional entre el odio xenofóbico, el culto a la personalidad y la dependencia al iPhone, el cual es como una extensión física adicional de su cuerpo, como tener seis dedos en las manos o un lóbulo extra en el cerebro.

Lo peligroso es que él estima el twitter clave para gobernar y se convierte a sí mismo en trompeta, heraldo y rey, una santísima trinidad innovadora que ha convertido la Casa Blanca en una trinchera solitaria desvinculada hasta del propio Poder Ejecutivo, o en bronca con este y el Congreso, para alcanzar metas personales.

Twitter ha sido el instrumento ideal para liberarse de las amarras de comunicación tradicional y cuidadosamente elaborada por las administraciones precedentes para evitar que los exabruptos presidenciales trasciendan y afecten las relaciones políticas.

De esa manera, el camino queda expedito a sus instintos primitivos y descontrolados, demasiados peligrosos en una persona que, como el propio Trump dice, tiene en sus manos un botón nuclear grande que sí funciona.

El mal uso de las nuevas tecnologías de comunicación para canalizar amenazas y amedrentamientos, ha acabado en poco más de un año de gobierno con la autoridad moral de la Casa Blanca, cuya credibilidad es prácticamente nula para una gran parte del mundo que observa con preocupación cómo la administración de Trump opera fuera de cualquier margen prudencial y lógico en política exterior e interior.

Sus trinos no solamente son irreverentes, irrespetuosos, incultos, autocráticos y muchas veces denigrantes, sino peligrosos porque subrayan un sentido dictatorial intolerable en una nación que es la primera potencia nuclear del mundo, la que más gasta en armas, la que imprime la divisa más usada en el sistema financiero mundial, la que más comercio genera y la más proteccionista de todas.

Trump no parece admitir coaliciones entre ramas iguales de su gobierno y, peor aún, ni equilibrios entre su país y el resto del mundo, bajo la creencia equivocada de que puede y tiene el derecho de ejercer una administración global en la que él decide qué es necesario y cómo el sistema debe apegarse a sus ideas.

Si en épocas pretéritas Homero llamó divinos, inviolables, grandes y admirables a los heraldos por el papel que jugaron en reinados, cortes, campos de batalla y justas deportivas, al trumpetista de la Casa Blanca habría que repudiarlo como todo lo contrario.

Sin embargo, como ya han alertado algunos de sus críticos, tal vez lo más alarmante no es únicamente Trump, sino todos los demás -dentro y fuera de Estados Unidos- que le permiten actuar de esa manera despótica, omnipresente e irresponsablemente aventurera.

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24 de junio de 2018 | 13:32
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