opinión

Abandonando la diplomacia: el miedo como instrumento de poder

Abandonando la diplomacia: el miedo como instrumento de poder

Para empezar mi agradecimiento a Hanif Hassan Ali Al Kassim y al embajador Idriss Jazairy, quienes encabezan el Centro para el Avance de los Derechos Humanos y el Diálogo Global, por organizar este panel de discusión en un momento crítico de la historia. El Centro es uno de los pocos actores que trabajan por la paz y la cooperación entre el mundo árabe y Europa. Como representante de la sociedad civil, creo que será más significativo que hable sin las limitantes de la diplomacia y que haga reflexiones francas y sin trabas.

El mal uso de la religión, del populismo y de la xenofobia es una triste realidad, que no se atiende más, sino que se observa con hipocresía y sin una denuncia directa.

Recién ahora los británicos se dan cuenta de que votaron el brexit a partir de una campaña de mentiras. Pero nadie increpó públicamente a Johnson y Farage, los líderes del brexit, después de que Gran Bretaña aceptara pagar, como uno de los muchos costos del divorcio, por lo menos 45.000 millones de euros, en vez de ahorrarse 20.000 millones, como sostenían sus promotores. Y hay pocos análisis sobre por qué el comportamiento político es cada vez más un mero cálculo, sin ninguna preocupación por la verdad ni por el bien del país.

El presidente estadounidense Donald Trump puede ser un buen caso de estudio sobre las relaciones entre política y populismo. Hace unos días, Estados Unidos declaró que se retiraba del Pacto Mundial sobre Migración de la ONU (Organización de las Naciones Unidas). Eso no tiene nada que ver con intereses ni con la identidad de Estados Unidos, un país de inmigrantes. Sino con el hecho de que esa decisión es popular entre los sectores de la población estadounidense que votaron a Trump, como los evangélicos.

Tengo aquí el mensaje que difundieron tras la declaración de Jerusalén como capital de Israel. Esto es lo que dice la Biblia. Si recreamos el mundo creado en ella, Jesús retornará por segunda vez a la Tierra y solo los justos serán recompensados. Y por ello creen que Trump acerca al mundo al regreso de Cristo y, por lo tanto, actúan por el bien de sus creencias.

Los evangélicos son cerca de 30 millones de personas y creen firmemente que cuando Jesús retorne por segunda vez, solo los reconocerá a ellos como los creyentes que están en el camino correcto.

Trump no es evangélico ni ha demostrado interés en la religión. Pero como cada una de sus acciones, es coherente con la visión de su campaña de reunir a todas las personas insatisfechas que lo catapultaron a la Casa Blanca. Todo lo que hace, no es en interés del mundo o de Estados Unidos, solo se concentra en mantener el apoyo de sus electores, quienes no vienen de grandes ciudades ni de la academia ni de los medios ni de Silicon Valley.

Proceden principalmente de sectores empobrecidos y desinformados, que se sienten marginados de la globalización. Creen que los beneficios quedaron en la élite, en las grandes ciudades y en unos pocos ganadores y creen que hay un complot internacional para humillar a Estados Unidos. De ahí que el cambio climático sea para ellos y para Trump un cuento chino. En su primer año, Trump podría bien reunir 32 por ciento de aprobación, la más baja para un presidente de Estados Unidos. Pero 92 por ciento de sus votantes lo reelegirían. Y como solo votan 50 por ciento de los estadounidenses, Trump puede ignorar con comodidad a la opinión pública general. No es este el espacio para profundizar en las tendencias políticas estadounidenses. Pero Trump es un perfecto ejemplo de por qué un gran número de europeos, o incluso de países como Polonia, Hungría y República Checa, ignoran las decisiones de la Unión Europea en materia de migraciones, y por qué crecen el populismo, la xenofobia y el nacionalismo en todas partes.

El miedo se convirtió en el instrumento para llegar al poder.

Los historiadores concuerdan en que los dos motores del cambio en la historia son la codicia y el miedo.

Bueno, nos entrenaron desde el colapso del comunismo a considerar a la codicia como un valor positivo. Los mercados (no los hombres ni las ideas) se convirtieron en el nuevo paradigma. Los Estados se convirtieron en un obstáculo para el libre mercado.

La globalización, solía decirse, pondrá a todos de pie y beneficiará a todos. Pero los mercados sin reglas resultaron autodestructivos y no todos quedaron de pie, sino que los más ricos quedaron mejor. El proceso fue tan rápido que, hace 10 años, las 528 personas más ricas concentraban la misma riqueza que 2.300 millones de personas. Este año, se transformaron en ocho, y ese número probablemente se achique pronto. Las estadísticas son claras, y la globalización basada en el libre mercado pierde parte de su brillo.

Mientras, perdimos muchos códigos de comunicación. En el debate político ya no se hace referencia a la justicia social, la solidaridad, la participación, la igualdad, los valores en las constituciones modernas, sobre las cuales construimos las relaciones internacionales. Ahora, los códigos son competencia, éxito, beneficio y logros individuales.

En mis conferencias universitarias, me aterra ver una generación materialista, a la que no le interesa votar ni cambiar el mundo. Y la distancia entre los ciudadanos y las instituciones políticas aumenta cada día. Las únicas voces que nos recuerdan la justicia y la solidaridad son las de líderes religiosos como el papa Francisco, el Dalai Lama, Desmond Tutu y el gran muftí Muhammad Hussein, por nombrar a los más destacados. Y con los medios ahora también basados en el mercado como único criterio, esas voces se vuelven cada vez más débiles.

Después de una generación de codicia, pasamos a una generación de miedo. Hay que señalar que antes de la gran crisis económica de 2009, (provocada por la codicia: los bancos pagaron hasta ahora 280.000 millones de dólares en penalizaciones y multas), los partidos xenófobos y populistas siempre eran minoría (con la excepción de Le Pen en Francia). La crisis creó miedo e incertidumbres y las migraciones comenzaron a aumentar, en especial tras la invasión de Libia en 2001 y de Iraq en 2013.

Estamos en el séptimo año del drama sirio, que desplazó a 45 por ciento de su población. Merkel paga el precio por aceptar refugiados sirios, y es interesante señalar que las dos terceras partes de los votos de Alternativa para Alemania, el partido xenófobo y populista, procedieron de la ex Alemania oriental, que tiene pocos refugiados, pero donde los ingresos son casi 25 por ciento inferiores. El miedo, otra vez, fue el motor del cambio de la historia de Alemania.

Europa es responsable directa de esas migraciones. El famoso caricaturista El Roto, del El País, hizo una caricatura de bombas volando por el aire y de barcos con inmigrantes llegando por mar. "Les mandamos bombas y ellos nos mandan migrantes". Pero eso no se reconoce. Los que escaparon del hambre y de la guerra ahora son considerados invasores. Los países que hasta hace unos años se consideraban sinónimo de virtudes civiles, como los nórdicos, y que gastaban una proporción considerable del presupuesto en cooperación internacional, ahora erigen muros y alambres de púa.

La codicia y el miedo fueron muy bien explotados por los nuevos partidos nacionalistas, populistas y xenófobos, que ahora crecen en cada elección, desde Austria a Holanda, de República Checa a Gran Bretaña (donde se dio el brexit), luego Alemania y, en unos meses, Italia. Los tres Jinetes del Apocalipsis, que en los años 30 fueron la base de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945): nacionalismo, populismo y xenofobia, regresaron con un mayor apoyo popular y con dirigentes políticos que los usan.

Pero lo sorprendente es que ahora tenemos un nuevo elemento de división: la religión, ampliamente utilizada contra los inmigrantes, cuando debería unirnos. La religión siempre se usó para lograr poder y legitimidad. La gente común nunca empezó las guerras de religiones en Europa, sino los príncipes y los reyes. Hace unos años, conmemoramos la expulsión de los judíos, primero, y de los moros, después, de España, donde vivían en armonía y paz con los cristianos, formando una civilización de tres culturas. Hace unas semanas, hubo una gran marcha en Varsovia, ignorada por los medios, con 40.000 personas, muchas procedentes de distintas partes de Europa y de Estados Unidos. Marcharon en nombre de Dios, reclamando la muerte de judíos y musulmanes.

Pero mientras líderes religiosos protestantes, católicos, musulmanes y judíos participan de un diálogo positivo por la paz y la cooperación, numerosos autoproclamados defensores de la fe instalan el miedo, el sufrimiento y la muerte. Y seamos claros, no hay choque de religiones. Es un choque entre quienes usan la religión para conseguir poder y legitimidad, y promueven un sueño histórico irreal. Retornar a un mundo que ya no existe, en el que se reabran las minas, el país retorne a su antigua gloria: un mundo que no sueña un mundo mejor, sino un pasado mejor. África duplicará su población, con 80 por ciento menores de 35 años, mientras en Europa solo será 20 por ciento. No hay esperanza de que Europa sea viable en una economía global y en un mundo competitivo sin una inmigración sustancial. Y, sin embargo, hablar de eso en el debate político es ahora un beso de la muerte.

En conclusión, debo subrayar que enfrentamos una triste realidad, que ya no se puede ignorar más, aún si no es políticamente correcto. Siempre se usaron los ideales para conseguir apoyo, aun para quienes no creen en ellos.

Y los historiadores nos enseñan de que en los tiempos modernos, la humanidad cayó en tres trampas:

En nombre de Dios, dividir y no dialogar; en nombre de la nación, a menudo reunir apoyo y llevar a los ciudadanos a la guerra; y ahora, en nombre del beneficio. Creo que es hora de realizar nuevas alianzas y de lanzar una gran campaña poderosa de concienciación sobre profetas falsos, con movilizaciones de medios, sociedad civil y políticos legítimos con el fin de educar a la ciudadanía sobre que la inmigración debe regularse, pues es una necesidad con la que Europa debe vivir.

Debemos crear políticas, y aun después de que Trump se vaya del Pacto Global, como dejó el Acuerdo de París sobre cambio climático, seguirá siendo una voz aislada, mientras los ciudadanos lucharán por un mundo mejor, sin miedos, basados en valores comunes. Debemos emprender acciones impopulares, pero vitales, para la educación y la participación. Serán impopulares y difíciles, lo sabemos. Pero si no tomamos ese camino, los seres humanos, los únicos "animales" que no aprenden de sus errores, volverán a pasar por la sangre, el sufrimiento y la destrucción.

- El periodista italo-argentino Roberto Savio es presidente de Other News, asesor de INPS-IDN y del Consejo Global de Cooperación. También es cofundador y presidente emérito de IPS. Esta columna de Roberto Savio es una adaptación de su presentación en el panel sobre migraciones y solidaridad humana, "un desafío y una oportunidad para Europa, Medio Oriente y África del Norte", realizado el 14 de diciembre en el Centro de Ginebra para el Avance de los Derechos Humanos y el Diálogo Global. 

Opiniones (1)
21 de junio de 2018 | 20:41
2
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21 de junio de 2018 | 20:41
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  1. Y cuáles son esas acciones impopulares y difíciles que menciona que se deberán tomar?
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