G. Conte

Una democracia llena de protagonistas truchos

Una serie de afirmaciones falsas pronunciadas en el contexto de un Congreso sitiado por una violencia que no fue espontánea ni masiva.

Una democracia llena de protagonistas truchos

La democracia -ya fuerte arraigada  en las bases ciudadanas, pero conveniente y oportunamente debilitada por muchos políticos de vez en cuando- está llena de protagonistas truchos.

Se supone, porque así lo establecen las reglas del juego, que las decisiones deben ser tomadas por aquellos que superaron el tamiz electoral y que la sociedad eligió como sus representantes. Los que no logran ser elegidos, tienen derecho a levantar su voz, pero la legitimidad para torcer el protagonismo que las instituciones sí le otorgan a aquellos que fueron elegidos representantes, en las dosis y cantidades en que hayan surgido de las urnas.

Por ello, no pueden pasar inadvertidas una serie de opiniones lanzadas como "verdades superadoras" en el contexto de violencia explícita que se generó dentro y fuera del Congreso esta semana con la mera intención de hacer fracasar un proyecto del Gobierno. Un escenario de provocaciones al que fácilmente se le cuelga el título de "democracia", tergiversando las reglas del juego que a algunos sectores parece importarles poco y nada, tanto como su vigencia o deterioro.

Repasemos algunas de ellas:

"Tenemos derecho a ejercer la violencia", afirman sectores que no solo no saben a qué tienen derecho, sino desconocen que tienen deberes que cumplir. Además de estar obligados a respetar los derecho del resto de la población. Todo está escrito en algo que se llama Constitución Nacional y reglamentado en leyes que, si no se cumplen, corresponde una sanción como castigo. Sintetizando: No, no tienen ese "derecho" porque no existe el derecho a ejercer la violencia.

"Somos el pueblo". No, no lo son. No los votaron. En todo caso, son una fracción de ese "pueblo" al que les gusta invocar como propio pero cuyos derechos administran teniéndolos como rehenes con su violencia. En muchos casos, los dirigentes que dijeron -en medio del caos- interpretar a la ciudadanía, ni siquiera sacaron la cantidad de votos suficientes como para superar la instancia electoral de las PASO. No es lo mismo creerse el dueño de la verdad que tener delegado el poder popular en las urnas. No es lo mismo tener una bomba molotov que los votos de la gente: ni da derechos, ni exime de que se les aplique por ello la legislación vigente como sanción.

"Representamos a los jubilados". ¿Quién se los dijo? Sepan que les mintieron. Los jubilados no son mascotas, ni peluches utilizables para ser descartados, ni por los que quieren representarlos ni por el Gobierno. Esto debería quedar claro en un país en donde han sido carne de cañón de toda la política durante décadas. Tampoco deberían tener cara para usar su nombre en vano aquellos que financiaron la política con los recursos de la Anses, indiscriminadamente, los que se gastaron la plata en obras que no se hicieron, los que promovieron -y no solo ejercieron por cuenta propia- una industria que no es nueva pero que sí es florenciente: la corrupción.

"Que se discuta todo de cara al pueblo, no en el recinto". ¿Y eso? Sí, eso lo dijeron diputados nacionales del partido que gobernó hasta hace dos años. ¿Qué otra forma legal, legítima y constitucional, avalada por el sistema republicano vigente, es mejor para discutir que las cámaras legislativas y someterse, en ese contexto, a los acuerdos y disensos, tras discusiones de fondo, propuestas alternativas y alguna superadoras, que solucione los problemas para siempre y no busque sacar rédito oportunista una vez tras otra, un gobierno tras otro. No hay otra forma. O sí: la otra manera de imponer la opinión, por la fuerza y fuera de las reglas, se llama "golpe de Estado" y pasó muchas veces en la Argentina cuando ganaban partidos que al poder fáctico no les gustaba o convenía, y usaban a las Fuerzas Armadas para manifestarlo. Pero ojo: intentar copar el Congreso con gente que no fue elegida representante y que solo busca impedir el trabajo legislativo, es un intento de golpe de Estado, diferente, como el que critican cuando les toca a amigos suyos, pero que los hace reír a carcajadas, como vimos hacerlo a Facundo Moyano con Axel Kicillof, a Felipe Solá con Aldo Pignanelli, cuando vieron reproducirse la violencia en los alrededores del Congreso. Consiguieron ya aplaudieron el trabajo sucio de las minorías a las que muy pocos votan.


El Teorema de Baglini sigue vigente: mientras más lejos del poder se esté, más absurdas, ridículas e incumplibles serán las propuestas". Pero si pueden torcer al poder para demenuzarlo o licuarlo, esos sectores encontrarán a única forma a su alcance de "ganar" algo, si es que la palabra justa es ganar cuando la mayoría pierde y gana el descontrol que afecta a millones y los vuelve más pobres o, al menos, los condena al círculo vicioso de seguirlo siendo por los siglos de los siglos.

El proyecto (este o cualquier otro) puede ser bueno o malo; necesario o confiscatorio. Pero tiene que discutirse en el marco de la ley, lo que incluye con quórum legal suficiente, y no bajo secuestro de barrabravas, sea que estén en las calles tirando bombas e invocando a la represión, o dentro del Congreso, con corbata, prepeando más como mafiosos que como legisladores.

Escuchá un resumen de esta columna en el editorial de Gabriel Conte en la "Mesa MDZ":


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