opinión

Procrastinar: la eterna postergación de lo importante

La postergación en sí misma, es un aspecto sano del ser humano, parte del equilibrio necesario para jerarquizar lo imprescindible, aplazando lo anecdótico.

Procrastinar: la eterna postergación de lo importante

Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo

Licenciados en Psicología

Carina Saracco | Facebook

Mauri Girolamo | Facebook

Si existe un área funcional en el organismo que se destaca por lograr lo máximo con el mínimo esfuerzo, es el cerebro. Podría definirse como un "tacaño ahorrador de energías" o "perezoso que busca el camino más rápido". Si bien realiza elevadas funciones, busca economizar trabajo y encontrar caminos que otorguen la satisfacción inmediata. Este trasfondo biológico del cerebro y su correspondiente correlato funcional del psiquismo, hace que, ante algunas circunstancias, se tienda a evitar o dilatar la ejecución de algunas conductas necesarias e importantes, compromisos o actividades que sería conveniente realizarlas en un momento o con tiempo determinado.

Muchas veces no se puede responder eficazmente a todas las demandas que se presentan a diario y posponer resulta saludable, logrando diferenciar entre lo importante y lo urgente. Pues en el caso contrario, las personas cuya rigidez e hiper exigencia predominan en su estilo de vida, accionarán indiscriminadamente sin importar consecuencias, atorando sus conductas y estrujando sus energías. Pagando un precio muy alto, usualmente con la salud, por llevar a cabo todas las tareas sin chequear el nivel de prioridad o urgencia, generando una cascada de agotamiento, cansancio y estrés. En este sentido, la postergación en sí misma, es un aspecto sano del ser humano, parte del equilibrio necesario para jerarquizar lo imprescindible, aplazando lo anecdótico. Una manera de llevar adelante una vida flexible, adaptada y que releva minuto a minuto, la conveniencia o no de realizar una acción. El problema surge cuando esta conducta se da de manera generalizada, desarrollando un síndrome o patrón de conducta que a todos afecta en mayor o menor medida. En términos populares se expresa como "dejar para mañana lo que se puede hacer hoy". Quienes caen en este hábito se sabotean a sí mismos, poniendo obstáculos en su propio camino, afectando su desempeño, acumulando las tareas inconclusas y dilatando el logro de sus objetivos.

Cuando se pospone se siente inmediatamente un alivio, una descarga de ansiedad que refuerza la conducta, conformándose un círculo vicioso constituido por la tranquilidad del momento, contra el repiqueteo futuro de la acumulación de hechos irresueltos (estrés, posponer, alivio, estrés). Así se va tejiendo un patrón, que una vez instalado se denominada "Procrastinación".

Cabe hacer una distinción, ya que se puede tener dos obligaciones y procrastinar en relación a la primera, dedicándose a la segunda. Ahora bien, evitar tanto una como la otra y quedar sin hacer nada sería "holgazanear". Ambas eluden obligaciones inmediatas, pero el vago lo hace por nada, el procrastinador por una tarea más afín a su satisfacción inmediata.

No es lo mismo postergar de forma funcional en algún momento de la vida, que basar la vida en la postergación. Una cosa es alternar períodos de trabajo, descanso y entretenimiento, y otra muy distinta es dejar de hacer las cosas que se tienen que hacer. Los procrastinadores se mienten a sí mismos, "el lunes empiezo el gimnasio, en julio rindo el final, después de la siesta lo hago...". Están los que no empiezan algo que deben hacer y los que comienzan pero no lo terminan. El cerebro del procrastinador busca el modo de la satisfacción instantánea pero cargada de culpa, ansiedad y a veces incluso el odio por uno mismo. El procrastinador sufre por sus actos y por cómo es evaluada su conducta. Ya que es factible y doloroso ser tildado de "vagos" por el entorno o sintiendo que "es bueno para nada". Debilitando así, su sistema inmunológico, provocando problemas cardiológicos, gástricos, dolores de cabeza, insomnio, todos síntomas que enturbian la calidad de vida de las personas.

Todos en mayor o menor medida postergan algo en la vida, el problema radica en que este hábito puede convertirse en una adicción, ya que algunas personas se enganchan con un punto de disfrute en dicha dilación, dejando para último momento la ejecución de alguna conducta, segregando adrenalina, percibiendo el episodio como emocionante, aduciendo que "responden mejor bajo presión"; están quienes postergan por inseguridad, viéndose incapaces de resolver determinada situación; otros por excesivo perfeccionismo, deseando hacer tan bien determinada tarea que quedan paralizados ante el reto, siendo vulnerables a la criticas negativas y el miedo al fracaso. La impulsividad también está muy ligada a la procrastinación, rasgo de la personalidad que se caracteriza por la tendencia sistemática a buscar la satisfacción a corto plazo, sin pensar en las consecuencias. Otras veces se procrastina por no considerar el momento adecuado para hacer la tarea. Algunos estudios enfocan la procrastinación como un posible fallo de autoregulación del cerebro, interfiriendo por ejemplo en la capacidad de utilización correcta de la atención selectiva, impidiendo obviar distracciones y afectando la atención sostenida, necesaria para mantener el foco en la tarea y concluirla correctamente.

La sociedad del "ya", lejos de no dejar tiempo para postergar, aumenta la ansiedad y muchas veces genera parálisis al sentir que no se llega a tiempo con las cosas que por ende no se hacen. El procrastinador mide mal el tiempo, los primeros minutos se trasforman en el gran obturador: "en cinco minutos lo hago", debería ser cambiado por un rotundo "¡Ahora!". Establecer prioridades suele ser un buen ejercicio para organizar el tiempo y concentrarse en tareas importantes con plazo de finalización más cercano.

Puede que se tienda a posponer más unos aspectos que otros, pues hay personas que postergan cuestiones vinculadas con la burocracia, retrasando el pago de boletas o la ejecución de algún trámite; la salud, como la visita al odontólogo o la realización de algún chequeo; lo doméstico, como ordenar o lavar los platos; el estudio, dilatando la presentación de algún final; lo social, postergando llamadas o encuentros con amigos; familiar, posponiendo la charla de algún problema vincular. Cada temática responde a determinadas barreras que la persona presenta en un área específica. Es importante revisar qué autodiálogo o qué pensamiento surge en la base de postergar algo importante. Muchas veces el aprender a identificar ese pensamiento, ayuda a evaluar las excusas que se están usando, para desarmar esta estructura de acción.

Suele ser útil imaginar dónde se quiere llegar, para percibir en la mente la emoción del logro y tender a promover la acción en esa dirección. Si la tarea es compleja, es muy útil planear cómo, cuándo y dónde se realizará, dividiendo en tareas más sencillas, ayudando a concretarla en etapas y verla más alcanzable, consiguiendo objetivos a corto plazo que despertaran placer al alcanzarlos y motivarán a continuar. Trabajar para crear plazos realistas en la ejecución de las tareas, tomar conciencia de las capacidades que cada uno tiene, como así también de las limitaciones propias y contextuales, son todas estrategias de gran utilidad para evitar la postergación indiscriminada. 

Opiniones (2)
24 de febrero de 2018 | 13:21
3
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24 de febrero de 2018 | 13:21
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  1. Excelente nota, como todas las que escriben.
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  2. MUY BUENA NOTA .....
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