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Venezuela, ¿una revolución pasada de revoluciones?

Venezuela, ¿una revolución pasada de revoluciones?

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La historia reciente de Venezuela es una amalgama de crisis y procesos políticos, económicos y sociales complejos que se entrelazan entre sí. El chavismo, hoy clave para entender el país, tiene su origen en lo que ocurrió durante las décadas que precedieron la llegada de Hugo Chávez a la presidencia.

Decía Hannah Arendt que el revolucionario más radical se convertirá en un conservador el día después de la revolución. Desde el comienzo de su andadura por la independencia, la Historia de Venezuela es una sucesión de revolucionarios, conservadores, oligarcas, mesías, caudillos, arribistas y personajes de distinta condición siempre dispuestos a agitar el país, todo ello entretejido en una maraña de recursos naturales, religión, colores de piel y violencia. Sus 24 Constituciones en cerca de 200 años de vida dan buena cuenta del tortuoso camino que le ha tocado recorrer.

En muchos aspectos, especialmente durante el siglo XX, la Historia venezolana mantiene abundantes paralelismos con la de sus vecinos sudamericanos: dictaduras militares, gobernantes de piel clara y apellido foráneo y empresas extranjeras que tratan de hacer y deshacer a su antojo. Sin embargo, este factor común latinoamericano, en el que la corrupción y las luchas de poder han sido el pan de cada día, parece haberse relajado con la entrada en el siglo XXI. Excepto en Venezuela.

La irrupción de Hugo Chávez en la década de los noventa del siglo pasado relanzó al país a un proceso político -en el sentido más amplio del término- revolucionario que se propuso revertir buena parte de las dinámicas establecidas en lo político, económico y social. Como suele ser habitual, los cambios bruscos en el juego político que van en contra del statu quo generan una reacción que se ha materializado en diversas ocasiones desde los primeros años de Chávez en el poder. No obstante, el triunfo del chavismo no se puede entender sin el contexto venezolano de las décadas anteriores, como tampoco es posible darle un sentido a la crisis actual que vive el país sin repasar los aciertos y los errores cometidos durante los años de "revolución bolivariana".

El turnismo que precede a la tormenta

La llegada de la democracia a Venezuela en 1958 no fue un proceso tranquilo y mucho menos pacífico. El afán de los militares por intervenir en la vida del país tuvo su continuidad en aquellos primeros pasos. Sin embargo, la caída de Marcos Pérez Jiménez -precisamente por un golpe castrense- en el mes de enero permitió abrir un espacio político que ocuparían rápidamente dos formaciones fundamentales en las cuatro décadas posteriores: Acción Democrática (AD) y COPEI. Mediante el Pacto de Punto Fijo, firmado varios meses después de la huida de Pérez Jiménez, ambos partidos acordaron supeditar el juego político al orden constitucional y a unas garantías democráticas mínimas, así como dotar al país de una gobernabilidad estable. No obstante, el acuerdo, que en un principio suponía una tabla de salvación a largo plazo para Venezuela, acabó siendo uno de sus peores vicios.

En este baile, los presidentes de AD eran sustituidos por otros de COPEI y viceversa. Este aparente juego democrático no escondía otra cosa sino un turnismo que hacía el sistema cada vez más endogámico. Los cambios presidenciales rozaban lo cosmético: la estructura política era siempre la misma y había ido asentándose con el balancín bipartidista. En buena medida, la aparentemente correcta marcha del país había eliminado disensiones y malestares. Salvo en los primeros años tras el Punto Fijo, en los que sí se produjeron varias intentonas golpistas, no hubo incidentes serios hasta el Caracazo de 1989. El petróleo actuaba como bálsamo, llenando a raudales las arcas del país, especialmente después de la nacionalización del crudo mediante la creación de Petróleos de Venezuela en 1976 -aunque antes de esa fecha el Estado ya conseguía importantes regalías de su explotación-. Esos años, los de la llamada "Venezuela saudita" de Carlos Andrés Pérez, fueron crecimiento, inversiones y proyectos para el país, pero también una época de corrupción desmedida, despilfarro e ineficacia gubernamental.

Los cimientos de esta Venezuela tenían la misma solidez que el petróleo sobre el que se asentaba. Era cuestión de tiempo que aquel modelo llegase a su fin, un momento que tuvo lugar, como para la práctica totalidad de países latinoamericanos, con los ochenta y su "Década perdida". Los compases iniciales, marcados por retrocesos económicos, fugas de capitales y devaluaciones de la moneda, dieron paso rápidamente a fuertes recortes en el sector público. La petrofiesta venezolana llegó a su fin de manera abrupta, con privatizaciones de empresas, el fin de numerosas subvenciones y el colapso general de un sistema que se había ahogado en sí mismo. El legado de Carlos Andrés Pérez tuvo que ser gestionado por el copeyano Luis Herrera Campins y el adeco Jaime Lusinchi, a quienes solo les quedó el amargo trago de ver cómo los lentos avances económicos y sociales conseguidos en Venezuela durante décadas se desvanecían casi de la noche a la mañana.

Con todo, lo peor no había llegado todavía. Para las elecciones de 1988, Carlos Andrés Pérez se volvió a presentar por AD con una campaña basada en el recuerdo de su primer mandato (1974-1979), la época dorada de la Venezuela petrolera. La remisión a un pasado mejor se trata de un eficiente recurso en comunicación política, pero el país que quería gobernar -de nuevo- no era ni mucho menos el que dejó a finales de los setenta. Aun con el petróleo por los suelos, el valor del bolívar desplomado y una deuda externa nunca vista, el expresidente logró la mayoría absoluta en diciembre de 1988. Sin embargo, poco duraron los buenos recuerdos y pronto afloró la dura realidad.

Tras un mes escaso en el cargo, Carlos Andrés Pérez anunció una batería de medidas que suponían un vuelco sin precedentes a la política económica -y, en general, también a la propia política-. Este cambio de rumbo, anunciado en las primeras semanas de 1989, liberalizaba numerosos sectores económicos del país y los precios de bienes y servicios hasta entonces subvencionados por el Gobierno, incluidos aumentos del 100% en el precio de la gasolina -tradicionalmente irrisorio en el país-. Como balón de oxígeno, el presidente se acogió a la financiación del Fondo Monetario Internacional (FMI) y a sus recomendaciones -lo que ese mismo año se comenzaría a conocer como Consenso de Washington-, pero más que aliviar la situación la empeoró al percibirse como el quiebre definitivo en un país que pocos años atrás había conocido el maná petrolero. Terminá de leer este artículo de El Orden Mundial haciendo clic aquí.

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22 de agosto de 2018 | 03:20
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