opinión

Mentira, el disfraz del engaño

Ocultar u omitir parte de la información, técnicamente no es mentir. Pues la mentira es una afirmación que se hace siendo conscientes que no es verdad.

Mentira, el disfraz del engaño

 Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo

Licenciados en Psicología

Carina Saracco | Facebook

Mauri Girolamo | Facebook

La mentira es universal e inherente a la especie humana, y cada persona mantiene una relación particular con ella. Están los que mienten para evitar un castigo, obtener ventajas, aparentar lo que no son, o para no dañar los sentimientos ajenos. También uno se puede mentir a sí mismo, para evitar asumir alguna responsabilidad o por la dificultad que supone reconocer un sentimiento o emoción, donde lo que se dice o se hace no concuerda con los sentimientos, lo cual conlleva mentir a los demás. También está la mentira malévola, que define al psicópata, que se emite con la intención de perjudicar, persiguiendo un interés concreto en detrimento del otro.

Ocultar u omitir parte de la información, técnicamente no es mentir. Pues la mentira es una afirmación que se hace siendo conscientes que no es verdad, estaría relacionada con falsear, inventar o deformar los hechos.

En definitiva y en todos los casos, la mentira confiere un patrón común de comportamiento: creer engañar a otro, cuando en realidad se miente a sí mismo, en una suerte de autoengaño, convirtiendo al mentiroso en una persona poco íntegra. El problema radica en la no asunción de la conducta errática, sabiéndose fallido, equívoco o sencillamente torpe, necesitando justificarse; pero se trata de una justificación mentirosa, construida sobre castillos de naipes en la que, en ocasiones, se llega a convencer de esas "verdades" construidas a la medida de sus necesidades. La mentira es un intento de disfraz, de subestimación del otro y de uno mismo, de salida fácil, pero con la durabilidad de un globo pinchado.

Existiría una relación entre la mentira, el nivel intelectual y el desarrollo emocional. Explicándose como un fenómeno defensivo, donde las personas más inseguras de sí mismas y con bajo coeficiente intelectual, buscan una máscara donde esconderse, para no ser descubiertos en sus falencias. Pero tarde o temprano las máscaras se caen y son advertidos flagrantemente en lo absurdo, como quien pretendiera ocultarse tras un alambre.

La mentira no tiene edad y puede darse en todo el ciclo vital. Si bien se la considera un valor negativo, hay momentos de la vida en que mentir es parte constitutiva del proceso de crecimiento. Desde niños, la verdad total, franca e ingenua es un hecho visible a simple vista "los niños siempre dicen la verdad". El niño miente en la medida en que sus fantasías se hacen presentes para confundirlas con realidades. Pero conforme la niñez avanza y se empieza a adentrar en la adolescencia, la verdad comienza a restringirse, por una simple pero importante razón, la necesidad de diferenciación de esa etapa primaria; al menos desde la perspectiva de no contar todo lo que atañe a su vida, desarrollando el sentido de intimidad. Su cuarto, su cuerpo y por último su información, comienzan a tornarse privadas. La mentira adolescente funciona como desafío, como creencia omnipotente de que no será descubierto. Es ampliamente estudiado que también usan la mentira como una forma de transgresión, pasando por encima los límites establecidos. De esta manera se explica su pensamiento a corto plazo, pretendiendo evitar el mundo real y las frustraciones que éste le causa, escapando con mentiras, donde busca la gratificación más rápida, sin evaluar consecuencias.

En este camino evolutivo, conforme avanza el crecimiento, acercándose al fin de la adolescencia, la mentira comienza a desvanecerse y se empieza a ser consciente de la imposibilidad de sostenerla a largo plazo. Se descubre que "la mentira tiene patas cortas" haciendo alusión a lo difícil de sostenerla. Los hechos terminan siendo inconexos y defender la mentira resulta como armar un rompecabezas con piezas inexistentes. Resulta una vida poco fluida, tener que estar buscando excusas o disfraces que funcionen como bombas de humo tras los cuales ocultarse. Cuando ese humo se disipa, la mentira queda al descubierto, con todo lo que trae aparejado en el menoscabo de los vínculos.

Sin embargo, mientras mentir se contradice con los valores inculcados socialmente, cada vez que se miente, el cerebro se va desensibilizando a las emociones negativas que genera la falta de sinceridad. Y conforme la mentira se convierte en repetitiva, se comienza a producir menor contradicción, menos culpa y todo cuanto era en principio altamente disruptivo, animando a engañar aún más en el futuro, convirtiéndose en un hábito o "habilidad". En un estudio llevado a cabo en el Reino Unido, se reveló que esto es posible porque la amígdala (una parte del cerebro asociada con la emoción) se activaba, produciendo una sensación negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir. Pero esta respuesta disminuía con cada engaño, y mientras más se reducía esta actividad, la magnitud de las mentiras se intensificaba. Nos volvemos más insensibles a esa falta de sinceridad y por consiguiente puede seguir en el camino de más y mayores mentiras, en una escalada de falsedades consideradas "aceptables". Así es como el cerebro iría perdiendo sensibilidad ante la deshonestidad. Esto explicaría muchos casos en los que se cae en una red de mentiras que comienzan siendo pequeñas, pero se convierten en una espiral de la cual es difícil escapar.

El dilema entre verdad y mentira, parecería encontrar justificación al ser ésta última universal, potestad de toda edad y condición, además de encontrar cierta desensibilización en la emoción que despierta. Pero las relaciones profundas y duraderas se edifican sobre la sinceridad y transparencia, sin por ello llegar a la exageración de andar sin filtros, perdiendo toda intimidad, expresando cuanto nos venga a la mente, cual largar a borbotones aquello que brota burdamente. Sino permitiéndonos confiar y ser confiables, teniendo el poder, la firmeza, la contundencia y la tranquilidad de abandonar la mentira y el engaño, pudiendo andar ligeros de equipajes, libres de ataduras y orgullosos del pensamiento propio, como de quienes somos. Una verdad con resguardo de la intimidad. Vamos haciendo equilibrio en el arte de contar y compartir lo que consideramos "compartible": nunca es todo. Dejar de buscar la aprobación externa y centrarnos en nuestras opiniones, gustos, ideas, pensamientos, expectativas, y todo cuanto pertenezcan a nuestro mundo interno. Y la posibilidad de expresar de buena manera, aquello que nos constituye, orgullosos y dignos de portar nuestra verdad. De allí que la confianza sea su derrotero y la confianza en nosotros mismos abrirá la puerta a ser confiable para los demás. Avanzando con nuestras verdades, apostando a construir una vida plena, liviana, segura y libre de toda condición.


Opiniones (0)
24 de junio de 2018 | 08:22
1
ERROR
24 de junio de 2018 | 08:22
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"