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Aceptación: errar es humano, perdonar es divino

Quedarnos aferrados al recuerdo errático, no hará otra cosa que mantener vivo el rencor constante de la conducta desatinada del otro.

Aceptación: errar es humano, perdonar es divino

 Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo

Licenciados en Psicología

carinasaracco@gmail.com

mauriciogirolamo@gmail.com

Alexander Pope le da un giro a la emblemática frase de Shakespeare "errar es de humanos, perdonar es divino, rectificar es de sabios". Sin dudas, reconocer los errores dignifica a las personas y si hay algo que ha caracterizado al hombre sobre la tierra, es lo errático de su accionar. Intentos fallidos de solucionar problemas, ensayo y error como método de aprendizaje, desaciertos, equivocaciones, caminos truncos, "meter la pata", o como se quiera nombrar el hecho de "hacer las cosas desacertadamente".

Si hacemos el ejercicio de imaginarnos sin esta característica, sería bastante extraña la vida. Porque el hombre viviría con certidumbre, exactitud y sin sorpresa ni desafíos. Errar implica aceptar el "no saber" y sus consecuencias. Si "no sabemos" no podemos predecir el resultado, pero si "arriesgamos" en nuestro accionar, entendemos que errar, es parte constitutiva del decidir.

Sin embargo, una vez cometido el error, nos queda el sabor amargo de haber hecho mal las cosas. Un gusto desagradable que de tanto en tanto, a través del recuerdo, volvemos a paladear. Ya sea,si cometimos el error, o si se han equivocado con nosotros, necesitamos dar un paso "aliviador" en el camino. Quedarnos aferrados al recuerdo errático, no hará otra cosa que mantener vivo el rencor constante de la conducta desatinada del otro, o sentir la culpa irremediable de lo que erráticamente cometimos.

Pensarnos sin errores ni desaciertos, sería como despojarnos de lo que nos hace humanos interminablemente perfectibles. Elegir el trabajo perfecto, la palabra justa, la acción atinada, la oportunidad adecuada, el amigo correcto, la inversión apropiada, la pareja ideal. Sería como vivir sabiendo que todo será un éxito. Un estado de perfección absolutamente irreal. Algo así como un nirvana de la conducta. Estamos expectantes de los errores, en lugar de valorar los aciertos. Si bien la perfección es un estado anhelado, el anhelo es más bien lograrlo. Es decir, deseamos hacer las cosas bien, no fallar, acertar, en definitiva, no errar.

Ahora bien, cuando el error queda consumado, necesitamos hacer algo con esa sensación que nos deja estancados en un camino sin aparente solución. Si volvemos a la frase inicial en la que "errar es humano y perdonar es divino", nos adentramos en la segunda parte. Considerando esa justa expresión. El perdón es de las divinidades, de los dioses, del lado espiritual del ser humano. Un área sumamente importante para algunos, aunque para otros, siquiera considerada.Aquí sería importante diferenciar dos conceptos que comúnmente se mezclan: perdón y aceptación.

Mientras el perdón implicaría"recibir la bendición", mediante la contemplación de un "ser divino"u "otorgado" de parte de la persona afectada por nuestro accionar. La aceptación descubre la idea de "hacer algo con nosotros mismos". Una forma de revisión interna en la que nos explicamos, y nos permitimos entender,dónde tomamos el atajo que nos perdió en el camino. Un trato amable con nuestros ser. Una caricia continente con nuestro accionar. Un juez parcial y benévolo que acepta el error desde el comienzo. Eso somos si decidimos dejar atrás el pasado. Sin negarlo, ni borrarlo, sino abrazando su aprendizaje. Porque ese es el camino del perdón y de la aceptación. Un camino libre de exigencias, pero lleno del compromiso de aprender permanentemente. No venimos a la vida con un "deber ser". Sino con un"sentir hacer".

Sobre estas reflexiones se apoya entonces "la sabiduría de rectificar" una mala conducta o bien una resolución equivocada. No desde la mirada de la justificación, sino como oportunidad de desandar el camino, para aprender de los errores e incorporar la conciencia y la humildad de reconocer que, tanto nosotros como los otros, podemos equivocar el rumbo; y por ende incorporar la posibilidad de perdonar y aceptar, que no es olvidar, sino reconocer el error, cuando se sabe que no hubo mala intención.

La palabra clave es "aceptación". Una profunda y verdadera aceptación desde las entrañas, que nos da la libertad de errar sin temor. No sin responsabilidad. Sino, sin castigo. Porque el precio, es la culpa interminable que ahoga y la sentencia, es regresar a ella. La aceptación libera, suelta y enseña. Pues de eso se trata, de entender que es imposible escapar del error. Aceptar, abrirnos y darle la bienvenida a cuanta falla traiga consigo un capital de experiencias que nos deje munidos de nuevas herramientas para afrontar lo que nos toque. Y así, sucesivamente, caminando en una espiral de aprendizajes interminables, y por consiguiente, de errores que lo generen. El desafío es no repetir interminablemente los mismos. Tropezar y saber que no será la última caída, pero si volvemos a caer, que sea en otro lugar. Entendiendo que la única manera de avanzar, es tener la valentía de cambiar de dirección cuando es la equivocada, considerando que siempre se puede dar la vuelta. El sabio en definitiva es quien puede cambiar de opinión, quien acepta que de los errores se aprende y quien entiende que el perdón no es un sentimiento, sino que se trata de una decisión, que nos permite recordar sin dolor.

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24 de mayo de 2018 | 17:04
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