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Un homenaje al cura Carlos Romero

A pocos días de su partida, quiero hacer una memoria agradecida del paso de Dios por este mundo a través de la persona de Carlos. Aunque escribo desde mi propia historia, estoy convencido de que en ella, muchos podrán reconocerse.

Un homenaje al cura Carlos Romero

 A pocos días de su partida, quiero hacer una memoria agradecida del paso de Dios por este mundo a través de la persona de Carlos. Aunque escribo desde mi propia historia, estoy convencido de que en ella, muchos podrán reconocerse.

Con el más grande de los respetos intentaré hallar alguna clave de su vida, que sea inspiradora para la nuestra. Espero que todo aquel que lo lea, vibre en la misma sintonía.

EN EL CRUCE DE CAMINOS, EL ENCUENTRO

En la cosmovisiónantroposófica se habla de que, alrededor de los 42 años, se vive una crisis existencial profunda, quizás, la más importante de todo el recorrido biográfico del ser humano. Este cruce de caminos vital, viene acompañado por una sensación interior de vacío tan grande, que paradójicamente, si la dejamos expresarse, nos puede colmar el corazón: - lo que has venido siendo hasta ahora, nos dice la voz de nuestro yo esencial, mucho de lo que has estado viviendo y haciendo, ya no es dador de sentido ni tiene fuerza de verdad para tu existencia. El tiempo de ‘la gran muerte' atraviesa, sobre todo, nuestra propia vocación, este llamado profundo que ha dado sentido a nuestra vida y que ahora nos pide acrisolarse dejando vivo solo aquello que es necesario. En este sentido, es normal que por estos años se abandonen procesos vocacionales para retomar otros anteriores. También es normal, que se radicalicen los actuales.

Sea lo que sea, ya nada será igual a lo anterior. Esto tiene que ver con el hecho de que también a partir de los 42 años comienzan a diezmarse, lentamente, las energías humanas. Por eso, este momento es también una invitación de la propia libertad para pasar de la etapa del tener, típica de los ciclos donde abundan nuestras propias fuerzas, a la etapa del ser, tiempo en donde la trascendencia comienza habitarnos[1]. Abrazar nuestra propia esencialidad es una conquista que, de lograrse, nos dará la certeza de sabernos‘parte' de algo superior. Solo quien logre este propósito y no huya de tanto coraje, habrá cerrado el ciclo de la maduración terrenal, abierto a los 21 años y estará dispuesto a iniciar la fase de la realización biográfica, conocida como la Conquista del Reinado de Sí Mismo, iniciada con este nacimiento del yo espiritual.

Es importante conocer algo de esta dinámica del peregrinar humano. De esta forma, uno puede dar sentido a los encuentros que se nos presentan en cada etapa de la vida. Conocí a Carlos cuando él tenía 43. Nos encontramos en un momento trascendental de su vida, literalmente ‘trascendental'. Justo en el cruce de caminos. Fue durante una Marcha por el Agua en la que se hizo conocido como ‘el cura antiminero'. Yo participaba en la Asamblea y como parte de la seguridad, me tocaba cuidar el perímetro de la marcha. Más que el compromiso, me llamó la atención su frescura. Su sonrisa se convirtió para mí en la ventana de su alma. Lo sentí cercano. Tomé la decisión de escribirle un mensaje de Facebook privado. - Que hermosa eucaristía celebramos en la calle, caminando, y que alegría fue encontrarte. Bien sabía yo que esa frase no era inocente, por el contrario, escondía toda una teología y toda una manera de vibrar con el evangelio.A los pocos días me respondió: - ¡Eh flaco, tal cual, que hermosa eucaristía celebramos! Porque no te venís y tomamos unos mates. Dale, así charlamos.

Yo también venía con mi historia, con mis propios movimientos. Desde que había pisado Mendoza nuevamente, despues de muchos años en Mar del Plata, andaba buscando comunidad, un lugar donde poner mi pasión por el Reino. Lo puramente social me quedaba corto; necesitaba un espacio de fe en donde beber del propio pozo. Había pasado por la ‘Virgen de los Pobres', en el conocido barrio San Martín, pero no me había resonado. Felizmente, despues de su mensaje, acordamos el encuentro. Lo tengo grabado en la memoria,todavía lo estoy viendo: sentado, debajo de la pérgola, con una sonrisa y el mate en la mano. Hablamos como dos horas. Me contó, entre otras cosas, que él venía cerrando un ciclo de formación en Psicología Social que le había permitido consolidarsu mirada comunitaria de la vida y que además, y esto sí lo resaltó,estaba transitando una etapa muy hermosa de renacimiento interior a partir de los ‘Talleres de Crecimiento Personal' que había realizado con los jesuitas en Buenos Aires. - Vengo sanando la herida y reconociendo la fuerza de mi propio manantial, me dijo utilizando palabras típicas de esos encuentros. Y agregó: Nunca volvés a ser el mismo despues de un TCP.

Ese día percibí en él, a un hombreque venía dándose a sí mismo una vuelta de rosca. Carlos estaba, por así decirlo, acrisolando su vocación, radicalizándola en medio de sus propias contradicciones. Y estaba muy feliz.

Recuerdo que al llegar a mi casa, la miré a la flaca y le dije: - Es un gran tipo, demasiado transparente. Vamos a ser grandes amigos.

EN LA TIERRA, MI VOCACIÓN

En este ‘amigarme' con el cura Carlos, fuimos de a poco entrecruzando los caminos. Mi forma de ser y la suya, congeniaron. Encontramos rápidamente una complicidad profunda en sentimientos y búsquedas. No deja de sorprenderme el hecho de habernos encontrado justo, en un momento de la vida donde cada uno a su manera, estaba necesitando un aliado. Desde distintas veredas, pero en la misma huella, y para el mismo discipulado. Parafraseando a don Pedro Casaldáliga, a quienes ambos siempre le tuvimos admiración, a los dos nos unía la amalgama de amores que cultivábamos: desde la rosa para el Che, hasta el ramo para monseñor Romero y el huerto entero para el Dios de Jesús. Nos descubrimos compañeros, sobre todo en la certeza de que, si de verdad había cielo, ese debía existir en la tierra. Y no al revés.

Colaboró mucho en el desarrollo de este proceso el barrio de San José, ubicado en la zona de la vieja Mendoza. Le vino como anillo al dedo. - Amo este barrio, esta zona, todo está acá, solía decir el cura de los pantalones coloridos. Tenía razón, en muy pocas cuadras se presentaba un abanico enorme de desafíos: desde el asentamiento, hasta los clubes de barrio, pasando por la Casita Colectiva, las ferias barriales, los centros culturales o la extensa comunidad boliviana. Carlos era consciente del lugar estratégico que le había sido asignado. Feliz por ello, quiso aprovecharlo en pos de su realización vocacional y en beneficio de su pueblo.

Desde el mismo día que lo confirmaron como párroco, quiso estar a la altura de las circunstancias. Con la alegría típica de un niño, pero con la responsabilidad y convicción de un adulto, trató de impregnar a la comunidad de su ardiente proceso interior que le empujaba en los niveles de compromiso. Sin prisa pero sin pausa, fortaleció la identidad de su parroquia con definido eje en ‘lo social'. La Consolata como casa abierta, misericordiosa y comprometida. En nombre de Dios[2]. Eso fue lo que quiso. Eso lo que hizo. Eso lo que logró. Son muchos los ‘conversos' que podrían dar testimonio, cientos los fieles que junto a Carlos comprendieron que ya no podía entenderse al cristianismo, sin las opciones fundamentales del Reino.

Acá en la tierra el cielo del agua pura.
Acá también el cielo de tener para comer.
Acá un barrio para el asentamiento.
Acá niños en la plaza sin rejas, cansados de tanto correr.

El cielo de un baño caliente para los pibes de la calle.
Un buen taller de tejido como cielo para la mujer.
O sino el cielo de la escuela primaria,
para las madres que en su tiempo no la pudieron hacer.

Los mártires de nuestro pueblo como referencia del cielo en la tierra.
Monseñor Romero, Angelelli, y los sabios del nuevo año solar.
El tatuaje de Latinoamérica unida,
la Biblia, la wipala y un buen tinkus para bailar.

Hermano de carne y de hueso, bandera abierta de libertad
Mate y sonrisa dispuesta.
Lo humano y lo divino
en un cura con identidad popular.

TAMBIÉN EL CIELO EN MI CORAZON

Hay algo muy bonito en esta mirada del ser humano que nos propone la antroposofía y tiene que ver con las imágenes utilizadas para identificar las etapas de la vida. Por ejemplo, en el ciclo de la Maduración Terrenal, que abarca los tres septenios del alma que van de los 21 a los 42 años se utilizan las imágenes del Centauro, del Caballero y la Dama y del ser Humano de a Pie. Esta última, que se abre a los 35 años y se cierra cerca de los 42 refleja aquella etapa donde la persona busca afirmarse desde su propio interior, lo que implica desprenderse de las ayudas externas para quedarse caminando en la vida con lo justo, como quien dice, ligero de equipaje. Como decíamos antes, es el paso del tener al ser.

Es interesante observar que, para el primer septenio del espíritu, se utiliza la imagen del ‘guerrero'. Esto tiene que ver con el hecho de que, la gran crisis de los 42abre un ciclo de la vida que reclama de altos niveles de coraje y humildad para llegar a la ‘conquista de la autenticidad', la gran meta de este tiempo. Estamos frente a la continuidad misma de la etapa anterior. La Conquista del Reinado de Sí Mismo, que atraviesa los tres septenios del espíritu, se abre, necesariamente, en el encuentro con la propia sombra, en la confrontación amorosa con los ámbitos no resueltos de la propia vida que entorpecen el caminar libre, autentico y verdadero. Como nunca antes al guerrero se le presentan cuestionamientos que empujan en dirección a la coherencia. Dos preguntas se tornan, para él, completamente centrales: cuál es mi verdad y hasta donde soy capaz de comprometerme con ella.

Pienso en todo esto y no puedo dejar de emocionarme. Escribo sobre el septenio del ‘guerrero' y, necesariamente, Carlos viene a mi recuerdo. Cada detalle de esta etapa se hace transparente en él. Lo veo, con total honestidad para consigo mismo, dando (¡por fin!) la batalla más importante de su vida. Y haciéndolo, a pesar de los temores, con total seguridad,

Confieso aquí un sentimiento: creo que los viajes que hizo en sus últimos años hacia afuera [3] -viajes en los que Carlos corroboró una vez más susopciones fundamentales-fueron sin más, la metáfora de su gran viaje hacia adentro. Se lo debía a sí mismo en pos de completarse. Incluso me animaría a decir que este viaje,el cual terminó paradójicamente con su partida, no fue otra cosa que un largo regreso a casa. Fue volver a ese niño que alguna quedósolo y herido. Fue volver para encontrarlo.

-¡Amigo querido, hablé por fin con mis papás!me escribió exaltado dos meses antes de su muerte.-Y... ¿cómo te fue? le dije expectante (yo sabía que para él, este era un momento esperado). -Solo puedo decirte que hoy viví la experiencia más hermosa de mi vida. Me quedo con la imagen de mis viejos, abrazándome con todo su amor y su ternura. Y yo, por fin en paz frente a ellos.

Un año antes de culminar el septenio, a punto de cumplir 48, el guerrero conquistó la meta. Y, como nunca antes, pudo sentir en lo profundo, que su vida ya no sería la misma. Una parte suya, quizás aquella que nos vincula como especie y se sabe atada a la eternidad, comprendió que con ese abrazo, el paso por este mundo había culminado. Y que solo faltaba la Pascua, el momento en que su Dios Padre-Madre todo misericordioso, le hiciera, literalmente, su última caricia.

PARABOLA DEL CURA QUE SE CONVIRTIO EN WIPALA

Viendo Jesús la tristeza que reinaba en medio de la gente que había conocido al cura de la Consolata, tomó la palabra y dijo...

El Reino de los Dios se parece a un hombre que desde muy niño logró identificarse con la belleza del arco iris. Se pasaba las horas enteras mirando el cielo en las tardes de tormenta, esperando que los rayos del sol hicieran su magia en medio de la llovizna. Sentía que en esos 7 colores estaban encerrados todos los misterios de la vida.

Era tan sensible, que todo aquello que pasaba alrededor le afectaba más que a cualquiera. Muy pocos lo entendían. - Hay, si este mundo fuera así, repetía para adentro, si pudiéramos aceptar que adentro nuestro habita lo diverso, quizás todo podría ser distinto...Le preocupaba sobre todo, la monotonía de tantos grises. Y era conscienteque si la gente seguía viviendo así, si seguía aceptando la perdida de colores, entonces el sufrimiento del mundo se haría más inevitable. El, sin embargo, a cada ser viviente lo miraba en su totalidad.

Convencidode su carisma y decidido a poner sus manos en el arado, hizo del arcoiris su propia vocación. Se dedicó a devolver colores. Consagró su vida a tan noble servicio, al precio de quedarse solo. El sin embargo, sabía lo que hacía. Así, fue tanta la gente que recuperó los colores perdidos, que en muy pocos años el hombre se hizo conocido. Lo buscaban de todas partes, se hablaba de él como de alguien especial. A veces, no había que ni buscarlo, bastaba con salir a la calle. Él estaba allí, haciendo suya la diversidad escondida. Y trabajando por recuperarla.

Unos por su oído atento, otros por la palabra justa, muchos por su mano tendida. En el fondo, todos venían a él para recibir un matecito, y contagiarse de su sonrisa. Sabían que en esos dientes blancos, habitaban los 7 colores.

Hubo momentos de la vida donde el hombre se sintió desfallecer. Devolver colores todo el tiempo, no era sostenible. Responsable con su vocación, cuando sentía que eso sucedía, paraba por un tiempo y regresaba a la fuente. Se giraba a mirar su propio arco iris. Y luego, otra vez seguía.

Hizo lo imposible por pulir su forma de devolver los colores. No fue un improvisado, por el contario, lo que él había recibido como don, siempre intento multiplicarlo. Fue humilde en pedir ayuda, aprendió a recibir de los sabios poderosas herramientas. Con semejante formación en sus espaldas, en el último tiempo de su vida, más que en maestro, el hombre se convirtió en artesano. En cada encuentro, iba a lo esencial, ayudando a las personas a regresar al origen de su historia. Se le escuchaba decir con insistencia: - No hay arco iris más hermoso, que aquel que habita en mamá y papá. Y agregaba: debemos entrar en sintonía con estafuerza de la vida, tenemos que reconocer el lugar de donde vienen los colores.

Para entonces, aunque no era un hombre grande, algo adentro suyo ya se había envejecido. Había dado todo de sí. En los últimos meses de su vida, quizás en el último año, repitió con casi todas las personas su conocido ejercicio del ‘nuevo nacimiento'. Con especial delicadeza, les ayudaba a regresar al vientre materno, los hacía sentir acunado y lentamente, los ayudaba a ponerse de pie. Para decirle sí a la propia vida, tal y como había sido. Para que fuera posible de una vez y para siempre, tomar todos los colores.

Hay que decirlo: haciendo lo que hacía, este hombre fue feliz. Lejos de ser un semi-dios, fue tan humano como cualquiera. Porque todo lo hizo con amor. Y lo sobre todo, lo hizo con total honestidad. En el fondo, él siempre había sabido que ayudando a los demás, se ayudaba a sí mismo. Su vocación de arco iris, le había exigidoen cada etapa de su vida, integrarsus propios coloresy celebrarlos en un nuevo nacimiento.

Quienes pudieron conocerlo de cerca, quienes lo quisieron entrañablemente, saben que integrar el último de sus colores, le costó al hombre arco-iris, la ofrenda de su propia vida.

Dicen que el día que murió, miles de personas pasaron a despedirlo. De todos los rincones y de todas las edades. A pesar de la tristeza, en el cielo hubo fiesta. El mismo Dios llegó a escuchar las murgas y los cantos en quechuaque subían desde la tierra en forma de agradecimiento.

Dicen también que hubo un joven, de los tantos caídos del sistema, que cuidóde él toda noche. No lo conocía mucho, pero le sobraban razones. - Cada jueves en la tarde, el me prestaba su casa para bañarme, repitió hasta el cansancio a cada uno que le preguntaba. Y agregaba con total firmeza:Por eso yo me quedo acá, a su lado, para despedirlo en nombre de todos demás.

Durante toda la vigilia, una frase resonó hasta el cansancio: algo en mi cambió despues de haberlo conocido.

Cada detalle de la jornada fue verdaderamente increíble. Cada historia que se contaba, hablaba de su bello paso por el mundo. Con el hombre de los 7 colores, parte de la humanidad había recuperado lo perdido.

Ese mismo día, el cajón con su cuerpo se convirtió en altar. La mesa santa fue cubierta con su querida bandera wipala. Tenía sentido. En la cosmovisión andina él siempre se había reconocido.

En ese mismo altar y rodeado por decenas de flores, también quedó la estola que marcó su vocación. Una estola blanca, como su sonrisa, con dos arco iris de 7 colores.

Así, transfigurado por la muerte y a modo de última cena, el cura-wipala celebró la eucaristía.

Tal como lo había soñado, ofreció una misa por la identidad.

Buen Viaje hermano querido.

Se te va a extrañar.

DIEGO (YIYO) SANCHEZ


[1] Según la cosmovisión antroposófica, todo ser humano está constituido por 4 cuerpos: el ‘cuerpo físico', formado por las substancias de la tierra, el ‘cuerpo etérico o vital', que impregna al cuerpo físico y le da vida, el ‘cuerpo astral o cuerpo de sensaciones' que habilita el pensar, el sentir o el hacer y, finalmente, el ‘yo o la individualidad' que nos hace ser seres únicos, sin repetición. Sobre los tres primeros cuerpos, se desarrollan tres septenios correspondientes, a saber: del nacimiento a los 21años, los tres septenios del cuerpo, de los 21 a los 42, los tres del alma y de los 42 a los 63, los tres del espíritu. Es necesario aclarar, que la clasificación de las etapas por franjas de 7 no azarosa ya que es justamente el tiempo en que los miembros esenciales demoran en hacer su metamorfosis. Aproximadamente, cada siete años se produce la transformación de cada uno de los cuerpos que componen al ser humano, los cuales siempre evolucionan entrelazados y en completa unidad de sentido. El conjunto de todos ellos recibe el nombre de ‘Proceso Vital Humano'. A los 42, comienzan los septenios del espíritu, en donde la apertura a la trascendencia toma una fuerza indescriptible.

[2] Parafraseando la 2° Carta a los Corintios, Carlos quiso de lema para el año 2016 la frase ‘Y Dios se hizo pobre'. Al ingreso del Templo y casi a modo de incitación a la espiritualidad encarnada, uno se la topaba frente a sus ojos.

[3] Literalmente hacia afuera: 45 días a Centroamérica en abril-mayo de 2015, Bolivia en enero de 2016 y otra vez a Bolivia un mes antes de su muerte

Opiniones (2)
21 de julio de 2018 | 16:30
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21 de julio de 2018 | 16:30
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  1. Después de varios días de publicada la nota, he podido leerla con detenimiento, conocí a Carlos, tal vez no tan personalmente como Diego, si puedo decir que estuve muy cerca de él y era tan humano como yo y como vos, compartimos algunas reuniones y tomamos algunos mates juntos, lo quise y lo sigo queriendo, su muerte me afectó mucho, porque siento el vacio que dejo en esta tan complicada comunidad. No entiendo nada de lo que hablas en esos términos del espiritu, lo único que entiendo es que Carlos era un ser libre y me duele no saber de qué murió mi amigo, y si fueron ustedes tan amigos porque no le ayudaron.
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  2. Más que una rosa para el Che, pondría una rosa para Santa Teresa de Ávila, para San Francisco de Asís, para el cura de Ars, etc...que amaron más la pobreza que el Che. No creo que las enseñanzas del Evangelio hayan sido encarnadas por el Sr. Guevara, pero bueno, sobre gustos no hay nada escrito. Sólo la práctica de las bienaventuranzas (concretas, prácticas) hace más que cualquier taller de lo que sea. Hay que cumplir la voluntad de Dios, no "sanarse" interiormente. Crítica constructiva, un abrazo Diego.
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