opinión

Enamoramiento, ese estado de miseria mental

Aunque cueste imaginarlo, el enamoramiento como emoción está mediado y generado por sustancias químicas.

Enamoramiento, ese estado de miseria mental

Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo

Licenciados en Psicología

carinasaracco@gmail.com

mauriciogirolamo@gmail.com

Pocas experiencias en esta vida nos dejan víctima de una sensación tan intensa y desbordante como es "el estado del enamoramiento". Aunque cueste imaginarlo, el enamoramiento como emoción está mediado y generado por sustancias químicas como la dopamina, adrenalina y endorfinas, entre otras, que a modo de cascada estimulan diferentes estados internos. En la jerga popular lo expresamos como"tener química, piel o feeling". Como un volcán en erupción que fluye desde el cerebro, generando una cascada de emociones, sensaciones, gustos, deseos, y todo cuanto nos provoque esa revolución de éxtasis explosivo y plenitud exultante. Una suerte de adicción, demandando dosis necesarias de ese químico que recorre nuestro cuerpo, extrañando insoportablemente y pensando diariamente, embebidos en ese constante brebaje.

En su fase aguda, es la pasión, la exaltación, la taquicardia, la respiración entrecortada, el temblor en las piernas, básicamente se trata de un estado de estrés que por definición no podría ser eterno. Todo ello favorece al "encantamiento" durante un tiempo suficiente para suponer que lo que estoy sintiendo tiene que ver con la persona que "creo" me lo provoca, y así es como se va entretejiendo un vinculo que permite el conocimiento mutuo.

Se trata de un dominio imposible de controlar, sin poder decidir sobre su aparición o existencia, simplemente sucede. Se estima que cuando estamos enamorados de alguien, de las 24 horas del día, 16 pensamos en esa persona y las otras 8 soñamos con ella; una manera metafórica de expresar el impacto que produce. Sin embargo, estar enamorados poco tiene que ver con quien tengo enfrente, es una suerte de admirar, embellecer, pintar de colores y construir castillos de lo que "creemos" que esa persona es, miramos detalles simples y sin embargo los transformamos en grandes y desmedidas virtudes. Uno "edifica" imágenes más fantaseada que reales, más deseadas que posibles, más inventadas que palpables, más idealizadas que concretas, en definitiva, más nuestras que del otro. Sería más bien una especie de enamorarse de nosotros mismos, de lo que somos capaces de sentir y producir, impregnados en nuestra propia química, que nos hace creer que tocamos el cielo con las manos.

Es tan fuerte lo que provoca que nos da miedo perder ese "estado paradisíaco". Y es que justamente enamorarse tiene que ver con jugarse, reconocerse vulnerables, aceptar el miedo a perder, a caer desde las nubes de ese estado imposible de sostener en el tiempo. Es como querer saltar al vacío. La mente dice que es una locura, pero el corazón insiste en que se puede volar. Uno no sabe qué tan enamorado está hasta que quiere irse y no puede hacerlo. Tomar esa distancia prudencial que la mente pide, la cotidianidad demanda, pero la atracción niega.

Tal como lo dice Ortega y Gasset: "El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza". Si bien es agradable, pero como toda droga, distorsiona la realidad, ya que sería imposible enamorarse de alguien si lo reconociéramos tal y como es realmente. Perdemos objetividad, inmersos en la más absoluta, loca y absurda subjetividad. Algo así como enamorarse a ojos cerrados, a diferencia de amar, que requiere de ojos bien abiertos, razones fundantes, acuerdos constantes, creencias compartidas; para lo que se necesita de más tiempo y conocimiento genuino.

Hay personas que intentan por todos los medios evitar enamorarse por la fatal idea del sufrimiento: "Me voy antes que me haga mal". Ese temor a sentir el "estado de perfección con vencimiento" lleva a algunas personas a boicotear, evitar y salir huyendo del destino de ese encuentro riesgoso. Como si esto les permitiera estar "a salvo", en una "imaginaria trinchera del no sufrimiento", del adormecimiento, de la anestesia ante el posible dolor de que todo se termine. Pero evitar este potencial sufrimiento conduce a un empobrecimiento, una paralización, un no crecimiento. Desperdiciando esa oportunidad sustancial, que garantiza la subsistencia del ser humano en un doble sentido, por un lado la continuidad de la especie y por otro, la sublime experiencia de concebir la felicidad de amar a otro, ya que el destino del humo de la fogata del enamoramiento puede quedar en una sola explosión o bien dar paso a la elevada llama del amor profundo, duradero, sosegado, definido y estable.

Entonces no reneguemos del estado de enamoramiento. Porque es una experiencia única, las personas se enamoran una sola vez en la vida y el resto de sus días los pasan buscando a alguien con quien volver a sentir lo mismo. Ya que no se trata del otro, sino de la experiencia interna en el encuentro con alguien. Por todo ello, es importante no confundir "amar" con "estar enamorado". El amar tiene que ver con otro, es funcional, una forma de acercarnos con intimidad. La clave de sostener el amor en el tiempo, implica poder re enamorarse "con" la misma persona a través del tiempo, eligiéndola todos los días, llevando a cabo acciones que impliquen avivar el fuego que permita mantener encendida la llama del amor maduro.

Dejémonos llevar entonces por el vértigo que provoca el morirse de miedo sin poder dejar de sonreír. De saltar al vacío, sin intentar apresar la mariposa que habita en nuestro estómago. Sin develar el secreto de la magia que genera. Sin descubrir el truco que habita detrás de la mascara del enamoramiento. Sabiendo que es la instancia previa, el trampolín necesario, la antesala inexorable que da paso al amar maduro, al sentimiento profundo, a la templanza duradera,de la verdadera hazaña de crecer de a dos,siendo la base fundante de un nosotros.

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