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EEUU: Un mapa electoral movedizo da ventaja a los demócratas

EEUU: Un mapa electoral movedizo da ventaja a los demócratas
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 Andamos todos ahogados en encuestas, pero el sondeo de The Washington Post de cada uno de los 50 estados, colgado en la Red el martes [6 de septiembre] y presentado en una edición especial de la edición impresa del diario el miércoles, supone de nuevo otra cosa. La encuesta a 74.000 votantes, recopilada entre el 9 de agosto y el 1 de septiembre, nos ofrece dos cosas de la que la mayoría de los sondeos nacionales carecen: una ventana sobre el futuro ampliado de la política norteamericana y una imagen clara de cómo están afectando a la carrera de este año los candidatos de los terceros partidos, el del Libertario, Gary Johnson, y el del Verde, Jill Stein.

En primer lugar, vamos a las elecciones de este año y al curioso papel de los terceros partidos. Al presentar cifras de todos los estados, el sondeo del Postdeja claro que las candidaturas de Johnson y Stein le plantean más problemas a Clinton que a Trump. En nueve estados indecisos -Arizona, Colorado, Georgia, Michigan, Nevada, Carolina del Norte, Pensilvania, Tejas (cuyos votantes, en la encuesta del Post, se dividen por igual entre Clinton y Trump), y Virginia-, el porcentaje del voto de Clinton en una carrera con cuatro candidatos cae en relación a su nivel en una carrera de dos candidatos por un margen mayor que el de Trump. En esos nueve estados, su proporción cae en un 1, 2, o 3 % más que la de él. En otros tres estados indecisos -Florida, Ohio y Wisconsin-, el porcentaje de los dos candidatos decae en la misma proporción. No hay un solo estado de los indecisos en los que la caída de Trump sobrepase a la de Clinton cuando se introduce el factor de los otros dos candidatos.

En cada uno de esa docena de estados indecisos, Johnson está recogiendo aproximadamente el triple del porcentaje de Stein -como media, cerca del 12 %, comparado con el 4 % de ella. En cada uno de esos estados, la caída de Clinton sobrepasa el porcentaje de votantes favorable a Stein, lo que significa que un cierto número de partidarios de Clinton cuando se le enfrenta sólo a Trump, no se deciden por Stein sino por Johnson cuando se amplía el campo. Resulta razonable inferir que está perdiendo votos, no por razones de ideología sino porque algunos votantes tienen dudas acerca del carácter y la conducta de Clinton -a lo menos, tal como los medios la han presentado durante varias décadas - y consideran a Johnson, que es en buena medida tabula rasa para la mayoría de los votantes, una alternativa no ideológica (algo que no es en medida alguna) tanto a Clinton como a Trump. Por lo que a eso respecta, no podemos asumir que algunos partidarios de Stein no tengan motivaciones semejantes ni que su renuencia a votar a Clinton tenga menos que ver con el progresismo de Stein que con su desagrado por la figura de Clinton.

Desde luego, una cosa extraña de esta carrera es que los dos candidatos de los partidos presuntamente en los márgenes a izquierda y derecha están recibiendo buena parte de su apoyo menos porque los votantes acuden a ellos por sus programas y medidas política que por el hecho de que les desagraden el temperamento y carácter de los dos principales candidatos. El temperamento de Trump no va a cambiar más de lo que van a cambiar las manchas del leopardo. La imagen de Clinton puede mejorar de alguna manera como resultado de su rendimiento en los debates, pero es poco probable que remita la magnificación de sus fallos por parte de los medios de aquí al día de las elecciones.

Sencillamente, es mucho lo que puede hacer Clinton para ganarse el apoyo de los que la respaldarían si fuera sólo una carrera de dos candidatos. Hasta ahora, sus pronunciamientos sobre política interna y económica reflejan el programa decididamente progresista que los demócratas adoptaron en su convención, pues muchos de sus elementos vienen directamente de la campaña de Bernie Sanders. Clinton entiende con claridad que estas posiciones - un salario mínimo más alto, oposición al Acuerdo Comercial Transpacífico [Trans-Pacific Partnership], matrícula gratuita en universidades públicas y cosas semejantes - son populares tanto en la parte media como a la izquierda del espectro, y pueden darle impulso para reclamar el voto de algunos que hoy apoyan a Stein. En la medida en que se ha movido al centro desde la Convención, lo ha hecho en política exterior, contraponiendo tanto sus posiciones como su experiencia a las de Trump. Los republicanos que le han dado públicamente su respaldo provienen principalmente del estamento de la política exterior, y es probable que tenga ella razón en que su respaldo hace más aceptable que aquellos profesionales con formación universitaria que normalmente votan republicano den el paso de respaldarla a ella. Bien puede ser que esté en lo correcto si da también por hecho que ganará mayor número de esos votantes si adopta esas posiciones de los que perderá por la izquierda.

Pero las deserciones de los acérrimos en la izquierda dependen menos de cualquier medida política y más del miedo de los votantes progresistas a una victoria de Trump. En las elecciones de 1948, las primeras encuestas mostraban que Henry Wallace, candidato del Partido Progresista y antiguo vicepresidente de Franklin Delano Roosevelt, iba a llevarse una apreciable porción de votos del presidente demócrata Harry Truman, pero las cifras de Wallace fueron menguando a medida que se aproximaba el día de las elecciones y, al final, se hizo sólo con el 2,4 % de los votos. Si Clinton va a sacar votos de las filas de Stein y Johnson - algo que la encuesta del Post deja claro que tiene que hacer - se deberá principalmente al terror completamente racional de la amenaza de una presidencia de Trump a medida que se acerca el día del Juicio electoral.

Vamos ahora con el futuro: el aspecto más llamativo del sondeo estado por estado del Post es el grado en que la composición racial -y por extensión, el nivel de inmigración - está configurando y seguirá configurando la política norteamericana. Cuando Michigan y Wisconsin- veteranos bastiones demócratas, pero también estados industriales (del llamado "Rust Belt", "cinturón de herrumbre") con pocos inmigrantes y una proporción desmesuradamente elevada de votantes de clase obrera blanca - le otorgan a Clinton una ventaja meramente de dos puntos, es que está pasando algo. Cuando Tejas (en donde se encuestó a 5.000 personas) y Arizona- antiguos baluartes republicanos, pero con ingentes cifras de habitantes hispanos e inmigrantes - aparecen con cifras casi idénticas a Michigan y Wisconsin (Clinton ostenta una ventaja de un punto en cada uno de ellos), es que está sucediendo algo todavía más notable.

Las cifras de Tejas, sobre todo, son alucinantes. A buen seguro, Tejas y California tenían idéntica porción de habitantes hispanos el año pasado (un 38.5 %), pero Tejas es el estado ancla del colegio electoral de los republicanos, igual que California ancla a los demócratas. Los hispanos de California, sin embargo, votan en número mucho mayor que sus equivalentes de Tejas, y votan además más demócrata, en parte porque el movimiento sindical del estado ha hecho un inmenso esfuerzo por llegar políticamente a la comunidad hispana, mientras que Tejas apenas sí tiene un movimiento sindical del que pueda hablarse. California es también hogar de bastantes más asiático-norteamericanos que Tejas, y sus votantes blancos, sobre todo en la zona de la Bahía de San Francisco y Los Angeles, están bastante a la izquierda de los blancos de Tejas (y es casi imposible estar a la derecha de los blancos de Tejas, no obstante lo que pruebe Austin en contrario).

Pero si hemos de creer que el sondeo de Tejas está incluso a cinco puntos de ser preciso, es que el espectro de una presidencia de Trump ha estimulado a los votantes hispanos como nunca anteriormente, a la vez que ha enajenado a los blancos con formación universitaria que tienen por costumbre votar republicano. Por ende, Tejas no es más que uno de una serie de estados del sur o del sudoeste con una apreciable proporción de minorías o inmigrantes que se encuentran sorprendentemente cerca en el sondeo del Post. Arizona, Florida, Georgia y Carolina del Norte otorgan todos a Clinton una mínima ventaja o un empate, mientras que Mississippi (!) le concede a Trump una ventaja de sólo dos puntos. Estos otros cuatro estados (no Mississippi) han recibido una inmigración substancial y, en el caso de Georgia y Carolina del Norte, un crecimiento apreciable en la población de formación universitaria en sus principales ciudades. Por lo que respecta a Mississippi, el estado tiene un 37,6 % de afroamericanos, un bloque que, como los hispanos en Tejas, ha oído sonar la alarma en mitad de la noche.

Tomados en conjunto, las cifras del Post parecen confirmar la tesis del libro de 2000 de John Judis y Ruy Teixeira, The Emerging Democratic Majority (del que se publicaron inicialmente extractos en el Prospect). Judis y Teixeira pronosticaron -correctamente- que la creciente proporción de inmigrantes y profesionales con formación universitaria inclinaría pronto al electorado de modo decisivo hacia los demócratas. Lo que no pronosticaron -lo que nadie pronosticó - fue la erosión continuada del apoyo demócrata entre la clase obrera blanca, que en el momento en que escribían era fait accompli en el Sur, pero no era todavía un factor decisivo en el Medio Oeste.

Ahora lo es, como sugieren claramente las cifras del Post, en Wisconsin, Michigan, y Ohio (en donde Trump mantiene una ventaja de tres puntos). El declive del apoyo de la clase obrera blanca a los demócratas ha propiciado un debate respecto a sus causas: si se trata de algo debido al declive de las condiciones económicas (y, ciertamente, de la esperanza de vida) de los blancos de clase obrera, o a su resentimiento racial y cultural por el creciente número de minorías y los programas para ayudarlos de los que los demócratas han sido adalides en los últimos cincuenta años. Está claro que la causa no es simplemente una u otra. La sensación de abandono que experimentan muchos blancos de clase obrera hunde sus raíces tanto en la economía como en la cultura. Vale la pena hacer notar, sin embargo, que hasta en el culmen del poder de los United Auto Workers [sindicato del automóvil] en Michigan, hace 60 años y más, podían persuadir a sus afiliados blancos para que votaran por los demócratas en cargos federales y de los estados, en los que se formulaban y ponían en práctica medidas políticas económicas, pero nunca pudieron persuadirles de que votasen demócrata tratándose de funcionarios municipales de Detroit, que controlaban las medidas políticas relativas a policía, escuela y vivienda, es decir, las medidas políticas con mayores repercusiones en las relaciones y discriminación raciales.

Con todo, la carrera presidencial se centra en un cargo federal con un inmenso poder sobre la política económica. ¿No deberían los sindicatos orientar a sus afiliados blancos hacia Clinton? Probablemente están en ello: la AFL-CIO distribuyó ayer datos de un estudio que mostraban que Trump recoge un apoyo de sólo un 36 % entre sus afiliados en cinco estados indecisos (Florida, Nevada y tres en el Medio Oeste: Ohio, Pensilvania y Wisconsin). Se trata, por supuesto, de un sondeo entre todos sus miembros, y no sólo entre sus afiliados de clase obrera blancos, cuyo grado de apoyo a Trump es desde luego más elevado que la suma de esos totales agregados. Pero más importantes que las preferencias de estos afiliados sindicales son las preferencias de los que no son afiliados y que lo habrían sido antes del semiderrumbe del sindicalismo del sector privado, es decir, antes de que las grandes empresas abandonaran a sus empleados por una mano de obra más barata en China, antes de que el empresariado norteamericano empezara a oponerse y desbaratar la sindicación a lo largo y ancho del sector privado, y antes de que una serie de estados de estos (Wisconsin y Michigan, muy notablemente), con gobierno republicano, optaran por leyes de derecho-al-trabajo [antisindicales]. En 2015, sólo el 15,2 % de la población activa de Michigan estaba sindicada, sólo el 12,3 % de la de Ohio, y sólo el 8,3 % de la de Wisconsin, estados todos en los que cerca del 40 % de la mano de obra del sector privado estaba sindicada a mediados del siglo XX.

El programa "Working America" [Norteamérica trabajadora] de la AFL-CIO, que va puerta a puerta por los vecindarios de clase obrera blanca hablando con votantes no sindicados, realiza una labor administrativa, pero no se puede negar que la capacidad de los sindicatos de llegar y repercutir sobre la clase de votantes que antaño tenían como afiliados ya no es lo que solía ser. Si se examinan las encuestas a pie de urna desde principios de los 70, los afiliados sindicales de clase trabajadora blanca han tendido a votar demócrata en una proporción veinte puntos mayor que la de sus equivalentes no sindicados, lo que supone todo un tributo a la capacidad de los sindicatos de conseguir que sus afiliados blancos tomen en consideración cuestiones económicas, y no solamente lo que para algunos es su temor y aversión raciales. Al examinar, entonces, las cifras del sondeo del Post, una explicación del nivel sorprendentemente elevado de apoyo a Trump en el Medio Oeste -más allá de lo puramente económico o racial- está en la caída del nivel de sindicación.

Por importante que sea el papel que esté desempeñando en las elecciones de este año -y la evidencia sugiere que no es pequeño - lo que ilustra la encuesta del Post es la medida en que la composición racial está desempeñando un papel decisivo en muchos estados. En esos estados a los que los inmigrantes han ido afluyendo masivamente desde 1980, a Clinton le está yendo mejor de lo que le ha ido anteriormente a los demócratas; en los estados que los emigrantes han rehuido en buena medida, y muy especialmente allí donde la proporción de clase obrera blanca ha seguido siendo alta, a Trump le está yendo mejor de lo que le ha ido anteriormente a los republicanos. La candidatura de Trump ha movilizado claramente tanto a las minorías (en contra) como a los blancos de clase trabajadora (a favor) en mayor número de lo que hemos visto en anteriores elecciones, pero el movimiento de estas dos bases electorales dentro del campo demócrata y republicano respectivamente no empezó con estas elecciones y no terminará cuando acaben.

Es difícil concebir qué cambios es probable que vayan a llevar a cabo los republicanos que les consigan una porción substancial de votos de las minorías, puesto que el Partido lleva ya muchos años siguiendo un rumbo nacionalista y xenófobo blanco, y no es probable que transforme las actitudes raciales y el provincianismo de su base de votantes. Y a no ser que los demás puedan crear una economía dinámica de pleno empleo (que no es tarea fácil en una era de producción globalizada y robotizada) o a menos que los republicanos recuperen el poder ejecutivo y nos abismen en otra guerra o recesión desastrosas, es difícil ver qué empujaría a esos blancos de clase obrera, cuya deriva les ha llevado a la derecha, a volver a las filas de los demócratas.

Dicho de otro modo, en las elecciones por llegar, es probable que los demócratas se queden con los estados fronterizos del Sur que están creciendo y los estados con un porcentaje en aumento de blancos con educación superior, mientras que los republicanos pueden ser más fuertes en estados menguantes del Medio Oeste industrial. Ventaja electoral: la de los demócratas.

Harold Meyerson. Columnista del diario The Washington Post y editor general de la revista The American Prospect, está considerado por la revista The Atlantic Monthly como uno de los cincuenta columnistas mas influyentes de Norteamérica. Meyerson es además vicepresidente del Comité Político Nacional de Democratic Socialists of America y, según propia confesión, "uno de los dos socialistas que te puedes encontrar caminando por la capital de la nación" (el otro es Bernie Sanders, combativo y legendario senador por el estado de Vermont). Fuente: The American Prospect, 8 de septiembre de 2016 Traducción:Lucas Antón para sinpermiso.info.

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22 de agosto de 2018 | 03:23
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