opinión

No olvidemos a quiénes ya no pueden recordar

No olvidemos a quiénes ya no pueden recordar

 María escuchaba al médico y no podía terminar de creerlo. Estaba sentada junto a su marido, Antonio, con quien había compartido 48 años de su vida, con quien había planificado el resto de sus vidas viajando, disfrutando nietos, gozando de hacer lo que más les gustaba.

Hacía tres meses que Antonio estaba repetitivo, cambiaba cosas de lugar, se perdía...

El maldito Alzheimer. Todos sus proyectos se derrumbaron al escuchar el diagnóstico. María cambió sus viajes y placer por cuidados personalizados, por suplicar paciencia para repetir mil veces lo mismo, para transformarse, lentamente en la memoria de Antonio.

Esta historia es una de tantas que diariamente circula por nuestros consultorios. El diagnóstico que produce una mezcla extraña de sentimientos, emociones y sensaciones: tristeza, bronca, impotencia, desesperanza; y de preguntas: ¿qué pasa ahora?, ¿qué tenemos que hacer?, ¿se lo decimos?, ¿lo internamos?; no hay que preocuparse, es normal. El peso del diagnóstico no pasa por la enfermedad en sí, sino por la carga social, aquello que uno vio, aquello que uno escuchó, aquello que uno imaginó.


Lo cierto es que la realidad cambia abruptamente y uno debe enfrentarse al declive de una persona que, físicamente sigue siendo la misma, pero intelectualmente se transforma en otra. Este es el duelo más difícil de transitar.


Además de lo que uno lee en la bibliografía, desde mi práctica profesional, veo que una de las limitaciones más importantes a la hora de enfrentarse con un paciente con demencia es la adecuada elaboración del duelo. Uno como hijo sabe que, dada la curva de la vida, en algún momento deberá hacerse cargo del cuidado de sus padres. Lo que uno no imagina es a esos padres siendo otras personas en el mismo cuerpo. Eso es lo que la demencia provoca, que nuestros seres queridos dejen de ser quienes eran (por lo menos intelectualmente y en cuanto a personalidad, porque el cuerpo, más allá del avance de la vejez sigue sano). 

Muy seguido escucho en mi consultorio (eventualmente afuera también) a familiares que entre lágrimas dicen "ya no sé quién es", "no es el que era", "antes era tan correcto y educado", "antes era tan capaz e inteligente", "antes tomaba decisiones por sí mismo"; a lo que yo siempre respondo: "ANTES... ahora ya no" y, aunque suene duro, es la realidad. 

Triste, bruta, difícil de digerir. Hay que hacerse a la idea que aquél que "fue", "estuvo", "hacía", ya no está... y no estará. Entonces, debemos trabajar en conservar el recuerdo y aceptar el cambio, aunque sea doloroso. Este paso, la correcta elaboración del duelo, es fundamental porque posibilitará que el vínculo con nuestro ser querido sea sano y fructífero para todos. No es tarea fácil, pero tampoco es imposible. 

El enfermo de Alzheimer aún puede reírse, aún puede abrazar, aún puede llorar, aún puede ayudar, aún puede acariciar, aún puede contar historias.....AÚN PUEDE. Evolutivamente, el lenguaje gestual es el último que se pierde. Las caricias, las sonrisas, las miradas cómplices, los abrazos, los te quiero son universales y eternos. 

Evitemos quedarnos en la queja de aquello que pudo ser o que pensábamos que sería. Aceptemos la enfermedad desde las posibilidades, desde lo que sí se puede. 

Abracemoslos, no nos cansemos de decirles lo mucho que los queremos y lo agradecidos que estamos de que hayan sido quienes fueron, besémoslos con fuerza, recordemos anécdotas y riámosnos con ellos, acariciémoslos, abriguemoslos. Ellos tampoco quieren olvidar. Respetemos su dignidad. No olvidemos a quienes ya no pueden recordar. 

Opiniones (1)
18 de junio de 2018 | 22:31
2
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18 de junio de 2018 | 22:31
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  1. UNA HERMOSISIMA CONCEPCION DEL SIGNIFICADO HUMANO ¡¡DAN GANAS DE SEGUIR VIVIENDO CON ESTAS DEFINICIONES ¡¡
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