Sexualidad: cuando el tamaño es lo que importa

Parece que nada es más funcional al hombre, como especie, que atribuirse todo cuanto pudiese ser positivo, y negar o delegar todo aspecto negativo.

Sexualidad: cuando el tamaño es lo que importa

Por Carina Saracco y Mauricio Girolamo

carinasaracco@gmail.com

mauriciogirolamo@gmail.com

La sexualidad humana ha sido, por años, un área poco estudiada y un misterio en la mayoría de sus aspectos. Recién en el siglo pasado, la ciencia comenzó a investigar su comportamiento y características particulares. Por lo que empezaron a derribarse numerosos mitos en torno a ella, que sólo aportaban mayor confusión y subjetividad al tema.

La evolución en este terreno ha sido vertiginosa en las últimas décadas. Pero desde la existencia del hombre en la faz de la tierra, la sexualidad ha tenido sus mutaciones y giros evolutivos. Pues la conducta machista ha existido por años, y lo que aún hoy vivimos, no es más que el resabio de acuerdos y contratos que se habrían desarrollado, miles de años atrás. En el libro "El Contrato Sexual", Fisher describe cómo hombres y mujeres comenzaron a desplegar una suerte de acuerdo, en que el hombre se comprometía salir a cazar, proveyendo alimentos y seguridad a la mujer y la cría; mientras que la mujer, se predisponía a cuidar y criar su prole, tanto como brindarle sexo al hombre, a disposición y pedido de éste. Un contrato que comienza a definir roles y conductas prototípicas que hoy podemos ver plasmadas en la realidad.

Claro está que en esas épocas la funcionalidad de ese acuerdo habría significado un éxito en la evolución de la especie. Si bien en el presente esto ha mutado, pero no del todo o lo suficiente como para dejar de considerar algunas conductas, tanto de ellos como de ellas, siguen siendo netamente "machistas".

La mujer ha ido abriéndose, a codazos, un lugar cada vez más preponderante, en una sociedad dominada por el género masculino. Pero a costa de un precio muy alto, pues no ha resignado, ni delegado, las tareas que históricamente han sido de su competencia. Es decir, ha sumado roles a los que ya traía. El hombre, sin embargo, sigue desplegando las dotes de "macho proveedor" y ser hecho a la medida de sus músculos, vanagloriándose de sus conductas "transgresoras", socialmente aceptadas y avaladas.

El hombre, (como en otras especiesque se disputan la hembra más codiciada), sigue en un rol de competencia con otros pares, hablando de sus grandes logros de alto rendimiento en la cama (cual deporte), sus conquistas triunfantesante diversas féminas, y "su capacidad" para "hacer sentir" a su "partener" placeres y sensaciones, de las que aparentemente sólo él sería capaz. Y no menor es el consabido y repetitivo chiste, que hace alusión a los "centímetros de virilidad" que porta, que en apariencia, estaría en directa proporción con la capacidad de goce, satisfacción, plenitud y hasta una cuasi felicidad, de quien en pose misionera, recibe semejante despliegue de hombría.

Parece que nada es más funcional al hombre, como especie, que atribuirse todo cuanto pudiese ser positivo, y negar o delegar todo aspecto negativo. Pues nada es más falaz que todo lo descripto en el párrafo anterior. Si cada "macho", supiese que su despliegue de semental en la cama, nada tiene que ver con las expresiones gozosas que ve en ella (que con ojos abiertos de par en par, mira sonriente como si fuese el generador de las mismas), se vería abatido, literalmente. Para ser más claros, la conducta sexual de un hombre y una mujer, sobre el lecho, no es otra cosa que el más puro y profundo permiso, de cada uno de esos seres, para experimentar las sensaciones de las que pudiesen estar siendo protagonistas. Es la actuación en escena, de la construcción individual, de su particular sexualidad, a lo largo de los años de la propia existencia. Es una acto personal, único y privado, que poco tiene que ver con el que está en frente. Es la expresión cabal de lo que le pasa a cada uno en la "película interna", de la que sólo se puede ver su manifestación más externa.

El acto sexual y su derivación explosiva más inmediata no son otra cosa que una consecuencia del encuentro entre dos seres que, juntos, han desplegado las alas en otras áreas. No es un objetivo, ni un lugar, ni un reto. Es jugar con la lectura de las miradas, con las suspicacias de las risas y las hormonas que comandan. Es la consecuencia inevitable de ser y compartir abrazos que fusionan cuerpos y almas.

En conclusión, el tamaño es lo que importa. El tamaño del ser, no del miembro. El tamaño de la intimidad, no de la genitalidad. El tamaño de los acuerdos, no de las imposiciones. Es darle dimensión a la química, que cabalga sobre los afectos, los sentimientos o las emociones, lo que hace que los encuentros tengan un tamaño enorme y una magnitud gigante. Lo que importa, es la extensión del silencio que no incomoda, el tamaño de extrañarse y la necesidad de unirse. Porque en la sexualidad, lo que verdaderamente importa es todo lo que ocurre antes del encuentro, y lo que le da existencia al mismo.

Eduardo Galeano escribe en su poema "Pequeña Muerte" (como llamanlos franceses al orgasmo:"petitmort"), "...pequeña muerte le llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte la llaman, pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace".

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24 de mayo de 2018 | 15:32
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