opinión

Duelos: un dolor inevitable, un sufrimiento opcional

Cuando el dolor llega, se nos hace presente de una manera arrolladora. Un tsunami imparable que nos arrastra ante la imposibilidad de nadar contra la corriente.

Duelos: un dolor inevitable, un sufrimiento opcional

Por Carina Saracco y Mauricio Girolamo

carinasaracco@gmail.com

mauriciogirolamo@gmail.com

Llamativamente damos por seguro que las emociones se asientan en el cuerpo. Y parece que algunos motivos tenemos para creer que esto es así. Sentimos "el pecho inflado" cuando nos inunda la alegría. Un "angostamiento en la garganta"si estamos tristes. Tenemos un "nudo en la panza", ante la angustia. Experimentamos una "intranquilidad en el cuerpo" frente a la ansiedad. Y en algunas ocasiones llegamos a creer que se nos "desgarra el corazón"de dolor.

Sin embargo, las neurociencias nos han enseñado que todas estas emociones y sentimientos, residen en el cerebro. Comparten un espacio físico con esa parte que nos hace calcular, especular, medir las razones y evaluar el provecho o éxito ante una decisión, valorar riesgos, sopesar beneficios y ponderar aquello que está bien de lo que está mal, en la vida de cada uno.

De una manera u otra, nazca aquí o allá, cuando el dolor llega, se nos hace presente de una manera arrolladora. Un tsunami imparable que nos arrastra ante la imposibilidad de nadar contra la corriente. Nos alcanza, nos tapa, nos revuelca y aprisiona. Así es cómo la muerte de un ser querido, un despido laboral, la detección de una enfermedad grave o incapacitante, el distanciamiento de los hijos, el final de una relación, la traición de un ser querido, etc., son sólo ejemplos de circunstancias que, de uno u otro modo nadie escapa en el paso por esta vida.

La palabra duelo, deriva dellatindolusque significa dolor. Abrirse al dolor supone una tarea básica en el proceso de su elaboración. Por ello es imposible que los duelos no nos duelan.Pero la manera de transitar el duelo se elige, las personas nos embarcamos en un "Trabajo de duelo", ello supone protagonismo, actividad, movimiento, un mundo de posibilidades, que nos permite salir enriquecidos y fortalecidos de esa experiencia, encontrando sentidos que nos permitan conectar con la vida.

¿Existe alguna forma mágica de no pasar por ese río de barro y piedras? ¿Cómo hacer para saltar, evitar o sencillamente superar esto de manera rápida y fugaz?

Tal como lo dice Pilar Sordo, "el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional". Acusar el impacto de una pérdida, asumirlo, digerirlo y procesarlo, son etapas por la cuales es necesario caminar, a veces incluso con los pies descalzos. Pero regodearse en el barro del dolor, en el recuerdo incesante de un pasado entrañable, en vivencias supuestas de "lo que sería si esto no hubiera pasado" y con ello una inacabable lista de situaciones que por pasadas o imaginadas no son parte del presente; hará que esa llaga no tenga momento para la cicatrización, en una suerte de regeneración permanente. Como una herida, necesita curaciones, limpieza y desinfección. Y eso duele. Acto seguido, necesita ser tapada, protegida y cuidada. Sólo así podrá desarrollar una costra que dará paso a la recuperación de la piel.Para así luego, cuando cicatrice, recordar la herida pero ya sin sentir el dolor que la causó.

A veces, queremos salir corriendo ante el dolor que sofoca y asfixia. Y algunos se asombran de quienes rápida y misteriosamente salen de él, como algo pasajero. Pero técnicamente, eso no es tan admirable ni positivo. Pues el dolor es directamente proporcional a la capacidad de entrega, compromiso y afectos involucrados. Quien desarrolle una profundidad afectiva importante, determinará cuánto ha de penar ante la pérdida de tales condiciones.Esto, curiosamente, constituye un elemento positivo. ¿O preferiríamos sentir poco, así cuando llegue el dolor, menos será, en una suerte de evitarnos los posibles sufrimientos de la vida?

Triste sería andar comprometiéndose poco para que duela menos. No involucrarse"por las dudas", algo así como"mejor no sentir a sufrir". Lo llamativo es que el sólo hecho de no arriesgarse en la vida, constituye en sí mismo un dolor, una paralización, un adormecimiento y una pérdida de sentido. Obtenemos trabajos, sin saber hasta cuando estaremos allí. Formamos vínculos, sin garantías de continuidad. Vivimos abstraídos en el presente, aún a sabiendas de la inexorable llegada de la muerte.

Vivimos en una constante, descreída e ignorada incertidumbre. Sin embargo, creemos que tenemos un control predominante y absoluto sobre la vida. Diseñamos el futuro. Construimos ilusiones. Armamos escenarios. Pero no siempre todo sale comolo planeado. El riesgo mismo de vivir, nos despierta de un cachetazo cuando"algo" o "alguien"muere. La pérdida llega y con ella el dolor.

Pero si no hemos de poder escapar del dolor, que sea por haber sentido. Por habernos comprometido y jugado íntegramente. Que sea por haber estado compartiendo. Por haber acompañado. Por haber puesto el cuerpo y el alma. Por haber cuidado del otro. Si alguien ha de partir de nuestra vida o de ésta vida, que su paso no haya sido en vano, que su presencia haya dejado huellas en nuestra existencia.Que su legado sean los valores más sublimes. Que su recuerdo sea la sonrisa de los momentos compartidos.

De los duelos nadie está exento, ni del paso por cada una de sus etapas. Atravesarlas, vivirlas, tolerarlas y sobrevivir al final. Es el camino inevitable hasta superar los dolores obligados de esta vida. 

Opiniones (4)
20 de junio de 2018 | 03:19
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20 de junio de 2018 | 03:19
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  1. El peor cachetazo que un padre puede recibir, es la pérdida irreparable de un hijo. No hay palabras para describir el inmenso y constante dolor... NO SE COMPARA A NADA... A NADA...
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  2. exelente nota,gracias mdz,gracias a carina y mauru,mi viejo murio hace poco y pase por todos los procesos del luto
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  3. Es muy cierto todo lo expresado. Obviamente, por tratarse de un trabajo basado en la neurociencia, no hace alusión a la fe. Yo se lo agrego por mi propia experiencia. Yo perdí un hijo de 14 años. Lo único que me sostuvo, y me sostiene, es la fe en Dios. Saber que la vida no termina aquí sino que, cuando acaba en la tierra, comienza en el cielo. Que la vida en el cielo es para siempre y es una felicidad que es indescriptible y que le hizo decir a San Pablo: "Ni ojo vió, ni oído oyó ni mente alguna pudo jamás imaginar lo que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman".
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  4. Despegar......
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