opinión

Los destellos de Hiroshima

Los destellos de Hiroshima

Por Claudio Rubén Levy

El 6 de agosto de 1.945 la ciudad japonesa de Hiroshima literalmente desapareció bajo la bomba atómica arrojada por orden del presidente norteamericano Harry S. Truman. Tres días después el horror se repitió en Nagasaki. Entre ambos eventos, entre la gente que falleció en forma instantánea y los alcanzados por los efectos posteriores, murieron alrededor de doscientos cincuenta mil personas. Semejante genocidio no fue menos detestable que el holocausto nazi o la tremenda crueldad del régimen soviético de Stalin. El argumento esgrimido por el mandatario estadounidense, fue la necesidad de acabar con la guerra, alcanzando la paz con una antelación de un par de años y ahorrando la muerte de miles de personas más. Otra versión habla de ganarle de mano a los soviéticos, quienes tenían planeado invadir Japón para el 8 de agosto de 1.945, tomando el control estratégico del Pacífico. El evento debía ser suficientemente ejemplificador, de hecho lo fue. Por otra parte, la innecesariedad de arrojar las bombas, amén de la terrible crueldad que ello conllevó, surgía claramente de la pésima situación del poder de fuego que para la fecha esgrimía Japón; literalmente el país estaba en ruinas. La rendición era cuestión de horas. Así también ninguna delas ciudades afectadas conformaba objetivos militares.

Transcurridos más de setenta años de aquél luctuoso hecho bélico, pareciera ser que la humanidad nada o muy poco ha aprendido respecto a la solidaridad con nuestros semejantes: por estos días circula una foto de dos hermanitos huérfanos que habiendo perdido a su madre, se encuentran a la búsqueda de nuevos horizontes, con la tremenda incertidumbre de cómo será sus futuros. Y esto es sólo una muestra de los miles y miles de refugiados que deambulan por el mundo, escapando de países afectados por la guerra y la hambruna. Hoy no arrojamos bombas o construimos campos de concentración, pero la desidia de la comunidad internacional es igual de maligna. No mata en forma instantánea, pero lo hace de a poco, con una agonía que es igual o más cruel aún. El hombre cuenta con innumerable cantidad de ejemplos de desinterés y de odio hacia sus semejantes. Es de esperar que algún día tomemos seria conciencia de la fragilidad y de la necesidad de protección de nuestros semejantes. 

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25 de abril de 2018 | 18:26
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