En busca de las horas perdidas (en el paso a Chile)

Se inicia el Bicentenario del Cruce de los Andes más famoso. Y un intento de consuelo histórico para el Sagrado Misterio de la Cola Aduanera.

En busca de las horas perdidas (en el paso a Chile)

Los gobiernos de Mendoza, la Argentina y Chile procuran que el tránsito de personas y bienes por el principal corredor entre el Atlántico y el Pacífico sea más expeditivo, y para eso están encarando una serie de medidas. La noticia es de julio de 2016; o de las últimas décadas del 1700, cuando los gobernantes Pedro de Ceballos en el Río de la Plata y Ambrosio O'Higgins desde la Capitanía General de Chile encaraban las primeras obras para mejorar el camino; o de hace exactamente 200 años, cuando San Martín miraba ansioso la muralla andina y hacía relevar los diferentes pasos. O bien de 1870, cuando los hermanos Clark imaginaban un ferrocarril a través de los Andes y fatigaban despachos a ambos lados de la cordillera para hacer realidad esa visión.

Cada una de esas iniciativas ha dejado su impronta en las laderas de los Andes. Rastrear estas "capas históricas" puede ser un ejercicio para reducir el estrés en los viajes a Chile en vehículo; cuando uno va pasando Uspallata, con la mente dividida entre las vistas que regala nuestro Gran Cañón del Río Mendoza, el Sagrado Misterio de la Cola Aduanera y esa camioneta en el retrovisor, cuyo conductor quiere ganar casilleros a último momento.

Las ruinas de Picheuta, por ejemplo, pueden ser esa placa junto a un montón de piedras a la derecha del camino, que ni siquiera miramos. O puede ser un hito en la historia de Mendoza, el escenario de la "entrada en calor" del Ejército de los Andes. Ocurrió el 24 de enero de 1817, y fue la primera ocasión en que los soldados de San Martín cambiaron disparos con tropas realistas. Fue una pequeña escaramuza, pero que en estos días toma una relevancia especial.

El 1 de agosto próximo se puede tomar como el inicio del bicentenario del Cruce de los Andes. En esa fecha, pero de 1816, Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas, firmó el decreto de creación del Ejército de los Andes y le dio el mando al entonces mayor José de San Martín. De toda la profusa documentación que existe, una carta de unos meses más tarde muestra la confraternidad y compromiso de los dos patriotas. San Martín bombardeaba al Director con pedido tras pedido, y estas líneas le contestaba Pueyrredón: "Van los 200 sables de repuesto que me pidió. Van las 200 tiendas de campaña, y no hay más. Va el mundo, va el demonio, va la carne. Y yo no sé cómo me iría con las trampas en que quedo para pagarlo todo, a bien que, en quebranto me voy yo también para que usted me dé algo del charqui que le mando, y ¡carajo! No me vuelva usted a pedir más, si no quiere recibir la noticia de que he amanecido ahorcado en un tirante de la Fortaleza."

En la margen opuesta de la ruta -hacia el Sur-, los puentes olvidados del Ferrocarril Trasandino son genuinas "obras de arte", como las llaman los ingenieros de trenes (sin la connotación estética). Desde fines de 1800, cuando los rieles fueron alcanzando las localidades de montaña, hasta su inauguración completa en 1910, el Trasandino cambió las reglas de juego del transporte y del turismo y fue motor de desarrollo para las localidades cordilleranas. Los aluviones del río Plomo-Mendoza le dieron un golpe mortal y en los 80 dejó de funcionar.

En los primeros años de este siglo la empresa local Tecnicagua y en particular el arquitecto Carlos de Jong tomaron el espíritu de los Clark, con un proyecto de refuncionalización del Trasandino. La iniciativa pasó al Grupo Eurnekian y a los gobiernos de ambos países, con el nombre de Corredor Bioceánico Aconcagua. Actualmente el proyecto sigue su (lento) curso institucional, y Santiago de Chile tiene pendiente un informe definitorio. Se estima que para 2030 podríamos volver a ver rodar un tren a través de los Andes.

Si esto sucede, la tecnología de punta configurará un interesante contraste con las construcciones coloniales más antiguas que quedan en pie. Se trata de las Casuchas del Rey o de la Cordillera, también creadas para facilitar el paso de los Andes, pero unos 260 años antes. El gobierno de Chile hizo construir esta serie de ocho refugios abovedados. Fueron impulsados por Ambrosio O'Higgins tras un desastroso cruce invernal que casi le cuesta la vida. De los cuatro originales que existían en territorio argentino, quedan tres, fácilmente reconocibles a la vera de la ruta, en Los Puquios y en Las Cuevas. Fueron declaradas Monumento Histórico Nacional hace casi medio siglo y cuentan con proyectos de leyes provinciales y numerosas declaraciones; todo lo cual confluye en un perfecto estado de abandono.

En realidad, el viento que barre los "paramillos", esas desguarnecidas pampas de altura, se ha encargado de igualar todo lo que queda bajo su dominio, sin distinción de etapa histórica. Casuchas y estaciones, ruinas y hoteles, todo se empareja en ese ambiente atractivo y hostil, característico de la alta montaña.

Claro que en cualquier viaje actual es más fácil disfrutar de lo atractivo y zafar de la parte hostil. Y si sirve de consuelo para el fastidio de las horas perdidas en la aduana, peor la pasaban los viajeros del 1800, como el escritor chileno Benjamin Vicuña Mackenna:

"Caminábamos en silencio por el borde de las laderas, tristes y mudos como aquellos desolados sitios, encontrando a cada paso de la mula un hondo y espantoso abismo delante de nosotros. Hubo un momento, en verdad, en que me creí perdido... Llegamos al borde de un despeñadero de nieve congelada que como una sábana colgaba perpendicularmente de los farellones de la cuesta... iba a terminar, tres o cuatro cuadras más abajo, en las rocas, por donde el naciente río de Mendoza saltaba en selvático ruido. Los peones que iban adelante (y a pie) pasaron como a gatas este desfiladero, pues sólo existía una huella de pies humanos. Pero el atrevido vaqueano metió su mula y le siguió la mía, y a ésta la de mis compañeros... ¡Fue un instante terrible! Yo sólo miraba las patas de la mula que me precedía y que se resbalaba sobre el sendero con espantosa inseguridad, mientras el jinete que la montaba iba mudo e impasible, envuelto en los pliegues de su rito cual el espectro de los abismos... El más leve desvío en la uña del animal que montábamos ¡Y ya estábamos en la eternidad!... Cuando salvamos el abismo, yo desaté todo el aliento que se había comprimido en mi pecho y hubiera querido dirigir un reproche a nuestro temerario guía, pero mis labios sólo balbucearon el eco del reconocimiento a la mano alta y misteriosa que nos había guiado en aquel inminente peligro..." 

Opiniones (3)
19 de junio de 2018 | 08:12
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19 de junio de 2018 | 08:12
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  1. Porque no dan turnos por patentes del 0 al 9 dos turnos diarios y las custro horas restantes sin turno (noche) de este modo en vez de esperar arriba sin ningun tipo de contencion esperamos en casa....
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  2. Desde el Cristo Redentor, mirando al suroeste y a la altura de la vista, se puede apreciar sobre la montaña una línea sutil, más clara que el color del conjunto que se pierde en dirección al oeste. Es justamente la huella del inca, que resiste señorial el paso del tiempo.
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  3. Hay sectores de la Ruta 7 donde se puede apreciar a simple vista parte del Camino del Inca, inclusive se ven paredes socavadas igual que en zonas de Perú...
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