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El diccionario según Runno: Suicidio

Como tantos otros, Robin Williams eligió no salir más a escena. Un libro de fotos lo recuerda en su intimidad. Y su última película, "Boulevard", es una gran despedida.

Del latín suicidium, y este del latín sui, "de sí mismo", y cidium, "cidio".

1. Acción y efecto de suicidarse.

2. Acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza.

Los suicidios poseen un halo que va de lo inesperado a lo misterioso, de lo encantador al morbo, en un tránsito que suele descolocar a los que quedan en pie. Las muertes, hasta las más lejanas, suelen quitarle volumen a nuestras vidas. Bastante hay para devaneos alrededor de suicidas, desde la literatura a la psicología.

El actor Robin Williams paralizó en su momento, agosto de 2014, a miles de personas que enfrentaron la situación de su suicidio. Algún tiempo después sabríamos, por el testimonio de quien era su esposa, que padecía una enfermedad neurodegenerativa. Técnicamente, demencia de cuerpos de Lewy. Y más técnicamente, según Wikipedia, "los síntomas de la enfermedad incluyen la presencia de deterioro cognitivo, similar a lo que podemos observar en la demencia tipo Alzheimer, además de la aparición de síntomas de parkinsonismo (lentitud de movimientos, rigidez articular y a veces temblor), alucinaciones, delirios o respuestas anormales a diversos fármacos. Las fluctuaciones son otro de los síntomas cardinales de la enfermedad".

Robin Williams no pudo con este panorama. "Probamos todo. El último mes ya no pudo seguir", dijo su mujer, al romper al silencio frente a las especulaciones obvias de un suicidio tan célebre. "El era muy consciente de lo que padecía y trataba de controlarse lo mejor que podía. El último mes ya no pudo seguir, y ahí fue cuando cayó".

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Uno de sus mejores amigos, Arthur Grace, acaba de anunciar la salida de un libro al que le costó editar e incluso pensar. El fotógrafo debió editar 150 imágenes de un archivo que llega a las 15 mil tomas de su amigo en distinas épocas y contextos. 


Este trabajo saldrá al mercado el próximo 6 de agosto: "Robin Williams: A Singular Portrait, 1986-2002".


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San Francisco, 1995. El actor sale de su casa en busca del viento deportivo.

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Williams, Whoopi Goldberg y Billy Crystal, Nueva York, 1990. 

Arthur Grace lo conoció durante una cobertura para la revista Newsweek. No pasó demasiado tiempo para que ambos profundizaran una química que se hizo amistad. Y pasó menos tiempo para que Williams le ofreciera trabajar para él y, básicamente, ayudarlo a documentar su vida.

"Nos llevábamos muy bien juntos y nos respetamos uno al otro. Los dos éramos como niños! Nunca me dijo no dispares esto o ahora no se puede fotografiar", recuerda Grace.

A la hora de pensar en su trabajo con el actor, el fotógrafo habla de haber capturado la calma antes de la tormenta. Y relata que en los momentos previos a una actuación, Williams podría derivar hacia lo que parecía ser de otro mundo. Se ponía muy tranquilo, casi somnoliento. Casi que dormitaba en esa previa, hasta que oía su presentación por parte del locutor de turno y abría los ojos. "Y salía a escena como un disparo".

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San Francisco, 1993. El actor se confesaba adicto a los videogames. 

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Esta es de 2002, en un backstage de Los Angeles. Acaba de terminar una función.

Hace unos meses, en medio del verano, una de esas noches silenciosas del enero mendocino, me dispuse a ver "Boulevard", el último protagónico de Williams para el cine. Yo no sé por qué razón las últimas películas suyas no me sedujeron en absoluto. A varias directamente las he ignorado y desechado de mis pendientes. Y tampoco sabía mucho más sobre "Boulevard".

Williams ha sido para mi el tipo que hacía de Mork en la serie de televisión, el desafortunado lunático o de cualquier planeta ajeno que mantiene una especie de romance con la terrícola Mindy. El saludo era "nanu nanu". Lo recuerdo como si fuera la serie más actual del mundo. Williams ha sido el de "Good morning, Vietnam". No sé si tanto me acuerdo de "La sociedad de los poetas muertos". Cero prejuicio, pero no me acuerdo de casi nada.

"Boulevard" es una historia fuerte, lejos del canon Williams. No hay comedia ni risas cínicas ni tan siquiera ironía solapada. Es un tipo en el dilema de una vida que lo ha llevado a postergar sus deseos. Y a los 60 años, con una vida familiar resuelta, cómoda, sin inquietudes ni sobresaltos, decide encarar una fantasía que ha vivido latente en su deseo: enamorarse una vez más, como si fuera la primera vez. Lo impresionante es que el maduro Nolan Mark, de profesión bancario, queda flechado por un "lolito", un veinteañero.

Y esta película, en una intimidad profunda y a veces oscura, consigue darle luminosidad a su héroe, el brillo que se ha negado a cruzar por sus temores y una represión que, al final, late y rompe el cascarón de su prejuicio. Es un Williams inusual para el cine. No hay ternura ni comedia, no hay ingenuidad ni sobreactuación. 

Seguramente es la película que menos le debe gustar a Donald Trump, lo que ya es una verdadera definición para "Boulevard". Si se trata de revivir, el exiliado extraterrestre Mork, una vez más, consigue transmitir sentimientos tan lícitos como prohibidos. Una transición que esconde, sutilmente, lo mejor de sus intenciones en este gran trabajo.  


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"Por encima de todo, quiero darle las gracias a mi padre, ahí arriba, el hombre que cuando dije que quería ser actor dijo: Estupendo. Solo tené una profesión de respaldo como soldador". Y fue gracioso y sincero al agradecer a la Academia su Oscar por "En busca del destino", a cargo de Gus Van Sant.

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21 de agosto de 2018 | 18:35
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