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Inglaterra en el limbo

Inglaterra en el limbo

 Tú conoces lo versos de Rubén Darío, tan imitados por otros poetas, ‘¡Si me lo quitas, me muero; si me lo dejas, me mata!’ A Inglaterra le pasa lo mismo con la Unión Europea. La elite inglesa parece echar pie atrás para quedarse en la UE, al tiempo que los ‘líderes’ europeos –que aparte Merkel son todos pichas flojas– se ponen duros y exigen que se vayan ahorita mismo.

Digo Inglaterra porque ni Escocia, ni el País de Gales, ni Irlanda del Norte llevan velas en este entierro: nunca quisieron irse. La idea del referendo vino de David Cameron, maniobra oportunista que usó para ganar una elección, conservar su cargo de primer ministro y cerrarle la boca a los euroescépticos de su partido conservador. Sin embargo la prensa canalla y políticos rufianes como Felipe González, Nicolas Sarkozy y Tony Blair, llaman ‘populistas’ a Podemos en España y al Parti de Gauche en Francia.

Los extremistas son los otros. Angela Merkel y su ministro de finanzas Wolfgang Schäuble le imponen la austeridad a toda Europa, pero no son ni populistas ni extremistas: mientras estés del lado del gran capital eres ‘respetable’.

Gran Bretaña entró en la UE a reculones, sus dirigentes nunca cesaron de oponerse a cualquier intento de ir más allá de un simple mercado común. Es conocida la anécdota en la que el presidente francés Jacques Chirac, en una pausa de las negociaciones con Margaret Thatcher en Londres, excedido y sin saber que los micrófonos aún estaban abiertos, exclamó: “¿Pero qué quiere esta vieja boluda? ¿Mis huevos en un platillo?” (sic).

Al día siguiente del referendo en que triunfó el ‘Brexit’, almas piadosas comenzaron a reunir firmas para exigir un segundo referendo. Deben ser de la oposición venezolana: les gustan las elecciones y los referendos sólo cuando ganan ellos. El desteñido Daniel Cohn-Bendit, que alguna vez fue ‘Dany-el-rojo’, luego ‘Dany-el-verde’ y ahora simplemente un amarillo, dice: “Hay que comenzar a explicar lo que es Europa”. Desde luego. Los únicos que entienden bien son los renegados como él. El pueblo es boludo, cretino, sopas tontas: no entiende.

Repito lo que escribí hace un par de días: el pueblo es peligroso. Por eso le niegan el derecho a decidir de su propio destino. Para eso está la costra política parasitaria que sí entiende lo que es bueno para los demás. Y aquí estamos, de crisis en crisis, mientras la concentración de la riqueza y los privilegios de un puñado de mil-millonarios aumentan cada día.

Algún comentarista británico evoca lo complicado que es salir de la UE –impossible dice– condenando la movida de Cameron. Y bien querido, tenías que haberlo pensado antes. Porque quienes rechazan la UE no están contra la unidad de los pueblos europeos sino contra el dominio sin contrapeso de los mercados financieros.

Se oponen a la ‘competitividad’ como sinónimo de trabajadores baratos y sin derechos. Luchan por el reconocimiento de derechos básicos como la salud, la educación, la previsión y la vivienda, y contra quienes conspiran cada día para entregarle esos sectores al mercado. Inglaterra aún no se repone de la cura de caballo que le infligió Margaret Thatcher, cuyos métodos fueron adoptados por la UE.

El cacareo de la prensa canalla anunciando el fin del mundo no es sino un intento de manipulación de la opinión pública. Otra Europa es posible, en la que los derechos de 500 millones de ciudadanos estén en el centro del quehacer político, económico y financiero.

Como sugieren algunos economistas dignos de ese nombre, hay que hacer el balance de casi 40 años de neoliberalismo y sacar las conclusiones que se imponen. No podemos vivir de crisis en crisis, ni con 30 millones de parados, ni recluyendo al exterior de nuestras fronteras a millones de migrantes generados por nuestras propias agresiones militares, ni regalándole las riquezas de Europa a las multinacionales, ni acrecentando la masa de población que vive en la precariedad, ni dejando a decenas de millones de europeos en el umbral de la pobreza y la miseria.

No es posible aceptar que un puñado de corruptos y sinvergüenzas, entre los que se cuentan tipos como Silvio Berlusconi, Nicolas Sarkozy, José María Aznar, Tony Blair, Gerhard Schröeder, Mariano Rajoy, Felipe González, Alfonso Guerra, Dominique Strauss-Kahn, Rodrigo Rato, Jean-Claude Juncker y unos cuantos más, pretendan ser el diapasón de la decencia y lo razonable.

El ‘discurso único’, que Margaret Thatcher resumió en su tristemente célebre fórmula TINA –there is no alternative–, debe cederle al paso al regreso de la soberanía popular secuestrada por los intereses de las finanzas disfrazadas de inversión y creación de empleo.

Los desastres del neoliberalismo no se reparan con más neoliberalismo. Nunca en la Historia de Europa los países que la componen fueron más ricos. Pero esa riqueza está en manos de una reducida oligarquía que se apoderó del poder político para defender sus privilegios. Derecha e ‘izquierda’ van de la mano en la servidumbre voluntaria que le ofrecen a los poderosos. Por eso sus programas se parecen como dos gotas de agua.

Cuando en toda Europa aparecen movimientos capaces de disputarles el poder, surgen los calificativos de ‘populistas’, ‘extremistas’, ‘anarquistas’, ‘irresponsables’, ‘soñadores’ o ‘ilusos’, cuando no derechamente el insulto. Tales movimientos son variopintos, sus banderas demasiado numerosas, sus discursos a ratos contradictorios, sus programas algo difusos, ambiguos y hasta extravagantes.

Tan extravagantes como fue Olympe de Gouges al exigir la adopción de la Carta de los Derechos de la Mujer en 1792. A Olympe de Gouges la guillotinaron los mismos que hoy quieren detener el maremoto de las aspiraciones populares calificándolo de ‘populista’. ¿Quién niega hoy que las mujeres tienen derechos?

La movida europea puede ser difusa, ambigua y extravagante, pero sus principios son claros, comenzando por el que manda devolverle la soberanía a los pueblos. Rousseau, Voltaire, Montesquieu, y con ellos Robespierre, Saint-Just, Camille Desmoulins, Couthon y sus compañeros ajusticiados el 27 de julio de 1794, saludarían estos sacudones que anuncian temblores mayores.

A quienes lloran el triunfo del Brexit sería oportuno recordarles que en los debates de Putney –que opusieron en octubre de 1647 a los sectores radical y conservador de los ejércitos de Cromwell– el vocero de los “Niveladores” (sector radical) Rainsbourough, declaró:

“Todo hombre que debe vivir bajo un gobierno debe primeramente situarse bajo ese gobierno por su propio consentimiento; y yo sostengo que el hombre más miserable de Inglaterra no está legalmente obligado, en el estricto sentido del término, por ningún gobierno bajo el cual no haya aceptado situarse expresamente”.

Un mínimo de respeto por la vox populi. Es lo que falta. ¿Por que no un máximo?

Lo importante, aunque la oligarquía chille, es que esos principios, los de los revolucionarios ingleses y franceses, siguen vivos en las sociedades europeas. Y no habrá fuerza capaz de aniquilarlos.

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23 de julio de 2018 | 09:10
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