opinión

Omar Mateen: Born in U.S.A.

"Toda ciencia sería superflua si la apariencia externa y la esencia de las cosas coincidiera directamente". Esta verdad tan antigua como la filosofía, vale también para la Masacre de Orlando.

Omar Mateen: Born in U.S.A.

"Toda ciencia sería superflua -escribió Marx en El capital- si la apariencia externa y la esencia de las cosas coincidiera directamente". Esta verdad tan antigua como la filosofía, esta certeza que se remonta a los presocráticos, vale también para la Masacre de Orlando, uno de los sucesos internacionales del momento, ocurrida el pasado 12 de junio en una discoteca gay de dicha ciudad estadounidense, enclavada en el corazón del estado de Florida, donde medio centenar de personas perdieron la vida y otras tantas resultaron heridas.

Si queremos dilucidar las causas profundas de dicha tragedia, desentrañar los porqués sustanciales (no meramente anecdóticos) de ese acto de barbarie, es preciso dejar atrás, muy atrás, las lecturas empiristas y oportunistas de la prensa hegemónica. Son interpretaciones de sentido común, superficiales, sofísticas e interesadas. Una densa telaraña ideológica de omisiones y sesgos discursivos hecha a medida de las conveniencias del Tío Sam.

¿Qué datos han seleccionado cuidadosamente (y difundido ad nauseam) los grandes medios de comunicación de los EE.UU.? Que Omar Seddique Mateen, el perpetrador de la matanza, era hijo de inmigrantes afganos de la etnia pastún, musulmán sunita al igual que sus padres. Que había hecho suyos, bajo el influjo propagandístico de diversas páginas de Internet, los postulados doctrinales del fundamentalismo islámico en su variante wahabita, incluyendo la yihad y el terrorismo. Que sentía viva simpatía por los talibanes, ISIS y otras expresiones afines del islamismo radical. Que varias personas de su entorno (compañeros de trabajo por ej.) le oyeron reivindicar, en reiteradas ocasiones, los ataques del 11-S, los atentados de París del año pasado y el proceder de Moner Mohammad Abu Salha (el primer mártir yihadista de nacionalidad estadounidense). Que Mateen, en llamadas al 911, alabó a Alá, se asumió como "soldado islámico" y juró lealtad al líder de ISIS, todo ello en idioma árabe. Y también, que esa organización insurgente de Medio Oriente se atribuyó oficiosamente la autoría ideológica del atentado a través de un comunicado difundido ex post facto por la agencia noticiosa Amaq, de probada vinculación con la misma.

Verdades a medias. Y las verdades a medias operan como mentiras, en el periodismo y en la política. Decir o subrayar lo que conviene, y callar o atenuar lo que complica, es el modo más sutil y eficaz de practicar la mendacidad, haya o no conciencia e intencionalidad en ese proceder.

¿Qué datos dejó de lado, o evitó enfatizar, la prensa hegemónica norteamericana en su apabullante maratón "informativa"? Varios, y no precisamente menores. Que Mateen era ciudadano de los Estados Unidos, un hombre nacido y criado en el país del Tío Sam, un americano 100% yankee cuyos 29 años de vida transcurrieron íntegramente en USA. Que sus padres, si bien son musulmanes ortodoxos, no comulgan con el radicalismo islámico, y que esta ideología no pudo haberla adquirido "por ósmosis" en el hogar donde creció. Que Mateen reclamó el cese de los bombardeos de EE.UU. y sus aliados en Siria e Irak, que tantas muertes de civiles inocentes han causado, niños incluidos. Que hasta ahora, todos los indicios apuntan a que el perpetrador del crimen era un lone wolf, un "lobo solitario", alguien que no militaba en ISIS (ni en ninguna otra red terrorista) y que actuó por cuenta propia, sin recibir órdenes de nadie. Que el odio visceral que Mateen sentía hacia la comunidad LGBT y las minorías latinoamericanas no requiere de ninguna explicación exógena (léase: influencia del islamismo radical extranjero), toda vez que la homofobia y el racismo están firmemente arraigados en la sociedad estadounidense. Que un psicópata de ostensibles simpatías yihadistas, bajo la lupa del FBI desde hacía tres años, pudo comprar y poseer, sin ninguna dificultad, de modo completamente legal, gracias al sacrosanto right to bear arms (derecho de posesión de armas) y el omnímodo influjo de la gun culture o "cultura de la pistola", un fusil semiautomático SIG Sauer MCX de uso bélico; y por si fuera poco, trabajar como vigilante para una empresa de seguridad privada con total normalidad, sin que el gobierno haya hecho nada para evitarlo. Y por último, aunque no menos importante, que la Masacre de Orlando, lejos de constituir una rareza o novedad, ha venido a engrosar una larguísima lista de matanzas muy similares en su modus operandi (los denominados mass shootings o "tiroteos masivos" protagonizados por lobos solitarios), cuyos móviles, salvo contadas excepciones, nada han tenido que ver con el fundamentalismo islámico.

Una aclaración de suma importancia: se ha hablado mucho sobre el machismo y la homofobia de Mateen y sus presuntas raíces islámicas, pero poco y nada acerca de su racismo. Múltiples testimonios de personas que tuvieron trato con él coinciden en destacar que aborrecía profundamente a sus compatriotas de origen o ascendencia afroamericana y latinoamericana. Téngase en cuenta que casi todos los gays congregados en la discoteca Pulse la noche de la tragedia eran hispanos (puertorriqueños, dominicanos y venezolanos principalmente), ya que se celebraba la Latin night.

La homofobia y el racismo de Mateen, y su terrorismo de lobo solitario, no son, pues, un rayo caído de un cielo sereno. Son emergentes de una sociedad enferma, saturada de prejuicios y violencia. Mateen se socializó en EE.UU. Su odio hacia la comunidad LGBT y las minorías hispanas, lo mismo que su psicopatía criminal, no fueron importadas de Medio Oriente. Se gestaron en las propias entrañas del imperio. Todo lo cual no quita que, sobre ese sustrato de base, sobre ese caldo de cultivo vernáculo, la propaganda yihadista del radicalismo islámico vía Internet bien pudo haber actuado como revulsivo o catalizador; no, claro está, en lo que concierne a la hispanofobia de Mateen (fenómeno cultural ajeno al mundo árabe), pero sí en lo que respecta a su homofobia y terrorismo. Sabido es que el islamismo de matriz fundamentalista ha llevado su lucha sin cuartel contra la homosexualidad hasta los extremos más inhumanos (encarcelamientos, torturas, mutilaciones y ejecuciones de personas homosexuales), y que preconiza sin pruritos la consumación de atentados suicidas, no sólo como método ejemplar de acción política, sino también como vía privilegiada de salvación del alma.

Que la homofobia y el racismo siguen gozando de muy buena salud en los Estados Unidos de hoy (más allá de los innegables avances que hubo durante estos últimos años), lo demuestran a las claras los renovados bríos de la derecha republicana y la ultraderecha libertariana, la vigencia del nativismo WASP, el auge nacional del Tea Party, la virulenta cruzada antiinmigración de Donald Trump y otras manifestaciones afines de xenofobia (como el Proyecto Minuteman, el English-only movement y los numerosos lobbies que reclaman un endurecimiento de la política migratoria: FAIR, AIC Foundation, CCIR, CAPS, Protect Arizona Now, etc.), la vitalidad del fundamentalismo cristiano-protestante más rancio (sobre todo en los estados bautistas del Bible Belt y la Utah mormona) y la "guerra santa" contra el matrimonio igualitario de la National Organization for Marriage (NOM), así como la contumaz supervivencia del Ku Klux Klan, los resabios de supremacismo blanco en el Sur Profundo y Texas, y el vigor inusitado del movimiento paramilitar de milicias en muchos estados de predominio redneck, sobre todo en el Medio Oeste. Existen, pues, en el seno mismo de la sociedad estadounidense, condiciones suficientes y estímulos sobrados para que un psicópata violento como Mateen quiera hacer lo que hizo, y haya hecho lo que hizo.

Tiremos un poco más de la punta del ovillo. Ampliemos y profundicemos las ideas ya expuestas. Analicemos con más detenimiento algunos aspectos que lo ameritan. Todo se volverá más diáfano, más comprensible. El horror también tiene su lógica, y es preciso dilucidarla.

Dijimos que sus padres, aunque musulmanes sunitas bastante conservadores, no adhieren al islamismo más radicalizado de grupos como ISIS, y que por ende, dicha ideología Mateen no pudo haberla adquirido por crianza familiar. Todos los indicios apuntan a que la adquirió vía Internet. Se impone, entonces, esta pregunta: ¿qué circunstancias biográficas condujeron a que Mateen se radicalizara en su fe religiosa y convicciones políticas? Al día de hoy, lamentablemente, es poco lo que sabemos al respecto. Una pista importante, no obstante, podría ser el bullying islamofóbico que sufrió durante gran parte de su vida, primero entre sus compañeros de clase, y luego entre sus compañeros de trabajo. Es muy probable que ese acoso psicológico-ideológico tan intenso y prolongado (acoso que comenzó cuando tenía catorce años, allá por 2001, al producirse los atentados del 11-S) haya hecho mella en su subjetividad. Y no resultaría nada descabellado que su acercamiento inicial al fundamentalismo islámico y la propaganda yihadista se haya debido, como en otros casos análogos (Muhammad Youssef Abdulazeez, Rizwan Farook y el precitado Abu Salha por ej.), a sentimientos de malestar acumulado, inconformismo y resentimiento social.

Quien siembra vientos, recoge tempestades, reza el refrán. Pues bien: los EE.UU. son la más elocuente demostración de la veracidad de dicha paremia. No sólo por sus altos niveles de islamofobia a nivel interno, sino también, no lo olvidemos, por su política exterior respecto a Medio Oriente, rabiosamente intervencionista y belicista, amén de pro-sionista: Guerra del Golfo, Guerra de Afganistán, Guerra de Irak, Guerra de Libia, Guerra contra ISIS y otras manifestaciones de lo que George W. Bush y sus halcones llamaron War on Terror. Esa política imperialista es, a todas luces, la madre del borrego. Los Estados Unidos y sus socios menores han pateado demasiados hormigueros en Medio Oriente como para no sufrir, con bastante frecuencia, diversas picaduras en su propio cuerpo social: radicalización de las minorías musulmanas de origen inmigratorio, proliferación de células yihadistas en la clandestinidad, atentados terroristas, crisis humanitarias de refugiados, rebrotes inquietantes de antijudaísmo islámico, etc. etc.

Con un agravante: fue el propio Pentágono, en tiempos de la Guerra Fría, cuando todo parecía legítimo en nombre de la "cruzada democrática" contra el "totalitarismo comunista", quien creó y apadrinó (cual Dr. Frankenstein, cual aprendiz de brujo) el monstruo del fundamentalismo islámico, la bestia negra del yihadismo. Al Qaeda y los talibanes, por caso, fueron generosamente financiados y provistos de armamentos por Washington hasta que cayera el Muro de Berlín y se disolviera la URSS. El islamismo radical es, pues, el golem del Tío Sam, un aliado útil en los 80, y un enemigo abominable desde que el mundo se volviera unipolar.

Una pequeña digresión: la islamofobia en EE.UU. no es cuento. Existe en ese país, desde hace seis años, una organización creada ad hoc para combatir al islam: la paranoide y ultraderechista Stop Islamization of America (SIOA). No sólo eso: de 2001 a la fecha se han registrado miles y miles de crímenes de odio contra la comunidad musulmana: amenazas de muerte, golpizas, actos vandálicos contra mezquitas, incendios intencionales de viviendas, asesinatos. Ni hablar de actos informales e institucionales de discriminación, mucho más numerosos, como los estereotipos propagados por los medios (árabe = terrorista por ej.), el acoso escolar y laboral, los despidos arbitrarios, la reticencia a inscribir estudiantes procedentes de países islámicos y los incidentes de flying while muslim (1). Sin ir tan lejos, en agosto de 2012, un supremacista neonazi de Wisconsin irrumpió en un templo sij de la pequeña ciudad de Oak Creek matando a seis personas e hiriendo a otras cuatro con una pistola semiautomática de 9mm. Wade Michael Page, un soldado del Ejército dado de baja por sus trastornos de personalidad, prejuzgó que los sijs eran musulmanes porque usaban turbantes.

Volvamos a Orlando. Mateen era un hombre muy iracundo, inestable y violento. Su ex esposa declaró a la prensa haber sufrido brutales y recurrentes golpizas cuando vivía con él, y que se considera afortunada de haber salido con vida de ese matrimonio. También manifestó que su antiguo marido tenía obsesión por las armas de fuego: comprarlas, cuidarlas, manipularlas, portarlas, practicar tiro con ellas.

En un país como EE.UU., la hoplomanía (manía con las armas) de personajes como Mateen no tiene nada de extraño o atípico. Estrechamente ligado a una anacrónica reivindicación de las milicias estaduales como contrapesos "democráticos" del poder federal, el right to bear arms es no sólo un derecho constitucional de primerísimo orden (un atributo esencial de la ciudadanía celosamente salvaguardado por la Segunda Enmienda desde hace más de dos siglos) (2), sino también un verdadero ícono de la identidad estadounidense. En el imaginario político-cultural de la derecha republicana y la ultraderecha libertariana, ser un American auténtico es tener y portar armas de fuego, saber usarlas y estar dispuesto a usarlas, ya sea para caza, práctica de tiro o autodefensa, o bien, para servir a la patria como miliciano en caso de guerra o conmoción interior (una de las hipótesis que maneja el survivalismo es que los EE.UU. podrían, de un momento a otro, ser invadidos por terroristas, alienígenas o potencias extranjeras, o bien, degenerar en una dictadura comunista o una situación de colapso societal).

Pero el right to bear arms es sólo la punta del iceberg. Debajo de él hay un inmenso entramado de creencias, valores y actitudes que lo idealiza, legitima, naturaliza y fomenta, garantizando así su vigencia. Sociólogos, historiadores y antropólogos llaman a ese entramado gun culture, "cultura de la pistola".

Esa cultura tiene su mitología romántica, su corpus de tradiciones históricas más o menos verídicas, más o menos inventadas, así como sus aditamentos de más candente actualidad: los viejos tramperos de Luisiana y sus escopetas de caza, los minutemen armados de mosquetes luchando por la independencia de las Trece Colonias, Daniel Boone adentrándose en los bosques de Kentucky con su fusil largo, las novelas de aventuras de J.F. Cooper, El Álamo y los Rangers de Texas, los cowboys del Lejano Oeste y sus míticos revólveres Colt, las batallas campales de la Guerra de Secesión, Buffalo Bill, el 7.º Regimiento de Caballería, Billy the Kid, Jesse James, Theodore Roosevelt de safari por África con su wínchester, los soldados de la AEF en las trincheras de Meuse-Argonne, Bonnie & Clyde, los gansters de los años 20 y sus mortíferas metralletas, los marines de la Segunda Guerra Mundial disparando sus M1 Garand contra nazis y japoneses, los westerns de John Wayne, la Guerra de Corea, el francotirador Oswald descargando su carabina Carcano M91/38 contra Kennedy, Vietnam y la omnipresencia del M16, la Familia Mason, Ronald Reagan (actor retirado de películas de vaqueros) dos veces electo presidente, Rambo y RoboCop, las series policiales de TV, la Asociación Nacional del Rifle y su cabildeo sin fin contra toda tentativa de prohibir o regular el uso de armas de fuego, Waco, los grupos paramilitares de milicianos operando en la clandestinidad, Schwarzenegger en sus dos versiones (cyborg asesino de Terminator y gobernador republicano de California), G.I. Joe en celuloide, Donald Trump promocionando su precandidatura a la presidencia con demagógicas y sofísticas declaraciones en defensa del sagrado right to bear arms. Llegamos al presente.

Balas, balas y más balas. Culto fetichista a las armas de fuego. De principio a fin. Desde el siglo XVIII hasta el siglo XXI. Desde la Guerra de Independencia hasta la Guerra contra ISIS. "EE.UU. es un país que nació con un arma en la mano", señaló el analista internacional Pedro Brieger en una reciente entrevista radiofónica.(3) Tiene razón.

Pero esa gun culture tan enquistada en el imaginario social de los Estados Unidos ha dado origen a una problemática por demás preocupante: la gun violence. Miles y miles de muertes se producen cada año como consecuencia de la venta masiva y el uso indiscriminado de armas de fuego por parte de civiles. Robos, riñas, venganzas, suicidios, crímenes seriales, femicidios, incidentes de "justicia por mano propia", accidentes domésticos, atentados terroristas. Las cifras dan pavor. Se estima que unos 13 mil estadounidenses pierden la vida al año debido a la comercialización y tenencia irrestrictas de pistolas, fusiles, ametralladoras y otras armas de fuego, incluyendo muchas de uso militar. Los EE.UU. son el país desarrollado con la tasa de homicidios intencionales más alta del mundo. Una tasa que iguala o supera a la de muchas naciones del tercer mundo; y que triplica a la del vecino Canadá, casi quintuplica a la de Europa occidental y Australasia, y decuplica con creces a la de Japón.

La causa de esta anomalía es muy obvia, y ha sido dicha y explicada infinidad de veces: el acceso legal y generalizado a las armas de fuego so pretexto del derecho individual a la autodefensa. Los Estados Unidos son el país con el índice de armas cada cien habitantes más elevado del planeta: 112,6. Vale decir que hay más pistolas, fusiles, escopetas y ametralladoras que estadounidenses. Se calcula que la cantidad de armas de fuego en manos de la población civil de EE.UU. oscila entre 270 y 310 millones (sic), y que entre el 27 y 42% de los hogares de dicha nación posee al menos un arma corta o larga. La gun violence no surgió de la nada, por generación espontánea. Es un producto de la gun culture, y el corolario inexorable de una tradición constitucional y una política ultraliberal de laissez faire en materia de autodefensa con más de dos siglos a cuestas.

La manifestación más emblemática y trágica de la gun violence en los EE.UU. actuales es la proliferación de masacres protagonizadas por psicópatas y/o terroristas aislados (los llamados lone wolves) que de improviso comienzan a disparar a mansalva en lugares de mucha concentración humana: escuelas, shoppings, universidades, cines, templos, complejos de departamentos, empresas, etc. Hablamos, claro está, de las espectaculares balaceras masivas que tanto alimentan el morbo de los televidentes y el rating de los noticieros. Kalamazoo y Wilkinsburg pocos meses atrás; Charleston, Chattanooga, Harris County, San Bernardino, Tyrone y Roseburg el año pasado; Marysville en 2014; Hialeah, Santa Mónica y Washington Navy Yard en 2013; Aurora, Minneapolis, Oakland, Sandy Hook, Seattle y Oak Creek en 2012; Copley Township, Grand Rapids y Seal Beach en 2011. La nómina es demasiado extensa, y se remonta en el tiempo hasta épocas en que no había Internet ni TV; o en que sí había, pero no existían aún lobos solitarios de inclinaciones yihadistas como Mateen. Por caso, la tristemente célebre masacre escolar de Columbine (1999), tan bien explicada por Michael Moore en su documental Bowling for Columbine (2002), aconteció dos años antes del 11-S, y unos seis o siete antes de que emerjan los primeros incidentes de yihadismo local y endógeno, que datan de 2006-2007 (musulmanes estadounidenses radicalizados en reacción a la política exterior de su país y a la exacerbación interna de la islamofobia).

Entre estas matanzas se cuenta la de Orlando, sin duda. No obstante, la mayoría de los mass shootings de Estados Unidos con algún objetivo o trasfondo político-ideológico han sido perpetrados por lobos solitarios de la ultraderecha vernácula sin ningún nexo con el fundamentalismo islámico: milicianos antigobierno, supremacistas blancos, antisemitas neonazis, fundamentalistas cristianos "pro vida", etc. El caso de Mateen no es el único en su género, cierto (recuérdese, por ej., la Masacre de San Bernardino y el Tiroteo del Curtis Culwell Center, también protagonizados por lobos solitarios de simpatías yihadistas). Sin embargo, resulta bastante atípico. Lo corriente es que las balaceras masivas sean consumadas por psicópatas sin propósitos políticos, o por libertarianos/milicianos WASP hostiles al gobierno federal, a la despenalización del aborto o a las minorías (afrodescendientes, judíos, inmigrantes, hispanos, asiáticos, homosexuales, etc.); o bien, por psicópatas radicalizados al socaire de la ideología libertariana y el movimiento de milicias. Pocos han sido, en términos comparativos, los lobos solitarios de EE.UU. vinculados o identificados con el yihadismo.

Mientras termino de escribir este texto, los rumores acerca de la presunta homosexualidad de Mateen comienzan a confirmarse. Desde un principio se supo que era un habitué de la discoteca Pulse, y que chateaba con varones gays a través de la aplicación Grindr. Pero cabía la posibilidad de que ambos comportamientos fueran sólo estratagemas de un asesino serial que necesita recabar información para planificar su crimen. Hoy ya parece haberse corroborado que Mateen era un gay que nunca quiso o pudo salir del clóset, y que si bien tuvo varias relaciones esporádicas con hombres, nunca fue capaz de asumir su identidad sexual y vivir libremente conforme a ella. Los prejuicios religiosos sexistas de su entorno familiar y comunitario, predominantemente musulmán y sunita, luego reforzados por su radicalización (acercamiento creciente a las posiciones del fundamentalismo islámico), lo arrastraron a una doble vida y una doble moral. A una existencia conflictuada y reprimida, culposa y atormentada, con altas dosis de contradicción, renegación y disociación. Una vida que lo llevó a considerar a los homosexuales como pecadores, demonios y enemigos del Islam a pesar de que él mismo era homosexual. En un claro síntoma de trastorno de personalidad, disoció su fe religiosa e ideología política de sus preferencias y prácticas sexuales. Mateen era, a la vez, gay y homofóbico: gay como varón, homofóbico como musulmán fundamentalista. No es el primer caso, ni será el último. El patriarcado, la heteronormatividad y el sexismo suelen producir subjetividades tortuosas como la de quien perpetró la Masacre de Orlando.

Al igual que tantas otras matanzas de dilatada y compleja gestación, la de Pulse tuvo un detonante bastante anecdótico: un día, Mateen se enteró de que un joven puertorriqueño con el que había mantenido, sin protección, relaciones sexuales, era portador de VIH. Este episodio habría de exacerbar su homofobia, y engendrar (o reavivar) su hispanofobia, llevándolo finalmente a cometer una de las peores masacres civiles de la historia norteamericana reciente.

La Masacre de Orlando no puede ser pensada en abstracto, desvinculándola de su explosivo contexto social y epocal. Mateen creció en una sociedad violenta, homofóbica y racista, y también islamofóbica. No pudo ser inmune a las influencias culturales de su entorno, a sus condicionamientos y presiones. Como estadounidense que era, mamó desde pequeño su violencia, homofobia y racismo. Y como musulmán que también era, reaccionó contra su virulenta islamofobia volviéndose él mismo un islamista radical. Un islamista radical hostil a la política exterior imperialista de su patria, y admirador obnubilado de ISIS y otras organizaciones que practican la yihad.

La matanza perpetrada el pasado 12 de junio es la síntesis paradojal de esas dos tendencias ideológicas que se agitaban en la mente de Mateen; exacerbadas, claro está, por sus graves trastornos de personalidad, y también por ciertas afinidades culturales (la homofobia y la violencia son rasgos muy presentes tanto en la derechizada sociedad yanqui como en el derechizado islamismo de ISIS). Omar Seddique Mateen es un yihadista born in USA. Mató y murió a balazos en el país-paraíso de las armas de fuego.

Federico Mare

NOTAS

(1) Expresión que se utiliza en EE.UU. para hacer referencia a los problemas que, desde el 11-S, padecen los pasajeros musulmanes (o sospechados de serlo) en aeropuertos y aviones: dificultades para embarcarse, maltratos, insultos, amenazas, golpes, etc.

(2) La Segunda Enmienda de la Constitución de los EE.UU. preceptúa: "Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido".

(3) Programa Te lo iba a decir, RadioBorder, 15/6/2016.

Opiniones (1)
23 de julio de 2018 | 13:00
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23 de julio de 2018 | 13:00
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  1. Se te pasó que también el "liberador" marxismo o como te guste llamarlo, tiene raíces tan profundas de represión y de purga, sin necesidad de propaganda yanqui, justamente por operar desde el lado "progresista" según tu definición. Las purgas de Stalin, la lucha armada que nos costó desaparecidos de un lado y muertos con nombre y apellido del otro, vienen de ahí también. Un poco de equilibrio a veces hace bien, como por ejemplo acordarse porqué los chechenos se quieren abrir de Rusia, o porqué Rusia quiere quedarse con Ucrania.
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