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Somos adictos: el menosprecio de la tristeza (parte I)

Existen muchas otras formas de "consumo" que pueden generar adicción, que no tienen que ver con estas sustancias y poco se repara en ello.

Somos adictos: el menosprecio de la tristeza (parte I)

 SOMOS ADICTOS: EL MENOSPRECIO DE LA TRISTEZA (Parte I)

Por Lic. Carina Saracco y Lic. Mauricio Girolamo

El vocablo Adicto consta de dos partes; A: Sin y Dicto: Palabra"Sin Palabra". Una persona que no puede verbalizar lo que siente.

Es importante aclarar que una persona adicta no necesariamente significa que ingiera o "meta" en su organismo marihuana, cocaína, LSD, éxtasis, etc. Existen muchas otras formas de "consumo" que pueden generar adicción, que no tienen que ver con estas sustancias y poco se repara en ello. Ejemplo de esto serían la ciber adicción, el juego patológico, los workaholics (trabajólicos) o adictos al trabajo, la adicción al sexo o a las personas, por nombrar solo algunas.

Estamos hablando de Comportamientos Adictivos o Adicciones Comportamentales, cuando la acción tiene la condición de tapar, postergar o anestesiar (por un tiempo) sentimientos perturbadores, provenientes de situaciones no resueltas.

Ahora, si adicto significa "Sin Palabras" ¿qué palabras no verbaliza? ¿Qué se esconde en ese silencio?

Los seres humanos venimos al mundo programados. Tenemos en nuestro mapa genético un set de conductas que nos diferencia de otras especies y una serie de emociones y sentimientos que nos hace únicos. Y aquí radica el punto nodal de esta historia.

Nos reímos a carcajadas con nuestros amigos, nos llenamos de felicidad ante alguna noticia esperada, nos sentimos plenos al alcanzar alguna meta, nos abrazamos fuertemente ante la visita imprevista de un ser querido: alegría, sorpresa, risa, júbilo, plenitud, bienestar, felicidad, gratitud, amor, asombro…

Pero el ser humano viene dotado también de uncúmulo de otras emociones con mala prensa, esas mal llamadas "negativas". Podemos sentir ira, tristeza, dolor, angustia, miedo, hartazgo, desesperanza, ansiedad, añoranza, vergüenza, desahucio, etc. Que son tan genuinas como las otras.

Creemos que somos seres libres, sin embargo, sucede la más terrible de las situaciones que a una persona le pueda pasar: sentirse vedado de expresar lo que siente.

Vivimos en una sociedad que desacredita, menosprecia, subestima y ve con malos ojos la expresión de esas emociones "negativas". Es de mala onda estar triste o enojado. Es de débiles (aún hoy) llorar o sensibilizarse. Es infantil tener miedo o vergüenza.

No nos damos el espacio para sentirnos como "humanamente podamos" ante las vicisitudes de la vida, porque nos condicionamos a través de los mandatos sociales que actúan con gran presión, la mirada del otro, lo que creemos que el otro pensara de nuestra reacción o la expresión de algunas de estas sensaciones.

Lo más trágico es que hemos acatado la orden, nos hemos subyugado a la presión social, a la mirada juzgadora y nos hemos callado. Enmascaramos lo que sentimos, lo tapamos, lo omitimos, lo escondemos, lo silenciamos.

"¿Cómo estás? – ¡Todo bien!", respondemos automáticamente. Dejando prisioneras, tras esa frase, un sinnúmero de emociones agolpadas en nuestro interior.

Entonces sucede: horas incansable de trabajo, tiempo derrochado en juegos virtuales, el celular en la mano con las redes sociales a pleno, compras compulsivas, automedicación de psicofármacos, relaciones tóxicas, que implementamos como intento de dar una falsa salida (y por un camino claramente errado), a esas emociones que ahogan.

Cualquier actividad es susceptible de funcionar al modo de una verdadera adicción, dependiendo del modo en que nos relacionemos con ella. Si va a servir para tapar el sufrimiento, la angustia, los dolores del alma; pues el riesgo es latente, porque claramente ese no es el camino, esa no es la puerta de escape, sino un callejón sin salida con tintes peligrosos.

Una cosa es "usar" la tecnología, las redes sociales, ir de shopping, jugar ocasionalmente, seguir la indicación prescripta por el médico de un medicamento, coquetear con otro en los comienzos de una relación. Y otra muy distinta, es cuando comenzamos consecutivamente a programar su aparición, a buscar los espacios para que suceda y sutilmente pasamos a "abusar" de tales conductas, deseando encontrar esa sensación de gratificación pasajera, de alivio temporario y superficial que ese comportamiento me provoca.

El punto es poder diferenciar cuándo se trata de una actividad recreativa, que me dispersa un momento, que me descomprime de las presiones diarias, o cuándo se trata de un hábito que interfiere nuestra relación con la vida de trabajo, con los amigos, con la familia, etc., cuando esto último pasa, es que ya hemos pasado el límite y es tarde….me convertí en un adicto.

¿Cómo precisar el momento en que esto sucede?…. He aquí la trampa de la adicción… es progresiva y sigilosa, se va adquiriendo con el tiempo y se hace permanente… atrayendo toda mi atención y pasando a ser más importante que mi propia salud.

Por eso debemos encender las luces de alarma, para estar atentos a nuestros estados internos, ser sinceros con nosotros mismos, y no dejar prisioneras nuestras propias emociones…

La próxima vez que alguien cercano a vos, te diga, -“Hola, ¿Cómo estás?”… ¿Qué vas a decir? y ¿Qué vas a silenciar?

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24 de junio de 2018 | 12:05
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