opinión

El diccionario según Runno: Debida

Lilita Carrió, los espiritistas, Leonardo Favio, Borges, García Márquez y cómo un simple cabeza de termo arruina la poesía, la magia y la mística arrojando dinero como los militares presos políticos.

Del part. de deber

Llego casi a tiempo a la Escuela Científico Basilio. Es una gran noche, amigos. No siempre invocamos y nos comunicamos con un escritor. Ni siempre han pasado 30 años de su muerte. En general, a la hora de practicar el arte del espiritismo, nuestro grupo prefiere cantantes de tangos, bailarines de fox-trot, algún letrista popular. 

La última vez que recurrimos a un poeta fue Leonardo Favio. La pasamos extraordinariamente bien. Fue antes del ballotage de 2015. Favio se reía, casi resignado. Hasta el semblante era de artista inconfundible. Cantó al final de la sesión, con dos bises, dos hits. Uno de ellos, el último, fue un momento inolvidable, un clásico de aquí a la China. Un jodón del grupo le dijo que era para la jefa. Favio guiñó un ojo, comenzó a cantar y, una vez que terminó, se esfumó. Perdimos la señal. Ya saben que las comunicaciones son un horror en este país.

Ella, ella ya me olvidó

yo, yo la recuerdo ahora

era como la primavera

su anochecido pelo

su voz dormida al beso

La reunión a la que me refiero sucedió anoche. Es que con Borges  tenemos un laberinto en común, uno que me hizo quedar en este país en el 2001, al quebrarse la idea de nación, o mejor, de estado. Y que, con el tiempo, prendió en varias latitudes del mundo: luego llevaron ese mismo diseño al Tigre, frente a la pista nacional de Remo, y a la isla San Giorgio Maggiore, en Venecia. Quizá en breve se haga realidad el de Islandia, otro de los confines adorados por el más grande escritor que haya dado este país.

Nos ha gustado hablar con Borges, invocarlo, caer en sus trampas, en sus ironías, en esas prácticas de magia blanca. Debe haber empezado ahí, creo, esa costumbre de sintonizar la onda con los que están al otro lado del río. Además, también empezó a surgir la telefonía móvil, que ha hecho que hasta el propio Carlos Bianchi, en sus mejores épocas en Boca Júniors, hablase con el mismísimo Dios.

El laberinto de Borges en Venecia se acomoda en un monasterio. La diferencia con el aguantadero de José López, el cabeza de termo, es que este paraje religioso se terminó de construir en 1576. En la iglesia de esta maravilla que aloja a monjes benedictinos se conservan los últimos cuadros que pintó Tintoretto: La Última cena (1592-1594), La recogida del maná (1594) y La deposición (1592-94). 

En General Rodríguez, en cambio, los secretos y reliquias aparentan ser más triviales: monedas en curso de varios países, visitas de católicos ni penitentes ni misericordiosos, sino cínicos y caraduras, paraíso fiscal, lavadero y planchadero, financiera sacra. Dios debería levantar el secreto de sumario allí. 

Apenas nos comunicamos con Borges, la sala en la que estamos reunidos hace silencio sepulcral. Se corta la llamada. Puteamos todos. "¿Vos qué tenés, Movistar?", escucho. "No, me cambié. Estos me dieron 34.765 SMS por semana. Igual, no mando ni uno", responde alguien, en el vértice de la mesa. Ya lo sabemos: los celulares siempre andan mal (hasta el presidente lo sabe: remember, tocayo?).

Les digo que insistamos. Es un día especial. Hace 3 décadas murió en Ginebra. Y hemos hecho un bardo para, justamente, hoy, comunicarnos. Entonces nos agarramos las manos -ya lo dice el profeta venezolano- y le ponemos una fuerza energética que Aranguren queda en el siglo XIX (abrazadito a las acciones de Shell, en fin). El campo magnético que logramos es impresionante, tanto que se cuela la banda de la radio privada de la policía, 752 radios truchas y hasta podemos oír las obras del aeropuerto, pero de San Juan. Pegamos a Borges, again. 

En el silencio de la noche lo oigo, como si estuviera vivo. Está bastante fastidiado. Dice: "Mirá, yo ya pasé hace rato ese asunto de ustedes. Pero resulta que no puedo descansar tranquilo. Me llama Gabriel García Márquez todo el tiempo. Se queja conmigo, que no tengo nada que ver, con esto de la guita volando, con los monasterios como cuevas. Está molesto. Yo no leo los diarios. Nunca los he leído. Y vos sabes", exclama, luego del monólogo. ¿Me habla a mí? 

Lo único que le digo es que tampoco nosotros leemos los diarios, lo que es mentira, pero qué mejor para decirle a un muerto. Le agrego: "Teacher, nosotros no sabemos qué onda con estos tipos. Pero seguro que son peronistas".

Masculla. Lo oímos perfecto. La señal está genial, transparente. Y se ríe: "Siempre van a ser los peronistas". Se ríe. Aprovechamos la pausa. Lo saludamos. Etcétera. Frente a Borges, lo que uno diga, claramente es etcétera. Le pregunto por el Paraíso. "Un bajón", responde, ciego sordo mudo. Ok teacher.

"Gabo me llama. Quiere manifestarme que estos tipos de la década arrojada lo han dejado como un escritor provinciano. O sea: a mí siempre me ha parecido eso. Pero resulta que ahora me encara como si fuera el jefe del Vaticano. Le pasé el número de Bergoglio. Son varios números. Que hable con él", completa.

Las principales religiones nos dicen que es posible comunicarse con los muertos. La Encyclopedia of Religion indica que "la necromancia, es decir, el arte o práctica de invocar mediante la magia las almas de los muertos, es sobre todo una forma de adivinación". Y añade que esta práctica está “muy extendida”. La New Catholic Encyclopedia lo confirma: "la necromancia, en todas sus variantes, tiene una difusión mundial”.

No queremos más bardo. Nos callamos. Es lo que queríamos hablar con Borges. Sobre el otro lado del Gran Mar, de la muerte, de qué fucking asunto estamos hablando. No podemos. Nos habla del realismo mágico. De García Márquez. Es un Borges terrenal, aunque viva allá más allá del cielo. Incluso cita a Noam Chomsky: "Un mundo más desigual es siempre menos democrático".

Respira. O sea: Borges, ya muerto, late, como la Bombonera. Total que nos dice que hablemos con Elisa Carrió. "La doctora, con ella, no me jodan más".

Pienso en Carrió. No es escritora. No es literata. 

"Sabe de laberintos, muchachos. No me jodan más", dice el Teacher.

 Y ahora sí: no recuperamos más la señal, aunque nos abracemos desnudos.

La doctora Carrió. Anoten ese nombre. Borges la susurra. Es ciego, Borges, pero no boludo.

Opiniones (0)
17 de agosto de 2018 | 18:27
1
ERROR
17 de agosto de 2018 | 18:27
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"