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El buen padre fracasa en el intento

En estos días de roles amplios, ambiguos y múltiples. De exigencias, cumplimientos y desafíos, ser padre parece ser un tema difícil de aprender que nos expone ante la impostergable mesa de examen diario.

El buen padre fracasa en el intento


La idea de ejercer el verdadero rol, transciende ampliamente la frontera de lo biológico, en las diversas formas de cultivar un vínculo paterno. Tanto hacia lo positivo como a lo negativo. Padres por elección, que se juegan el corazón en ese vínculo, que ponen el cuerpo, el alma y la devoción por ese ser. Que duermen poco… que sueñan mucho, que hacen todo y de todo. Padres que se sumergen en la duda y en el replanteo de estar haciendo bien las cosas. Pero tienen la fuerza de superación incesante.

También están los otros padres, los que no lo eligen,los que reniegan de ese lugar, los de la distancia, la frialdad y la excusa. Los que “no tienen tiempo”, como si con cierta exclusividad para ellos, el día tuviese menos de 24hs. Padres que ponderan otros menesteres, que priorizan otras actividades, que relegan su rol, por propia elección. Desligándose (como si se pudiera) del impacto que esto genera en sus hijos. Esos silencios y esas ausencias, dejan secuelas. Ser padre es siempre y para siempre. Uno no puede “jugar” a serlo de a ratos, cuando le conviene o cuando le es cómodo. En un intento de poner “pausa” en el crecimiento y las necesidades de sus hijos.

Seguro todos acordamos que nadie tiene un Manual para saber ser buen padre.

Y es literalmente así. No sólo no hay manual, sino que nadie dijo que había que saber, simplemente porque no hay un único modo de serlo. Por eso mismo es que creemos que es cosa de valientes, de corajudos, de atrevidos que desean aventurarse sin si quiera conocerse en esa actividad. Porque esa es la aventura, si bien, debe ser una aventura responsable.

¿Cómo puedo saber si seré buen padre sino hay ensayo previo? Para ser padre hay que tener el valor de tirarse sin paracaídas, de hacerse en el instante, de no tener la más mínima idea. Porque implica la certeza absoluta de fallar, de equivocarnos. Supone fracasar en el intento y seguir intentando. Pero no todo está mal. Porque aquí es donde nace el verdadero padre. Donde surge y se crea a sí mismo. En la única y más potente forma de lograrlo: sometiéndose a un aprendizaje constante.

El error de muchos es creerse el“saber ser padres”. La fatal idea de creérselas, como si existiera la verdad única. ¡Imposible!¿Y por qué? Porque el encastre que me define como padre me lo da ese hijo que tengo frente a mí, nada de lo que puedo llegar a imaginar saber de este rol, lo sería, sin mi hijo que me hace nacer como padre. Y además cada hijo es diferente y cada crianza tendría que apuntar a esa distinción y a ese nuevo renacer como padre. Porque nunca, jamás, los padres son los mismos. Porque cuando un padre aprende a duras penas el oficio, ese hijo creció y pasó a otra etapa. Desde el mero paso del tiempo, hasta la experiencia de haber criado otro hijo.Lo que aprendió ya es anacrónico, de la época anterior. Y el aprendizaje comienza nuevamente. Otra vez me encuentro sin saber,una vez más la aventura ante mis ojos, que me depara esta nueva etapa o este nuevo hijo.

Ahora, reflexionemos un momento sobre lo siguiente: ¿Nuestros hijos pidieron venir a éste mundo? Definitivamente no. Fue nuestro deseo y anhelo. Algunos tampoco deciden abiertamente convertirse en padres desde un lugar planificado, pero corresponde hacerse cargo de la responsabilidad de nuestros actos. Ser padres no se reduce al acto de dar vida, sino de modelar esa vida, en un ejercicio que se da en el devenir. Haciéndonos cargo de tamaña decisión, de lo que conlleva el hecho de la existencia de otro, que carece de todo y que depende de nuestra presencia.

La mayoría de los padres se jactan de amar a sus hijos y amar significa cuidar. Y cuidar se relaciona con estar disponible, dispuesto, atento, al alcance. Tiene que ver con estar, participar, hablar y compartir. ¿Suena obvio? Pues no lo es. Al menos en la práctica.Tenemos la falsa creencia que “no hace falta tanto” o que en verdad “cumplimos” con la obviedad. Y si no, tenemos excusas perfectas, que apañan la idea de estar “ocupados”, “haciéndolo por él”, en un intento fallido de pasar factura, generar culpa o simplemente autojustificarnos.

Pero Señores Padres, ésta hazaña lleva el sello indeleble de la presencia constante. Atesora la necesidad imperiosa del acompañamiento cotidiano. Requiere del profundo compromiso con la frustración ajena (y la propia). Pide la imborrable marca de las experiencias compartidas. Y habla por nosotros aun en nuestra despedida. Si así ha de ser, seguramente nuestro hijo dirá, ya en nuestra partida… gracias viejo, por la vida que me diste, por el amor que me brindaste y por las eternas horas compartidas, ¡Feliz día, PAPÁ!

Lic. Carina Saracco y Lic. Mauricio Girolamo

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23 de julio de 2018 | 09:07
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