opinión

La dimensión desconocida

La dimensión desconocida

 Las elecciones presidenciales americanas están en un lugar francamente extraño.

En el lado demócrata, el partido sigue aún hoy con la pantomima de las primarias, por mucho que Bernie Sanders no tuviera ninguna posibilidad de alcanzar la nominación desde hacía meses. Hillary Clinton alcanzó la mayoría de delegados ayer de forma oficiosa; los resultados de hoy en California, Nueva Jersey, Montana, Nuevo México, Dakota del Norte y Dakota del Sur son irrelevantes. Incluso sin superdelegados, Bernie necesitaría ganar en todas partes por más de 40 puntos para superar a su rival. Clinton le saca tres millones de votos, y ha sido la justa ganadora de unas primarias que se han alargado lo indecible porque Sanders lleva dos meses rehusando a aceptar su derrota.

Mañana nadie prestará demasiada atención a los resultados (Clinton ganará en Nueva Jersey y Nuevo México, y Sanders como mucho empatará en California y se llevará Montana y las Dakotas); Sanders, por mucho que hable de llegar hasta la convención, seguramente abandonará dentro de unos días.

En el lado republicano… bueno, es realmente difícil describir lo que está sucediendo en el lado republicano. Trump tuvo un ligero repunte en las encuestas (llegando a empatar con Hillary, con un par de sondeos dándole una minúscula ventaja) cuando alcanzó la nominación, pero desde entonces su campaña presidencial se ha metido en un temporal constante que parece haber desorientado tanto al candidato como al partido.

Todo empezó con la Trump University, un tema que ya salió durante las primarias pero que los oponentes de Trump fueron incapaces de explotar. El partido demócrata en general y la campaña de Hillary Clinton en particular, sin embargo, no está lleno de inútiles incapaces de hacer opposition research (léase: cavar mierda sobre el contrario) como Dios manda, y se han lanzado a atizarle de lo lindo hasta sacarle de sus casillas.

¿Qué es esto de Trump University? Resulta que hace unos años Donald Trump decidió crear un “instituto” para ofrecer seminarios y cursillos de pago sobre cómo invertir en el mercado inmobiliario. Esto era allá por el 2006, justo antes del estallido de la burbuja; un momento maravilloso para montar un negociete de este estilo. Si el timingya era delirante, resulta que Trump montó el cursillo con unos tipos que eran prácticamente timadores profesionales en el negocio de seminarios para hacerse rico que proliferan por las cloacas del capitalismo americano. Todo el tinglado resultó ser un pufo delirante diseñado para sacar tanto dinero como fuera posible a los incautos que se apuntaran.

Como esto es Estados Unidos, alguna de las víctimas decidieron llevar a Trump a juicio para recuperar su dinero. Resulta que a Donald le gusta meterse en pleitos más que nadie en este mundo, así que en vez de devolverles su dinero y santas pascuas, apostó por litigarlo hasta el final. Esto quiere decir ir a juzgados, tener que dar documentos y hacer pública toda la documentación de la empresa, algo que resulta ser muy, muy mala idea cuando los manuales para sus “instructores” detallan de forma explícita como sablar a los clientes a consciencia.

Esto sería malo ya de por sí en una campaña presidencial medio normal; es bastante increíble que el partido republicano haya escogido a alguien que tiene un pleito creíble por fraude. De forma un tanto inexplicable, sin embargo, Trump se las ha arreglado para empeorar las cosas.

Desde hace una semana el bueno de Donald lleva metiéndose con el juez del caso, diciendo que está sesgado contra su persona porque es “mejicano”. Bajo la lógica de Trump, el hecho que él defienda construir un muro en la frontera con México hace que el magistrado no pueda ser imparcial, y por los tanto todo el caso es un timo enorme. El pequeño problema es que el juez Gonzalo Curiel nació en Indiana, y es un tipo con una larga carrera judicial, incluyendo investigaciones contra el narcotráfico como fiscal de distrito.

Trump, en vez de callarse o enmendar sus palabras, se lanzó en varios mítines a insistir que Curiel le tiene manía porque es latino, insistió repetidamente en una entrevista en CNN que ningún juez con ese origen étnico puede juzgarle imparcialmente, y acabó por completar el desaguisado diciendo en entrevistas posteriores que un musulmán tampoco podría hacerlo. En un alarde de comunicación política espantosa, una comentarista de su equipo añadió mujeres a la lista, antes que se filtrara una llamada interna de la campaña donde Trump pedía al partido republicano que atacara a los periodistas que han criticado este delirio, diciendo queellos son los verdaderos racistas.

Pararos a contemplar el espectáculo: candidato presidencial acusado de fraude critica al juez con insultos básicamente racistas (o como mínimo profundamente antiamericanos), extiende dudas sobre la lealtad de no uno sino dos grupos étnicos, y envía a parir a todos los periodistas del país en el proceso. La reacción del partido republicano, casi en bloque, ha sido de estupor, con políticos intentando esconderse de cualquier micrófono o criticando abiertamente a su candidato a la presidencia por estas declaraciones. Con Hillary volviendo a recuperar terreno en las encuestas, el GOP está descubriendo ahora (no es que sean muy listos, no) que posiblemente han nominado un tipo abiertamente racista como candidato a unas elecciones presidenciales y que no tiene ni idea sobre lo que está haciendo.

Todo indica que esto sólo es el principio: dos fiscales generales estatales que estabaninvestigando a Trump University retiraron los cargos tras recibir donaciones de la Fundación Trump o empresas asociadas. La noticia, a buen seguro, es fruto del trabajo de investigación de la campaña de Clinton, e indica que Trump a partid de ahora va a estar recibiendo ataques constantes de cualquiera de sus decenas, cientos de negocios de aquí a noviembre.

El problema es que este no es el peor escándalo en que va a meterse Trump, y desde luego, no es el último desastre de comunicación política que va a salir de su campaña. Estos días han salido multitud de noticias hablando sobre la minúscula, disfuncional y completamente amateur campaña de Trump, con mensajes contradictorios, nula capacidad para recaudar dinero, cero disciplina de mensaje y total falta de preparación para responder a ataques. Normalmente esta clase de historias aparecen a finales de una campaña, cuando un candidato está obviamente a punto de perder, no antes de que empiece la historia. La falta de reacción ante ataques demócratas, sin embargo, sugiere que no están exagerando.

Si os fijáis, todos estos errores han sido cometidos por Trump en solitario, sin que Hillary salga en la historia. El otro problema es que Clinton, en contra de lo que hicieron los rivales del GOP en las primarias, si sabe como atizarle. El jueves pasado la candidata demócrata lanzó un discurso lleno de ataques contra su Trump. Hillary es mucho mejor atacando que defendiendo, y a Trump le tenía ganas. De forma incomprensible, nadie en la campaña de Trump tenía una respuesta preparada; Trump mismo sólo criticó que utilizara un teleprompter en Twitter. Algunos observadores han señalado que la diatriba contra el juez latino que lanzó Trump en su discurso ese mismo día por la noche era una extraña táctica de distracción para que no se hablara de Hillary. En vista de la incompetencia general de estos días, casi que me lo voy a creer.

Por supuesto, el festival del humor que ha sido la campaña esta semana no quiere decir que todo ha terminado y que Trump será apisonado de forma inevitable en noviembre. Clinton es y será la favorita, pero no me sorprendería que los líderes del GOP impongan a Trump algo de orden, o al menos construyan una estructura paralela a su campaña que tenga algo parecido a un equipo profesional de comunicaciones. Y a ver, simplemente nadie puede tener una semana así de mala repetidamente durante meses y meses. Aunque sea por casualidad, Trump va a decir menos tonterías en el futuro.

Aún así, también dicen que Trump va a fichar como asesor a Dick Morris, uno de losmayores idiotas en este negocio en tiempos recientes. Quizás no tiene remedio.

(*) Roger Senserrich es politólogo y coeditor de Politikón. Leé más de su autoría haciendo clic aquí.

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23 de julio de 2018 | 09:05
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