opinión

¿Hasta que la muerte nos separe?

¿Hasta que la muerte nos separe?

¿HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE?

- Fernanda, ¿Aceptas por esposo a Juan y prometes serle fiel, en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?

¡Qué momento!

Rebobinemos cual cassette VHS de los casamientos de no hace mucho tiempo atrás, y pongamos slow motion (cámara lenta). "Promete", del verbo prometer: obligarse a hacer, decir o dar algo. Asegurar la certeza de lo que se dice. Dar muestras de que será verdad algo. (Real Academia Española).

¿Realmente podemos dar fe de nuestros actos y sentimientos futuros? ¿Tenemos la "bola de cristal" en la que nos vemos en un futuro, fidedignamente tal y como hoy prometemos? ¿Podemos determinar en éste instante -presente obvio- las decisiones y los caminos que tomaremos ante las adversidades de la vida? ¿Y qué haré si un día el amor se desvanece como arena entre mis manos?

Cuántas preguntas… y seguro hay muchas más, que no tienen respuesta concreta.

Pero vamos al grano. Cuando uno se casa, lo hace, al menos primariamente por amor. Porque amo a mi pareja. Porque quiero ya no sólo la exclusividad del noviazgo, sino el compromiso manifiesto, verbal, atestiguado y legal, de que estamos deseosos de compartir el techo, los proyectos y más tiempo juntos. Tolerando desventuras del camino, los tropiezos y las piedras a sortear. Las diferencias y los imposibles.

Vamos más allá. Decimos: "¡Sí, quiero!" Convencidos de lo que sentimos. Pero de lo que sentimos hoy, en esa expresión que es puro presente. Hoy, por el amor que siento, estaría "deseando, anhelando, proyectando" que éste presente que siento, se sostenga y crezca, conforme la flecha del tiempo nos vaya atravesando.

Pero NO. No es verdad. No puedo "prometer" en su sentido más estricto. No es cierto que pueda dar fe segura y garantida, y jurar sentencia si así no lo hiciere. ¿Quién estaría dispuesto a semejante desafío? Vamos ¿quién puede jurar amor eterno? Amigos, el amor incondicional, eterno y puro está exclusivamente reservado para la relación entre madres/padres e hijos. La incondicionalidad es patrimonio de estos vínculos, porque son vínculos únicos. Estas relaciones son indisolubles, eternas y no elegibles.

El amor conyugal es un amor con condiciones, un amor jugado, riesgoso, abismal y hasta nos atreveríamos a decir osado. Sin red de contención ante la caída imprevista. El amor que nada sabe de los caprichos del destino (ni del otro). Y no es que no podamos obrar sobre él. Claro que sí. Podemos surfearlo mientras la ola afectiva esté presente. Podemos trabajar sobre él, mientras se mantenga vivo. Cuidarlo y reanimar la llama que lo calienta. ¿Pero qué hacemos con esto que "debe y tiene" que durar hasta que la muerte nos separe, cuando ese sentimiento fundamental ya no está? ¿Hay que seguir hasta que el fin mismo de la vida diga basta?

En todo caso, ¿hasta que la muerte (de qué o de quién) nos separe? ¿Es la muerte física la que define esta controversia? Respondiendo según nuestro criterio, hasta la muerte misma del amor, esencia primordial pero no única. Hasta el fin del respeto incólume, vital, de la existencia de a dos, de los acuerdos básicos sostenedores de tal vínculo. Sin ellos, estimados, literalmente no hay pareja. Si el amor muere, aun viviendo juntos, durmiendo en la misma cama, comiendo en la misma mesa, esa pareja….ya murió.

Lic. Mauricio Girolamo – Lic. Carina Saracco

Licenciados en Psicología

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20 de junio de 2018 | 13:11
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20 de junio de 2018 | 13:11
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