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La Tierra se queja, y pide paz

La Tierra se queja, y pide paz

Discurso del Premio Nobel de la Paz Oscar Arias Sánchez en la FAO, para presentar el "Consenso de Costa Rica":

Amigas y amigos:

Quisiera agradecer a don José Graziano da Silva, Director General de la FAO, su atenta invitación para dirigir unas palabras esta mañana. Me satisface enormemente porque siento una gran afinidad y una gran sintonía con los valores y principios que la FAO promueve, y porque creo firmemente que es en estos valores y principios donde residen las claves más profundas para hacer posible una convivencia humana civilizada.

Quiero especialmente agradecerle porque este encuentro me permite volver a Italia. A esta Roma la eterna que me recibe de nuevo. Aquí reside el testimonio de la humanidad. Aquí se condensa el signo de nuestra especie. Aquí resuena el discurso del Senado, la traición de Bruto, el verso de Virgilio. Aquí se siente el terror de las invasiones bárbaras, la fe del cristianismo, el resplandor del Renacimiento. Todo lo humano tiene cabida en esta metrópoli. Por eso vale la pena hablar en Roma de la paz. Porque, como pocas ciudades en el mundo, Roma ha oscilado con el péndulo entre la concordia y la guerra. Por eso he venido a hablar de dos extremos del péndulo de la convivencia humana: por un lado, la guerra y la crisis alimentaria, y por el otro, la aprobación del Tratado sobre el Comercio de Armas, o ATT, por parte de las Naciones Unidas.

En un extremo del péndulo tenemos que nuestra historia ha sido marcada por la visión de escenarios dantescos. De guerra en guerra, de destrucción en destrucción, hemos contado los años y las décadas, a partir de los horrores que las guerras continuas nos iban retratando. Nuestra memoria histórica guarda imágenes de aniquilación absoluta, las imágenes de la guerra entre los seres humanos.

Pero la humanidad atestigua hoy el surgimiento de una nueva visión dantesca, una que constituye, más bien, una previsión: la que nos retrata la guerra entre los seres humanos y la naturaleza. Un desierto cuyas extensiones son imposibles de vislumbrar, con tierra resquebrajada que no se puede pisar a causa de las infernales temperaturas. Un mundo cuya paleta de colores, hasta ahora infinita, se reduzca a una escala de grises y cafés oscuros. Un aire enviciado, imposible de respirar.

No estoy describiendo el Apocalipsis, sino, sencillamente, el mundo que nos espera si no cumplimos con el acuerdo de paz con la naturaleza recientemente aprobado en París, y no eliminamos las fuerzas que lo destruyen.

Las guerras del hombre contra el hombre son las que más destruyen nuestra naturaleza. La guerra no sólo pone en peligro a las poblaciones, sino que también materializa una gigantesca agresión contra el medio ambiente. Las fuerzas militares son el mayor contaminador del planeta. Aun en tiempos de paz, producen más emisiones de dióxido de carbono que cualquier otra actividad humana. Si la situación en tiempos de paz es impresionante, las catástrofes ambientales causadas por la guerra son aterradoras. Los agentes contaminantes, algunas veces radiactivos, vertidos por las fuerza armadas en los campos y sembradíos dejan los terrenos totalmente improductivos, y las cosechas tradicionales de productos agrícolas y marinos resultan inapropiadas para el consumo humano, aumentando así la inseguridad alimentaria. Esto hace que la contaminación de la tierra natal de los habitantes se vuelva inhabitable y obliga a sus pobladores a abandonarla.

La combinación entre guerra, inseguridad, pobreza, falta de oportunidades y hambre es lo que ha motivado las mayores crisis migratorias que hemos observado en los últimos años. La pobreza y el temor no necesitan pasaporte para viajar. No requieren sellos, ni visas. No los detienen muros, ni cercas electrificadas.

Debemos encontrar soluciones para detener la batalla sin fin de la especie humana. Debemos hacerlo porque la tierra se entristece, porque la tierra se contamina, porque la tierra se lamenta cuando ya no puede producir alimentos. Sí, la tierra se queja y pide paz, paz en todas sus formas.

En muchas de las regiones del mundo, tan sólo hace unas décadas la paz significaba la ausencia de guerra. Sin embargo, hoy podemos corroborar, con tormentosa claridad, que la ausencia de guerra no quiere decir, automáticamente, la consolidación de la paz. No podemos decir que los pueblos viven en paz, en un escenario post-conflicto, mientras no erradiquemos las muchas formas de violencia que aquejan a esta tierra que se debilita día con día: la violencia que mata de golpe con un arma, y la violencia que mata poco a poco de hambre; la violencia que mata de golpe con una bomba, y la violencia que mata poco a poco con las emisiones de carbono; la violencia que mata de golpe a miles de personas por enfermedades prevenibles, y la violencia que mata poco a poco por la falta de vacunas. Es violencia también que existan lugares donde pueden producirse alimentos, pero que no tengan el capital requerido para hacerlo. Hay, en otros casos, gobiernos que les pagan a sus agricultores para que no siembren. Hay lugares en el mundo en el que los conflictos civiles, cada vez más extensos y sangrientos, dañan la agricultura, enferman los animales y se desabastece la producción de alimentos, lo que provoca el saqueo de cosechas y de ganado causando la inseguridad alimentaria de sus pueblos. Esto, y el fracaso en la resiliencia de la seguridad alimentaria en una gran cantidad de países no es otra cosa más que violencia.

No debemos menospreciar la monumental complejidad del problema de la violencia que aqueja a la humanidad. Debemos hacer algo para resolverlo porque no hacer nada es la mejor manera de empeorar las cosas. Tal como lo dijo Edmund Burke hace más de dos siglos, y como nos lo recordó en nuestros tiempos Martin Luther King, Jr.: “Lo único que hace falta para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada”. Es hora de actuar. No podemos sentarnos y esperar a ver el resultado de la inercia colectiva, como si fuéramos espectadores de una tragedia shakesperiana. Debemos luchar una y otra vez y todos los días por proteger el medio ambiente, reducir los conflictos armados y aprovechar las exitosas experiencias de la FAO en favor de la agricultura y la seguridad alimentaria para consolidar la paz. En fin, debemos poner en práctica aquello que constituye el corazón de la Agenda 2030 porque, en efecto, no puede haber desarrollo sostenible sin paz, ni paz sin desarrollo sostenible.

Puse en este extremo del péndulo el primer poema de la literatura occidental. Un poema de guerra. Pero nadie ha escrito todavía el último poema del planeta. Nadie puede llamarse historiador del fin de nuestra especie, nadie puede llamarse cronista de nuestros últimos días. Todavía nos queda tinta en el tintero, y tenemos que decidir qué describiremos con ella: si describiremos un escenario desértico, en donde la muerte haya sido coronada reina; en donde el hambre se nos presente cual tercer jinete del apocalipsis o si describiremos la vida, el agua, el pan, la salud, el aire y la savia. Tenemos que decidir si escribiremos un último poema de guerra, o si escribiremos, por fin, el poema de nuestra paz y nuestra seguridad alimentaria.

Estoy convencido de que éste será el poema que vamos a escribir porque también estoy convencido de que no estamos condenados a un destino de destrucción. Encerramos también el potencial de la vida. Albergamos el poder de la razón y la fuerza del diálogo. Tenemos la capacidad, única entre las criaturas de la naturaleza, de razonar, de rectificar y de transar.

Un ejemplo de ello es el segundo punto que hoy quería mencionarles al otro extremo del péndulo entre la paz y la guerra: el Consenso de Costa Rica y la firma del Tratado sobre el Comercio de Armas, aprobado por una abrumadora mayoría en el seno de las Naciones Unidas.

Durante mi segundo gobierno dimos a conocer el Consenso de Costa Rica. Una iniciativa ideada para crear incentivos para reducir el gasto militar. Es una iniciativa mediante la cual se crean mecanismos para perdonar deudas y apoyar con recursos financieros internacionales a los países en vías de desarrollo que inviertan cada vez más en protección del medio ambiente, educación, salud y vivienda para sus pueblos, y cada vez menos en armas y soldados. Esta es una idea que nos puede ayudar a garantizar la seguridad alimentaria de muchos pueblos. Sin embargo, es una idea a la que aún no le ha llegado su hora.

Pero a la idea que sí le llegó su hora fue al Tratado sobre el Comercio de Armas. Durante mi segundo Gobierno, en conjunto con la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano, impulsamos ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el texto de este tratado que prohíbe la transferencia internacional de armas cuando exista evidencia de que serán empleadas para cometer atrocidades, genocidios o crímenes de lesa humanidad; o cuando haya indicios claros de que serán usadas para alterar el desarrollo sostenible, violar los derechos humanos o el Derecho Internacional.

El Tratado sobre el Comercio de Armas entró en vigencia en el año 2014 y hace casi un año, el 25 de agosto, nos reunimos por primera vez los representantes de los países que ya habíamos ratificado el Tratado para enviarle al mundo un mensaje. No un mensaje de guerra, sino un mensaje de paz. Era un mensaje que decía que ese día, 72 países habíamos ratificado el Tratado sobre el Comercio de Armas y que por esa razón habíamos encendido una hoguera en la cima de la montaña más alta de nuestros países como una señal de victoria, como un triunfo de la diplomacia frente a la violencia. Yo fui invitado a participar por haber puesto la primera chispa en el fuego que, al día de hoy, arde en las hogueras de 82 países. La luz que brilla en esas hogueras es un compromiso con un marco regulatorio que desde hace mucho tiempo necesitábamos. Esta es una luz que con el paso del tiempo cambiará al mundo y salvará millones de vidas.

Cuando en 1997 comencé un largo recorrido promoviendo un Código de Conducta sobre la Transferencia de Armas, jamás imaginé que mis ojos verían los frutos de este peregrinaje. Lograr que los 48 países que faltan ratifiquen el Tratado es urgente porque tenemos en nuestras manos lo más frágil y sagrado que nos ha sido confiado como líderes: la vida humana. No podemos desperdiciar esta valiosa oportunidad que tanto nos ha costado alcanzar, porque el mayor honor que cualquier persona puede desear es ser recordado por haber sido parte de los albores de un mundo mejor, por haber iniciado una nueva era en la que ya no invirtamos más en armas y soldados, y sí en paz y seguridad alimentaria.

Amigas y amigos,

Hoy le pido a la FAO apoyo en medio de esta cruzada milenaria por inclinar el péndulo de la historia hacia el lado de la paz y la justicia. Impulsar iniciativas como el Tratado sobre el Comercio de Armas y el Consenso de Costa Rica, son formas de demostrarle a aquellos habitantes de la era de Augusto y de Adriano, que somos capaces de aprender, que somos capaces de rectificar, que somos capaces de avanzar, que no estamos obligados a oscilar por siempre entre la agonía y el éxtasis, que es posible conquistar el imperio de las almas y construir un reino de paz sobre la Tierra.

Muchas gracias.

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21 de junio de 2018 | 14:13
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