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Cuidado con los perros hurgadores de diamantes

Cuidado con los perros hurgadores de diamantes

 En el suroeste de Arkansas, escondido en las estribaciones de las Montañas Ouachita, se puede encontrar uno de los pequeños parques más peculiares del país. A simple vista, el parque parece ser poco más que un campo arado bordeado por un bosque ralo en el que se destacan una gran piscina pública y una enorme estructura algo así como un granero envainado en un revestimiento de lata oxidada. Si vas en coche de camino a Murfreesboro o al mucho más espectacular barranco de Little Missouri River unas cuantas millas más allá, seguramente lo pasarías de largo.

No obstante este pedazo de tierra aparentemente común y corriente fue designado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) como una de las más importantes áreas naturales del mundo. La característica que llamó la atención de los naturalistas de la UICN era una estructura geológica llamada chimenea volcánica, una clase de conducto subterráneo bajando por la corteza continental superior hasta una cámara magmática en plena ebullición. La chimenea volcánica es algo raro. Se conoce la existencia de pocas en Norte América. Y estos conductos que llegan hasta la superficie de la tierra trasladan objetos todavía más raros formados en los fondos ctónicos: diamantes. Y no son unos diamantes cualquiera sino diamantes de lamproita, muy valorados por su tamaño, transparencia y escasez (un 98% de los diamantes en el mundo son de kimberlita). De ahí el nombre de este pequeño parque: Crater of Diamonds (Cráter de Diamantes).

Un día de verano en el año 1906, un agricultor de maíz, John Huddleston, estaba arando sus campos con un par de mulas, cuando vio dos pepitas de cristal destellantes descubiertos en un surco. Estas dos piedras resultaron ser los primeros diamantes hallados fuera de Sudáfrica. Huddleston rápidamente vendió una participación de su granja a lo que se llamaba en aquellos tiempos un concern (una firma), es decir un grupo de fulanos inversores de Little Rock encabezado por un banquero masticapuros de nombre Sam Reyburn.

Durante los siguientes meses se cavaron trincheras, se completaron estudios topográficos y se hicieron agujeros. Encontraron algunos diamantes (aproximadamente dos quilates por 100 toneladas) pero no suficientes como para justificar el coste de minarlos. Ya en 1908, el campo de diamantes escarificado se plantaba y se araba de nuevo, escupiendo un diamante o dos de vez en cuando.

Y así seguía durante más de treinta años, hasta que el estallido de la Segunda Guerra Mundial cambió las cosas. La búsqueda de diamantes, esencial para el desarrollo de los nuevos sistemas armamentísticos, se volvió una prioridad para el Pentágono. El Departamento de Defensa se hizo con el control de la finca en 1940 y comenzó una labor intensiva de extracción de diamantes. Pero una vez más el cráter de Ouachita decepcionó a los buscadores de diamantes. Hasta para las normas de contabilidad tan elásticas del Pentágono los costos laborales resultaron ser desorbitados.

En 1951 el Pentágono se libró del Cráter y durante los siguientes veinte años varios empresarios de la industria turística intentaron transformar el lugar en un punto turístico, cobrando a los visitantes unos cuantos dólares al día para que pudieran probar su suerte tamizando la tierra en la búsqueda de diamantes. Todas estas empresas terminaron en fracaso y, en 1972, el gobernador progresista de Arkansas, Dale Bumper, adquirió toda la finca de 324 hectáreas pagando menos de $2.500 la hectárea y la transformó en el Crater of Diamonds State Park, un sitio aletargado y apartado donde los turistas podían tranquilamente buscar diamantes en los antiguos campos de maíz.

Luego apareció Bill Clinton. En 1986 a Clinton se le presentó al magnate minero canadiense, Jean-Raymond Boulle. El hombre que puso en contacto a Clinton con Boulle era el mismo James Blair, amañador legendario de Little Rock y el abogado de Tyson Foods que aconsejó a Hillary Clinton durante sus milagrosas aventuras en el mercado de futuros con las que hizo un rápido negocio redondo cuando transformó una inversión de $1.000 en $100.000 de beneficios. Boulle tuvo una propuesta para Bill Clinton. Quería recomenzar a explotar la mina en el viejo sitio de Ouachitas pero necesitó la ayuda del gobernador para obtener exención de las normas que prohibían la minería en los parques estatales. A cambio Boulle ofreció establecer su nueva empresa Diamond Fields en Arkansas y ubicar la sede en Hope, la ciudad natal del gobernador.

El trato se cerró con condiciones principalmente negociadas por elconsigliere veterano de Clinton, Bruce Lindsay, posterior presidente de la Fundación Clinton. Este acuerdo sórdido a puerta cerrada sentó un precedente que Clinton, ya como presidente, seguía implacablemente, ofreciendo furtivamente el patrimonio común para que pudieran explotarlos las empresas privadas vinculadas financieramente con la Administración.

En el trasfondo de esta historia secreta merodeaba un magnate financiero canadiense, un tal Frank Guistra, propietario de 60.000 acciones de Diamond Fields. Con los años, Clinton y Guistra se hicieron muy amigos. Clinton viajaba por el mundo en el jet privado de Guistra, negociando tratos desde Kazakstán hasta Moscú. Y Guistra le devolvió el amor con un donativo de más de $30 millones a la Fundación Clinton.

Hillary también sacó provecho. La noche del primero baile inaugural de los Clinton, la primera dama se presumió orgullosa de un regalo del antiguo equipo de Diamond Fields, un anillo de un diamante de 3,5 quilates del cráter de diamantes.

¿Y qué pasó con el viejo John Huddleston, el hombre antes aclamado como el Rey de Diamantes de Arkansas? Murió indigente y fue enterrado en una fosa común a dos millas de su cráter refulgente.

¿La moraleja de esta historia? Se hunde la gente, un gran porcentaje, pero los Clinton se enriquecen con su pillaje.

(*) Jeffrey St. Clair. Editor de CounterPunch. Su libro más reciente es Killing Trayvons: an Anthology of American Violence (con JoAnn Wypijewski y Kevin Alexander Gray). Fuente: Counterpunch, vol. 23, num. 2, 2016 Traducción:Julie Wark. Fuente: sinpermiso.info

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18 de junio de 2018 | 00:11
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