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La globalización del capital, la muerte y los impuestos

La globalización del capital, la muerte y los impuestos

Inglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión destructora por un lado y regeneradora por otro. Tiene que destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en Asia.

(…) Los ingleses fueron los primeros conquistadores de civilización superior a la hindú, y por eso resultaron inmunes a la acción de esta última. Los británicos destruyeron la civilización hindú al deshacer las comunidades nativas, al arruinar por completo la industria indígena y al nivelar todo lo grande y elevado de la sociedad nativa. Las páginas de la historia de la dominación inglesa en la India apenas ofrecen algo más que destrucciones. Tras los montones de ruinas a duras penas puede distinguirse su obra regeneradora. Y sin embargo, esa obra ha comenzado.

Futuros resultados de la dominación británica en la India

¿Disciplina la globalización la capacidad de gasto e imposición de los Estados? La respuesta para la mayoría de la gente parece ser que sí y que, como la muerte, la competencia fiscal y la globalización son inevitables y dramáticos. En este artículo intentaré convencer al lector de que la respuesta no está tan clara y que el alarmismo probablemente no está justiciado.

Si el lector piensa lo contrario, está en buena compañía. Como ilustra la cita del principio, algunos de los mejores científicos sociales de la historia han atribuido efectos dramáticos (dramáticamente optimistas, como en la cita, o dramáticamente pesimistas) a los fenómenos de internacionalización de las relaciones económicas. Hoy la movilidad del capital parece haber aumentado drástricamente el poder fiscalizador de las empresas en detrimentos de los trabajadores. La amenaza de las deslocalizaciones parece estar detrás de las rebajas salariales. La predicción parece ser que antes o después todos convergeremos hacia tener impuestos y un estado de bienestar como el de Panamá. Algo interesante de este relato es que es mantenido por gente en polos opuestos del espectro político. La versión de izquierdas la conocemos todos: lo deseable es perseguir los paraísos fiscales, poner barreras al movimiento del capital. Ese es el gran desafío si queremos que las políticas redistributivas sigan dependiendo de la democracia. La versión de derechas tiene una curiosa pretensión de sofisticación: la capacidad del capital de “votar con los pies” restringiría el poder del gobierno para abusar de su poder impositivo, con el efecto de obligarle a gastar menos (dado que ya es muy grande), gastar mejor (para poder atraer inversiones).

Algo chocante de este relato es que muy poca gente cuestione su verosimilitud y el conjunto de premisas sobre los que se apoyan: para bien o para mal, la famosaglobalización lo cambia todo. Hoy quiero presentar aquí un par de artículos que relativizan esta idea.

Empezaré por una dimensión teórica que exponen Cai y Treisman en un artículo de la American Economic Review de 2005. Aunque el resultado es muy neto si uno mira las matemáticas del artículo, aquí intentaré prescindir de ellas de ella contando una pequeña historia. El lector deberá elegir entre darme un pequeño voto de confianza respecto a la coherencia lógica del resultado, o leer el artículo original- estrategia, esta última, que recomiendo encarecidamente.

¿En qué se basa la idea de la convergencia en los impuestos sobre el capital? Pensemos en dos países, Babel y Abdel. Cada país es idéntico en todas sus características salvo en lo que respecta a los impuestos y otros rasgos que podemos llamar “gasto en infraestructuras” (pero que puede ser cualquier efecto que mejore la rentabilidad de las inversiones). Si los dos países son idénticos y eligen sus impuestos y su gasto en infraestructuras al mismo tiempo entonces Cai y Treisman muestran que dependiendo de si el capital es movil o no, obtenemos los dos resultados que suelen tener en mente los defensores y detractores de la competencia fiscal: con competencia fiscal tenemos un equilibrio con impuestos/gasto bajos, sin competencia uno en el que gastan (relativamente) más en otro tipo de gastos y en ambos casos es simétrico.

Quid, sin embargo, si las características de los dos países son distintas? Partiendo una situación de movilidad perfecta, imaginemos que los habitantes de Babel sufren una maldición divina y empiezan todos a hablar lenguas distintas, con la consiguiente pérdida global de productividad de la economía. De esta forma, el capital intentará volar a Abdel, dónde los trabajadores son más productivos y, dada la presión fiscal, las inversiones son más rentables. En el modelo, esto solo puede ocurrir hasta cierto punto: cada unidad de capital en Abdel empujaría hacia arriba los salarios (con una mano de obra fija) y reduciría las oportunidades de negocio (por el hecho simple de que las más rentables son las primeras en desaparecer), así que la fuga de capitales no será total.

¿Qué debería hacer el gobierno de Babel? Desde su punto de vista, existe dos fuerzas que lo empujan en sentidos contrarios. Por un lado, podría reaccionar haciendo el entorno de negocios más atractivo: reducir los impuestos, invertir en infraestructuras. Este “efecto competencia” como lo llaman Cai y Treisman, es el que empuja a la convergencia. Sin embargo, otra opción para el gobierno sería la de darse cuenta de que la brecha entre ambos es tan grande, que posiblemente no le merece la pena competir. Posiblemente, en lugar de recaudar e invertir en infraestructuras, prefiera usar el poco dinero del presupuesto para gastarlo en consumo: transferencias, pensiones, subsidios. Esto es lo que los autores llaman el efecto polarización. Lo que los autores muestran es que cuanto más distintos sean los dos países, más probable es que el efecto polarización domine. Cuando esto ocurre, el resultado de la polarización lleva a dos estrategias de desarrollo divergentes.

¿Por qué ocurre esto? Cuando no hay movilidad de capitales, bajo ciertos parámetrosel gobierno de un país poco productivo tiene capital que se queda en casa, y por ello tiene incentivos para tratarlo bien y extraer algo de él (empleo, impuestos, etc). Cuando el capital es móvil, el gobierno de El Chad sabe que ya puede decir misa que no va a conseguir atraer las inversiones de la City de Londres.

El principal mensaje del artículo es que la historia de la convergencia hacia abajo es bastante frágil: una simple modificación de las premisas de la convergencia fiscal hace que se tambalee el resultado o incluso vaya en sentido contrario.

Sin extendernos más de la cuenta, merece la pena mencionar que esto es sólo una pequeña parte de la historia mucho más compleja que nos cuenta la economía internacional: los países se diferencian en muchas cosas además de en sus impuesto y el grado de regulación y las decisiones de las empresas están guiados por muchos más factores que incluyen la presencia de otras empresas, la provisión local de bienes públicos, el acceso a un mercado suficientemente grande, etc, así como el pequeño dato de que la parte de la economía que depende de la economía internacional es en la mayoría de países de tamaño mediano aún bastante pequeña.

Con esto en mente, el lector no debería sorprenderse que el arbitraje fiscal sea un fenómeno sea mucho menos importante de lo que se piensa a menudo. Y precisamente, esto es lo que la investigación empírica reciente encuentra: que el efecto es incierto y probablemente pequeño. 

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24 de mayo de 2018 | 17:05
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