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Dos lenguajes... ¿dos iglesias?

Dos lenguajes... ¿dos iglesias?

Corren turbias las aguas entre algunos que se dicen seguidores de Jesús y se escandalizan ante un Papa que -como hemos dicho muchas veces-, es solo un hombre, pero que tiene entre sus manos una gran responsabilidad, la de llevar a la Iglesia al siglo XXI. Le han tildado de fracasado, de hereje, de traidor. Han dudado de la legitimidad de su elección, del "infantilismo" de sus propuestas, de que todo se queda en gestos sin repercusión alguna. En realidad, lo que les fastidia (iba a decir "lo que les jode", que sería más preciso, pero menos elegante) es que Bergoglio les ha colocado frente al espejo. Y, como le sucedía a Dorian Grey, el retrato que hay detrás de la lona está lleno de pústulas, avejentado, caduco.

En estos días andamos escuchando distintas reacciones a la "Amoris Laetitia", especialmente en lo relativo a los divorciados vueltos a casar. Como siempre, algunos toman la parte por el todo, y se apresuran a decir que el Papa no ha dicho lo que sí que ha dicho. Y viceversa, que de todo hay en la viña del Señor. Y lo hacen con un lenguaje grueso, dañino, inquisitorial, que se aleja, y mucho, del que utiliza el Papa Francisco en sus escritos, en sus comparecencias públicas. El estilo, hoy, es sumamente importante en la Iglesia, pues denota la actitud ante la vida (y ante la fe) que hay detrás.

Así, mientras el Papa Francisco habla de integración, de misericordia, de acogida, de escucha, el cardenal Müller (por poner el ejemplo de más actualidad) utiliza términos como "excomunión (sacramental y canónica, que ya nos lo explicará el amigo Castillo, como también nos explicó a la perfección la diferencia entre la teología dogmática y la pastoral del Evangelio), "pecado mortal", "disciplina", "dogma"... Dos lenguajes distintos, síntoma de dos modelos de entender no sólo la Iglesia, sino la vida y la relación con nuestros vecinos, amigos, parejas... Un modelo de cercanía, alegría, aceptación, de procesos compartidos, de toma de conciencia... frente a otro rigorista, que superpone la ley al hombre y hace decir a Jesús cosas que él nunca dijo.

Porque al final, y aun a riesgo de ser acusado -de nuevo- de relativista, sólo se me ocurren las palabras de Jesús en la Última Cena, cuando tomó pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciéndoles "Tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo. Tomad y bebed, ésta es mi sangre". La del hombre que murió partiendo y repartiendo su vida para todos. O las del Papa Francisco, tanto en Amoris Laetitia como en Evangelii Gaudium: "La Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles»". 

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21 de junio de 2018 | 21:57
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