opinión

Interrupción voluntaria del embarazo

Interrupción voluntaria del embarazo

Si lo familiar y lo laboral han sido los principales terrenos donde se libraron las batallas por la igualdad de género, es sin duda la libertad sexual y reproductiva la base de la emancipación femenina. No olvidemos que la pérdida del control de la reproducción constituyó la herida más profunda al narcisismo masculino. Al sujetar a la mujer a su destino biológico, haciendo de ella una madre antes que una ciudadana, se la ha excluido de la polis y confinado al espacio doméstico. La libertad reproductiva, como la mayoría de los derechos fundamentales, era una prerrogativa reservada al hombre. En efecto, a través del uso del preservativo y del coitus interruptus, era éste quien decidía, en última instancia, cuando y bajo que condiciones se reproducía la especie. A partir de los años 30, la ciencia revoluciona la sexualidad humana con el descubrimiento de los primeros métodos anticonceptivos y el control de las enfermedades venéreas. El control de la sexualidad se ha convertido desde entonces en uno de los principales desafíos políticos, primero en las sociedades occidentales y luego en el resto del mundo. El resquebrajamiento del orden patriarcal debía comenzar pues por permitir a la mujer el acceso a las técnicas contraceptivas pero para ello era necesario poner fin al régimen de tutela al que se encontraba sometida. Durante siglos, la teoría de la “inferioridad natural” permitió considerar a la mujer como incapaz, tanto política como civilmente. Hasta los años 40 no podía votar, no podía disponer de sus bienes y difícilmente podía acceder a la universidad. La dominación masculina permitía así controlar a la mujer económica, política e intelectualmente pero la conditio sine qua non de dicho sometimiento era sin lugar a dudas la imposición de la maternidad. Desde todos estos frentes, el feminismo ha ido conquistado parcelas de derechos. Dentro del proceso de emancipación de la mujer, la cuestión de la interrupción voluntaria del embarazo, es la piedra angular de la igualdad. Organizar el debate exclusivamente en torno al estatuto del embrión, como lo hace el pensamiento conservador, me parece reductor. A pesar de ello, estoy dispuesto a aceptar la controversia en dichos términos con el fin de aportar una perspectiva diferente al debate en Argentina e intentar demostrar que incluso partiendo de la protección de la vida, los argumentos contrarios a la libertad de la mujer de disponer de su cuerpo no son consistentes.

Judith Thomson, una especialista de ética del IMT (Massachussets Institute of Technology) propone una reflexión estimulante a partir de un caso hipotético : Un señor se paseaba tranquilamente por la calle, unas horas más tarde despierta en un hospital donde descubre que ha sido drogado y secuestrado por los miembros de una asociación de megalómanos. Horrorizado nota que muchos cables y tubos salen de su cuerpo y se dirigen hacia un paciente que yace en la cama contigua. Se le informa que dicho hombre es un virtuosísimo violinista de fama mundial que sufre de una enfermedad grave cuya cura pasa por utilizar provisoriamente los órganos de otro individuo. El señor secuestrado era la única persona biológicamente compatible con el violinista y es por ello que se la ha sometido a dicha intervención hasta permitir que el músico recupere su salud lo cual llevaría, según los médicos, aproximadamente nueve meses. Ante su indignación, le responden que desconectarlo del violinista significaría matar a un inocente que tiene derecho a la vida y que hacerlo sería no solo profundamente inmoral sino también criminal.

Con esta historia, Judith Thomson concede a los que se oponen a la interrupción del embarazo que el embrión es un ser vivo, pero a pesar de ello, en ciertas circunstancias, el aborto se encuentra moralmente justificado. El ejemplo del señor secuestrado demuestra que sería sin dudas muy noble y generoso de su parte mantenerse conectado nueves meses al violinista pero nadie debería obligarlo a ello y si el violinista muere como resultado de la decisión del secuestrado, no se puede considerar a éste último un asesino.

La historia de J. Thomson, nos enseña que no basta con demostrar que un embrión o un feto es un ser vivo para condenar moralmente al aborto. Los países democráticos que optaron por legalizarlo han considerado que ante un conflicto de intereses, es el derecho de la mujer que debe primar sobre la vida del embrión y del feto. La interrupción del embarazo no puede asimilarse a un homicidio pues aunque se trate de un ser vivo no es todavía una persona. La mayoria de los código civiles de los paises democraticos establecen que el nacimiento determina la personalidad. Lo que se protege jurídicamente no es la vida abstracta sino la vida de la persona humana.

Oponerse al aborto no significa tanto defender la vida del embrión como negarle a la mujer un derecho fundamental y no me refiero sólo a los supuestos excepcionales (grave peligro para la vida o salud física o psíquica de la embarazada, embarazo por violación y presunción de graves taras físicas o psíquicas para el feto) sino también a la posibilidad, durante las primeras semanas de gestación, de decidir interrumpir libremente el embarazo como lo establecen las legislaciones de los principales países europeos. Pero además, habría que contemplar la obligación que en los hospitales públicos exista un servicio consagrado a la interrupción voluntaria del aborto y prohibir que la objeción de conciencia de los médicos comprometa el derecho a abortar. La legislación francesa desde 1993 considera delictivo el hecho de impedir por cualquier medio el aborto, ya que determinados grupos religiosos ejercen una presión moral en las mujeres y una violencia física contra los servicios hospitalarios que practican la interrupción del embarazo.

Mientras que sea a través del vientre de la mujer que la especie se reproduce es únicamente a ella a quien corresponde decidir llevar o no adelante el embarazo y al Estado le incumbe garantizar eficazmente dicho derecho. La iglesia católica tiene derecho a defender sus dogmas, inclusive hasta el absurdo como lo ha hecho el arzobispo de Recife al excomulgar al equipo médico que practicó un aborto en una niña de nueve años violada por su padrastro que corría peligro de muerte y que consideró a la madre que lo autorizó como una asesina… Lo que la iglesia no puede permitirse es interferir en los asuntos del Estado rompiendo así el principio constitucional de separación de la iglesia y el Estado.

Opiniones (5)
24 de mayo de 2018 | 23:18
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24 de mayo de 2018 | 23:18
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  1. Claro...entonces los contribuyentes tenemos q arreglar los errores de las mujeres?
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  2. Todas las mujeres deberíamos tener el derecho a interrumpir un embarazo si lo deseamos y a que el Estado nos proporcione los medios necesarios para que quedemos lo menos lastimadas posible. Crecer sabiendo que no fuimos deseados tanto como parir contra nuestra voluntad no es sano para nadie.
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  3. Simple....la mujer sabe que su cuerpo puede generar vida si se une voluntariamente con un hombre....es decir que de un acto voluntario como tener relaciones sin cuidarse sé podría desprender otro acto voluntario como interrumpir los efectos del primero es una paradoja en si mismo sobre el concepto de acto voluntario. Porque consiste en destruir los efectos ciertos y previamente conocidos en esa acción libre. Lo cual en si mismo no genera un problema.....en la medida que no afecta a terceros. ....y un embrión o feto no es una cosa...y si para nuestro derecho hay cosas y personas entonces esa persona es un tercero en relación a la mujer........todo dicho....nadie puede arrogarsrun mejor derecho que otro.....Saludos y buen intento.....
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  4. Esta diciendo que hay dos vidas? Lo que se protege jurídicamente no es la vida abstracta sino la vida de la persona humana.
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  5. Si hay vida a partir de la concepción, el aborto será siempre un asesinato... Si la justicia humana lo considera así o no, es secundario. La justicia no condena penalmente ciertas mentiras, pero el que miente será siempre sí o sí, un mentiroso.
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